UNICA MIRANDO AL MAR
ÚNICA
MIRANDO AL MAR
Fernando Contreras Castro (costarricense)
Para mis
abuelos:
Rafael
Castro Piepper y
Amparo
Villegas de Castro
Por tanto cariño y tantas
anécdotas
...Celso Coropa recogió en la
palma de su mano un rayo
de sol y suspiro:
-¡Hay veces que no me
gusta la vida!...
Frente a el, había como una
Tortura de raíces y bejucos.
-...Y hay veces que si-Aña-
dio.
Entre la tortura de raíces y
Bejucos habían una flor.
Carlos Salazar Herrera.
La Montaña.
Cuentos de Angustias y Paisajes.
I
M
as por la vieja costumbre que por cualquier principio ordenador del
mundo, el sol comenzó a salir agarrado del filo de la colina, como en un ultimo
esfuerzo de montañista pendiendo sobre el abismo de la noche anterior.
El bostezo imperceptible de las
moscas y el estirón de alas de la flota de zopilotes, no significaron novedad
alguna para los buzos de la madrugada.
Entre la llovizna persistente y los vapores de aquel mar sin devenir,
los últimos camiones, ahora vacíos, se alejaban para comenzar otro día de
recolección. Los buzos habían extraído
varios cargamentos importantes de las profundidades de su mar muerto y antes de
que los del turno del día llegaran a sumar sus brazadas, se apuraban a seleccionar
sus presas para la venta en las distintas recicladoras de latas, botellas y
papel, o en las fundidoras de metales mas pesados.
Los buzos diurnos comenzaban a
desperezarse, a abrir la puertas de sus tugurios edificados en los precarios de
las playas reventadas del mar de los peces de aluminio reciclable. Los que vivían mas lejos, se preparaban para
subir la cuesta de arcilla fosilizada que contenía desde hacia ya veinte años
el paradero de la mala conciencia de la ciudad.
Como fue al principio, y no
pararía hasta el apocalíptico instante de su cierre, a eso de las seis de la
mañana los lepidópteros gigantes esperaban a sus operarios para comenzar a
amontonar las ochocientas toneladas de basura que la ciudad desecha
diariamente; como fue al principio, los operarios de los tractores se
calentaban primero con un café con leche que servían de una botella de cocacola
envuelta en una bolsa de cartón. Después
, a bordo de sus maquinas, emprendían la subida.
Salvo el descanso del almuerzo y
el del café de la tarde, todo el día removían y amontonaban basura, como una
marea artificial, de oeste a este, de adelante hacia atrás con la vista fija en
las palas, mientras las poderosas orugas vencían los espolones de plástico de
las nuevas cargas que depositaban los camiones recolectores; de adelante hacia
atrás, todo el día, como herederos del castigo de Sísifo sin haber ofendido a
los dioses con ninguna astucia particular.
A las ocho de la mañana el sol ya
alumbraba precariamente la pudredumbre de algún octubre ahogado entre los nueve
meses de lluvia anuales de la Suiza Centroamericana.
El Bacán, con sus cuatro o cinco
años, esperaba sentado sobre los restos mortales de una cocina, encallados ahí
desde hacia tanto tiempo que ya era casi inimaginable el basurero de Río Azul
sin ellos. No muy lejos, los buzos
trabajaban con el único horario posible en ese lugar: el flujo y reflujo de los
camiones recolectores.
Mujeres de edades indescifrables
a menudo, hombres y niños sin edad alguna rumiaban lo que la cuidad había dado
ya por inservible, en busca de lo que azar también hubiera tirado al basurero.
El Bacán esperaba aperezado en su
cocina usual vigilando de cuando en cuando a una de las mujeres, tratando de distinguirla
entre las demás compañeras de buceo; cada vez que se percataba, espantaba las
moscas de su cara y sus brazos, mientras jugaba con un juguete hallado ahí mismo no hacia mucho tiempo, su juguete
nuevo.
Algo brillo un instante entre lo negro de la
basura e hizo que el niño dejara su lugar privilegiado y se internara un poco
entre los desechos. El niño perdió de
vista el resplandor, por lo que tuvo que devolverse caminando hacia atrás hasta
encontrarlo nuevamente. En ese juego estuvo largo rato, hasta que
logro seguir el brillo fugaz que lo llevo hasta un objeto medio enterrado en la
basura. Lo tomo por donde pudo y tiro de
el. Algo casi redondo salió de entre la
basura y se fue pareciendo a una manzana conforme El Bacán lo frotaba contra su
camiseta. Era una manzana dorada, con
una inscripción: “Paaaa-rr-ra llla mmmmas
belllllla”, “Para la mas bella” leyó el niño comprendiendo a duras penas la
frase.
La escondió bajo su ropa y regreso a su ligar. Paso un par de horas repitiéndose la frase en
voz alta sin que la belleza como concepto acabara de cuajar er su mente. Aquella frase no tenia ningún sentido
posible más allá de unas cuantas
palabras de las que usaba sueltas en su lenguaje cotidiano.
El niño se puso de pie guardando el equilibrio sobre sus piernas
flacas, se afirmó lo mejor que pudo y lanzo la manzana hacia la basura de donde
había salido. Como aspirada en un
bostezo de la tierra, la manzana se hundió con su vocación frustrada.
La mujer que el niño esperaba vino de lejos la escena y dejo su
búsqueda para correr hacia el lugar donde creía haber visto caer el objeto
dorado; pero ni su mejor esfuerzo, ni su vasta experiencia en el buceo de
profundidad sirvieron para recuperar la cosa.
Voltio la cara hacia el niño y lo miro con las cejas y los labios
arqueados, como si aquel hecho intrascendente hubiera tensado en su rostro el
arco de su desesperanza. El Bacán
correspondió el gesto añadiéndole un subir y bajar de hombros que termino de
aclarar a la mujer que ni tirando al tiempo hacia atrás de los cabellos de la
nuca podría saber de qué se trataba aquello que el niño había menospreciado sin
criterio.
El niño, de inteligencia precoz, y Unica Oconitrillo maestra agregada,
pensionada a la fuerza a sus cuarenta y pico de años, por esa costumbre que
tiene la gente de botar lo que aún podría servir largo tiempo, formaban un
binomio indisoluble. Ella le enseño a
hablar, y el le imprimió un sentido a su vida.
A alturas de sus presumibles cuatro años, ya Única le había enseñado a
leer, y no le permitió bucear hasta casi sus diez años, cuando se percató de
que hacía tiempo ya, El Bacán buceaba a sus espaldas en busca exclusivamente
cualquier cosa que leer, de octubre en octubre, o de nada en nada, entre las
coordenadas de un tiempo, que de puro estar tirado ahí, también se venía
pudriendo en vida, pasando vertiginosamente despacio, o lentamente apresurado,
como abstrayendo a sus usuarios de la milenaria tradición de sentir que se le
va a uno la vida entre las fauces de lo irremediable.
La luz del mediodía se filtro en las pestañas escasas de un viejo, y
una figura difícil de determinar le dirigía palabras que comprendía. El viejo se atrevió a abrir más sus ojos para
dar cabida a la figura que se agitaba enfrente.
Un pedazo de cartón le abanicaba precariamente la cara; unido al cartón,
la mano que lo agitaba parecía sostener a la vez que el, que se empeñaba en
hacerle sombra y librarlo de las moscas que ya se lo disputaban en medio de su
alegato ininterrumpible de zumbidos.
–Mucho gusto, Única Oconitrillo para servirle.-
El hombre se incorporo y miro a la mujer. El tenia esa cara de asombro de quien se ha
dado por muerto y de pronto, sin previo aviso, se despierta para comprobar que
aun no le había sido dado el beneficio de la muerte.
-Llevo por lo menos dos horas aquí sentada cuidando que no se lo
almuercen las moscas ni los zopilotes, señor.-
Al hombre aun se le hacia difícil entender las palabras; estaba quemado
por el sol y confundía lo humores fétidos del basurero con un ruido dentro de
su cabeza. Única Oconitrillo le ayudo a
levantarse y lo codujo hasta su tugurio, donde le ayudo también a
despojarse de un poco de ropa de más que
andaba encima y abajarse poco a poco la fiebre para que sobreviviera en aquel
Más Allá donde la muerte, por lo general prematura, acumula todo lo que la
ciudad desecha.
Varias horas después, el hombre se sentía físicamente mejor. Única lo había cuidado casi todo el día,
descuidando así sus labores de biorrecicladora; pero el hombre aun no hablaba,
y no hablo en los dos días siguientes, en los que se limito a sentarse a la
puerta del tugurio a contemplar los movimientos del basurero.
Al tercer día Única se desespero:
-O me dice usted por lo menos como se llama, o yo no me hago más cargo
de usted....
Logro atacar la mirada del hombre y no pudo evitar un sobrecogimiento
al verlo a los lejos.
El hombre recordó su nombre y lo retuvo en su mente solo un
momento. Ese nombre ahora era el nombre
de otro; sobre el había perdido ese nombre todas sus funciones clasificatorias
capaces de distinguirlo de los demás costarricenses. Su número de cedula también bailo una danza
de payasos con el número de su calle y el color de su casa, antes de hundirse
para siempre en el basurero de su nostalgia.
El hombre ya no tenía nombre, y la mujer le estaba exigiendo uno.
A cambio de tantas atenciones brindadas por la mujer buzo, el viejo
trabajo durante unos momentos en la fabricación de un nombre nuevo que se
ajustara a lo que estaba comenzando a ser.
De lo más oscuro de su mente, y en analogía evidente con el basurero, el
hombre elaboro un nombre extraño y grotesco para alguien que en otro tiempo se
había reconocido en su rúbrica, y en sus apellidos había reconocido por lo
menos durante sesenta y seis años su ascendencia familiar, pero que a Única
Oconotrillo, por el contrario, no pareció irritar en lo más mínimo. El viejo se incorporó, respiro el
omnipresente aliento fétido del basurero y dijo:
-Señor, me puede usted llamar Momboñombo Moñagallo, y si le intriga
saber qué diablos estaba haciendo yo ahí tirado el jueves pasado, también se lo
voy a decir. Señora yo estaba ahí tirado
entre la basura porque el jueves pasado, a eso de las siete de la mañana, a la
hora que pasa el camión recolector, tome la determinación de botarme a la
basura. Me levante de madrugada, acomode
todo en su lugar, ojee por última vez las viejas fotografías de mi familia, le
abrí la puerta de la jaula al canario, cerré mi casa, y ¡listo!, me bote al
basurero. Me monte por mis propios pies
al camión de la basura, y debía estar ya tan resuelto a ello que los señores
recolectores ni me sintieron extraño; me trajeron hasta aquí y supongo que la
hediondez del sitio sumada a mi estomago en ayunas dieron conmigo en el estado
lamentable del que usted tan gentilmente me recogió. -
Única Oconitrillo lo miraba largamente con un gesto bobalicón,
sosteniéndose la mitad de la cara en la palma de la mano y al rato un “!jadio!”
se le salió solo de la boca.
Única comenzó a hablar sola:
-¡Eso es lo que yo siempre he dicho, siempre; vea por ejemplo, este
hombre está bueno, ¡ah!, pero no, el desperdicio es tal que se tira a la basura
cuando todavía se le puede sacar el jugo un buen rato más!...
Y siguió moliendo palabras entre sus dientes postizos hasta que
Momboñombo Moñagallo la interrumpió para preguntarle si tendrá por ahí una taza
de café que le pudiera ofrecer.
Única le contesto lo que contestaba siempre:
-Si hay, pero esta sin hacer. -
El Bacán había seguido de cerca la recuperación del hombre; realmente
se alegró cuando supo su nombre y que hablaba; se alegró sobre todo porque el
Oso Carmuco ya venía con los Santos Oleos a la casa de a Única.
Momboñombo Moñagallo vio en la entrada del tugurio a un hombre vestido
de sotana púrpura, con la Biblia bajo el brazo y unos frasquitos de vidrio en
la mano. Única lo tranquilizo; despidió
al Oso Carmuco y le explico a su huésped de quien se trataba. El Oso Carmuco era un buzo más de los de
abordo, pero un día se encontró entre los desperdicios una sotana púrpura en
más o menos buen estado. Guardo la
prenda en su tugurio hasta el día que se encontró a El bacán leyendo una Biblia
que también había ido a parar ahí, y lo interpreto como una señal. Se vistió con la sotana, tomo la Biblia y se ordenó
sacerdote.
Ahora Momboñombo era el del gesto bobalicón en su cara. Vio como se alejaba el Oso Carmuco hacia el
mar de las gaviotas negras y pensó en la ironía de que hasta Dios botara en
aquél sitio lo que ya no le servirá.
-Este es el Bacán, mi chiquito-le dijo Única. Momboñombo miro al joven y le calculo
alrededor de veinte años. Era alto,
flaco, de tez blanca ennegrecida por el sol y los vapores del basurero, de ojos
verde oscuro, barba negra y una mirada a la vez dulce y preocupante en su
gesto. El Bacán no era hijo de Única,
ella lo había recogido, o más bien, se lo había encontrado ahí en el basurero
hacia dieciocho años.
-Yo estaba sentada almorzándome una pizza fresquita que llego en el
camión de las once...
Unica guardo la pizza en la bolsa del delantal que era parte de su
indumentaria y corrió hacia el niño.
Andaba solo y con tal aspecto de tranquilidad que Única no pudo creer
que nadie lo estuviera cuidando. Lo tomo
en brazos y le pregunto su nombre... el niño no hablaba aun pero le respondió
“Bacán, Bacán”; y cuando le pregunto su edad, el le mostró dos deditos de su
mano; desde entonces fue el hijo de Única, su único hijo, el niño que nadie
supo como llego al basurero y nadie reclamo nunca.
Momboñombo Moñagallo vio que el niño se había convertido inmediatamente
en el sentido de la vida de Única Oconotrillo, aquella mujer que fue maestra
agregada, es decir, de las que ejercieron sin titulo y que después de jubilada,
la vida la llevo poco a poco al gran botadero de basura de la ciudad de San José,
ubicado al sur en un barrio que como ironía del destino, llevaba por nombre Río
Azul.
Si alguna vez hubo un río en ese lugar y si fue azul, de ello solo
quedaba el ,mar muerto de mareas provocadas por los dos tractores que
acomodaban de sol a sol las ochocientas toneladas diarias de basura que desecha
la ciudad.
Desde lejos, no tan lejos, se veía la colina
que contenía en sus entrañas desgarradas a cielo abierto el basurero. Al pie de la colina de tierra arcillosa, el
acceso al basurero estaba restringido por una malla metálica que lo separaba de
las vecindades rioazuleñas. La escuela
del pueblo colindaba también con la malla que no protegía del hedor fétido del
botadero, el cual era la atmósfera pegajosa que respiraba el pueblo entero y
que respiraría para siempre aun después de clausurado el basurero, porque la
sopa de los caldos añejos de toneladas de basura aplastando a toneladas de
basura venia derramándose por el subsuelo desde el día de su inauguración,
igual que una marea negra desbordada entre las grietas del cuerpo ulcerado de
la tierra.
Hacia la noche, algunos buzos se recogían en el ranchito de Única a
comer. Cada uno aportaba algo según su
costumbre y Única lo administraba materialmente.
Momboñombo aun tenia
dificultades para comer, pero la convicción de ser ahora uno de ellos lo
disciplinó poco a poco a no vomitar después de cada bocado.
Unica se lo había presentado a la comunidad de los buzos, en un acto
que se había celebrado en medio de una gran indiferencia. Algunos lo saludaban desde entonces sin alzar
la mirada, mas preocupados por sus raciones que por el recién llegado. Unos buzos preferían comer con la mano, los
demás comían con cubiertos que Única les repartía al inicio de la cena y los
recogía al final.
-Aquí llega de todo, don Momboñombo.
Yo sola he ido recogiendo las cucharas, los tenedores, los cuchillos,
los platos, todo, todo.-
El Bacán interrumpió a Única con uno de sus acostumbradísimos
discursos:
-La mesa se pone cuando se pone el sol y nosotros ponemos en la mesa lo
que la gente dispone de sus casas.
¿Verdad que se dice así, don Momboñombo? Porque yo he leído que se dice
deponer, pero yo creo que este mal, que se debe decir disponer. Uno pone algo, y lo dispone cuando lo quita,
entonces lo que traen los camiones aquí al basurero es lo que la gente dispone
de sus casas; pero si se dice depone, entonces si se puede decir que nosotros
ponemos en la mesa lo que la gente depone en sus casas...-
Momboñombo Moñagallo escuchaba al niño en silencio, solo asintiendo con
un gesto. Eso era lo que hasta entonces
le había parecido extraño en él. El
Bacán era aniñado, uno anaranjado en un pie y otro azul en el otro, los
movimientos de sus manos, su mirada tierna...
¡El Bacán era un niño!
Única le había enseñado a leer aprovechando su precocidad; a sus cuatro
años ya leía y se le desato una pasión por la lectura que muy pronto se volvió
incontrolable. El único problema fue que
pronto Única no pudo explicarle el significado de los cientos de palabras que
aprendía leyendo todo lo que cayera en sus manos, desde los periódicos que la
gente desecha apenas las noticias han alcanzado el nivel de putrefacción de sus
editoriales, hasta las revistas porno pasadas de moda, los manuales de los
electrodomésticos, los libros viejos, en fin, todo lo legible que cayera al
basurero. El léxico de El Bacán estaba
lleno de palabras tan incomprensibles para los buzos como para el mismo, aunque
el hiciera un manejo tal de ellas que parecía comprenderlas hasta sus
profundidades etimológicas; en realidad, no tenia ni la más remota idea de lo
que significaba, pero eso no lo sabían los buzos, quienes lo tenían por algo
así como un raro iluminado al que escuchaban con toda la poca atención a su
haber.
Única había guardado siempre el secreto; ella supo desde el principio
que su niño algo tenia que no lo dejaba madurar pero eso, lejos de desvelar,
parecía agradarle. Después de todo no
era ningún problema para ella tener siempre a su lado a un niño de cinco o seis
años, con breves atisbados de adolescente que se manifestaban de vez en cuando.
Después de la comida los buzos se retiraban a sus tugurios. Las noches del basurero, las que no eran
abruptamente interrumpidas por la llegada de camiones recolectores en las
temporadas altas de la basura, eran noches silenciosas y oscuras. Del limite del basurero hacia atrás quedaba
la vegetación sobreviviente de la colina, donde se albergaban todos los
insectos del mundo a chillar para darle al sueño de los buzos la tranquilidad
de que algo vivo quedaba aun en aquel sitio.
Momboñombo Moñagallo, después de tres semanas de vivir en el botadero,
aun tenia dificultades para dormir. El
asma inseparable de los buzos lo había afectado. Los tres dormían en dos camas improvisadas
donde Única Oconotrillo a veces parecía reventarse de la tos y El Bacán murmuraba
enredos prelinguisticos de bebe. El opto
por dormir sentado para poder respirar, porque lo que jamás haría una tregua
era aquel olor que despedía la indigestión eterna de la tierra atragantada de
basura.
Momboñombo Moñagallo era nuevo en medio de todo aquello, por eso aun
podía sentir el olor, pero sentía también como minuto tras minuto, el aliento
caliente olfativas. Cada día era más
incapaz de discernir entre los miles de miles de dólares que constituyen el olor
de la descomposición.
El estaba dispuesto a superar lo que le quedaba de urbanidad y
adaptarse a una vida que, por lo demás, tampoco había elegido. Su idea de botarse a la basura no estaba
dirigida a convertir su vida en la de un buzo; solo había sido una manera
aparatosa de suicidarse. Sin embargo, la
familiaridad en los cuidados de Única y la ternura con que El Bacán lo trataba,
lo convencían poco a poco de que, a pesar de todo, aun era posible imprimir un
nuevo sentido a su vida. El identicidio
había resultado mejor que el suicidio.
Había matado su identidad, se había desecho de su nombre; de la casa
donde vivió solo años de años, de su cedula de identidad, de sus recuerdos, de
todo; porque el día que se botó a la basura fue el último día que sus prestaciones
le permitieron simular una vida de ciudadano.
No cultivo ninguna profesión y no aprendió un oficio.
Siempre fue guardia de construcciones y un tiempo lo que en una finca
cerca del mar hasta que, alrededor de sus cuarenta años, consiguió que la Biblioteca
General contratara sus servicios de “Guachimán”... El vigilante.
Desde entonces paso sus noches entre los anaqueles del edificio,
durmiendo de día y leyendo de noche para mantenerse despierto. Leyó todas las noches durante veintiséis años
hasta que denuncio una vez la práctica de vender libritos a seis colones por
toneladas, que la biblioteca estableció junto con la DesishPaper, una fábrica
privada de papel higiénico.
A Momboñombo le resulto indignamente que amenazó con denunciarlo a los
periódicos.
-¡Lo que faltaba, que el papel donde se imprimieron las aspiraciones de
la humanidad ahora se convierta en papel para escribir con el culo!-
Entre los volúmenes destinados a tan innoble labor se fueron ediciones
antiguas, pérdidas irreparables como registros del Cartago de finales de mil
setecientos y literatura universal seleccionada para su venta con criterios de
cura y de barbero.
El vigilante denuncio el hecho y perdió su trabajo. No tenía garantías sociales, por lo tanto, no
se sintió nunca un costarricense. No lo
esperaba una pensión y las prestaciones solo le alcanzaron para un par de
meses; después envejeció como para comenzar de nuevo.
Sesenta y seis años no son demasiados para necesidades, comenzó a
agotar las arcas, a comer menos. Ala
manera de una inundación, el hombre vio como una ola se llevaba sus cosas de
toda la vida a las compra-ventas, y como aun así resultaba cada vez más difícil
conservar el ridículo monto de sus prestaciones. Primero vendió el televisor, después el
radio, después las dos o tres pulseras de oro que le dejo su madre. Los mubles no los vendió porque nadie los
habría comprado de puro inservibles que estaban. Alturas del mes de octubre se declaró en
bancarrota; ese mes ya no pudo pagar el alquiler y don Alvaro, el dueño de la
pocilga que había habitado el viejo por más de diez años, no se lo perdono.
Antes de botarse a la basura, durante esos meses de angustia, el
exguardia de la Biblioteca General cómenos a vagar por la cuidad con la lejana
esperanza de encontrar algún trabajo.
Para ese entonces, ya el había leído tanto que hasta se le ocurrió
presentarse al reclutamiento del ejército de maestros del Ministerio de
Educación, pero apenas dijo que había sido guardia toda su vida, provoco un
ataque de furia entre los empleados, quienes lo tomaron por un analfabeto y lo
echaron a la calle.
-Si, yo habré sido guardia de construcciones toda la vida, y guardia de
la biblioteca, pero lo que yo he leído, jovencitos, no lo leerían ustedes así
los volvieran a partir cinco veces...-
Ese desmerecimiento lo termino de derrumbar.
Cuando llego a su casa el cerdo de don Álvaro lo estaba esperando en su
automóvil verde oliva sin placas.
El dueño comenzó a cobrar su tan merecido dinero, pero Momboñombo, que
aun no sabía que llegaría a llamarse así, simplemente ni lo alzo a ver. Venía con el periódico bajo el brazo y en la
mano una pequeña bolsa de alpiste para el canario, la última ración.
Octubre de mil novecientos noventa y dos, año del quinto centenario de
la invasión de América, marco el cierre de lo que Momboñombo había hecho por su
vida. No planifico botarse a la basura,
eso lo decidió más bien después de agotar todas las posibilidades de
supervivencia de este mundo, cuando se dejo convencer de que ya no servia para
nada.
En el basurero regia otro tiempo.
Los horarios estaban determinados por la afluencia de los camiones
recolectores, que igual podían llegar a las seis de la mañana como a media
noche o en la madrugada, de acuerdo con la oferta de basurero de las calles de
la cuidad. Pero sustraerse del tiempo
aun resultaba difícil para Momboñombo que estaba acostumbrado a dormir de día y
a vigilar de noche, y tuvo que plantearse seriamente su incorporación a las
fuerzas vivas de la comunidad de los buzos, como mecanismo de supervivencia.
Lo primero que hizo fue desentrabar sus intestinos porque no podía
comenzar su cuarta semana en el basurero sin haberse desocupado de lo poco que
lograba comer. Se sentó a darle a su
cuerpo la orden de resignarse a cagar de cuclillas en algún sitio más menos discreto del
basurero; cuando sintió los primeros atisbos de lo que sería una cagada de
antología, se apresuró a buscar nido:
con los pantalones por lo tobillos y recostado a un montículo de basura,
Momboñombo Moñagallo sintió un alivio
como pocos en su vida, claro, no del todo discreto ni privado, porque por más
que busco un lugar distante, tantos buzos pasaban por ahí y lo saludaban con el
gesto de aprobación del puño cerrado y el pulgar levantado, que más bien parecía
aquello un comité de apoyo.
El viejo opto por tomar la cosa a la ligera y termino su labor en paz
saludando también. Uso un papel
higiénico “reciclado”. De vuelta en casa
se ofreció a salir en busca de agua para preparar el almuerzo, porque, como
decía Única, “si había, pero estaba sin hacer”.
Para ese efecto, los buzos de la comunidad compartían una pichinga con.
capacidad para varios litros y cada vez que hacia falta, uno de ellos iba en
busca de agua, tarea cada día más difícil, por la poca simpatía que gozaban los
buzos entre las comunidades vecinas, pero “...A nadie le falta Dios”, decía el Oso Carmuco cuanto volvería
triunfante con la pichinga llena, y ese fue el consejo que le dio a Momboñombo
cuando supo que el iría ese día por el precioso liquido.
Tres semanas de barba, la piel pegajosa y ennegrecida del contacto con
la basura, el impenetrable de polvo, una ausencia absoluta de desodorante y
colonia y cuanto artificio urbano para la negación del cuerpo humano, fueron
suficientes para hacer de la búsqueda de agua un martirio. En los ojos de las personas era fácil
adivinar el aspecto que lucia y la repulsión que provocaba, y no habría
conseguido agua de no haberla tomado arbitrariamente en una estación de gasolina.
-Única, la gente lo ve a uno con asco...!es horrible!-
-Eso es porque no te has lavado los dientes desde que llegaste...-
-¡Pero es que no me traje el cepillo de dientes!-
-Eso no es excusa, ahí esta el cepillo de dientes de las visitas y vos
sabes que podes usarlo...
Ese día, después de almuerzo, Momboñombo Moñagallo se lavo los dientes
por primera vez desde su llegada al basurero; aunque fuera solo por la
sugestión, se sintió mejor.
Lavarse los dientes fue como un elemento más en su lento ritual de
iniciación a la vida de los buzos, no por el hecho en si de lavárselos, porque
la mayoría de los buzos no lo hacia, si no porque con ello daba un importante
paso más hacia la superación de ese acabadísimo producto cultural que es el
asco: ese concepto tan variable entre
los pueblos, eso que se va unificando conforme se uniforman los modelos de
urbanidad y que acaba por ser tan exquisito como el más exquisito de los gustos
depurados de un catador de vinos. “El
asco es un lujo”, pensaba Momboñombo mientras urgaba con su lengua en las
concavidades de sus muelas; porque no es cualquiera el que se da el lujo de
sentir asco, conforme aprieta el hambre afloja el asco. Así como hay pueblos que saborean algo como
un manjar, hay otros que se vomitan por lo mismo, y ahí vamos, de asco en asco,
cada uno se retrata en su manera de mostrar la repugnancia. No falta quien se contenga en un gesto
elegante con un giro del dorso de la mano sobre la boca y la nariz, así como
más bien sobran los que tuercen los hocicos en una mueca grotesca y los que
pasan desapercibida la fuente de tan diversas muestras de cultura, y no es
gratuito tampoco que lo que apesta en una resfrigeradora le abra un buzo el
apetito... Por sus ascos los conoceréis,
y clasificarlos no sería difícil porque van desde los que regurgitan desde
temprano hasta los que le tienen asco al género humano...”
Momboñombo fue abruptamente arrancado de sus meditaciones por un
alboroto en medio del basurero.
Jerarquizar es humano... hasta
en pleno basurero regia la ley del más fuerte y algunos subgrupos se atribuían
el derecho a resolver primero entre la basura recién llegada.
Único pasó para adentro a El Bacán y le explico a Momboñombo que se
trataba de una riña territorial entre unos buzos poco amistosos.
-Como si en el infierno no fuéramos a caber todos...-apunto Momboñombo.
-El infierno es aquí... y ya ves, no cabemos todos. El infierno es aquí, Momboñombo, y yo de aquí
voy derechito para el cielo... pero no vale la pena ponerse a pensar en
eso. Más bien, yo le doy gracias a Dios
de que todavía tenemos donde vivir y algo para comer, porque hay gente que ni
eso. Lo de las peleas por ver quien abre
primero una bolsa son chispas del oficio, ya ves, a mí nadie me jode, porque yo
trato bien a todo el mundo; yo siempre ando viendo a ver que le gusta a cada
uno y si me lo encuentro voy y se lo doy, aunque sea algo valioso y así, poco a
poco la gente va entendiendo que no vale la pena vivir agarrados del moño por
cualquier cochinada, que es mejor compartir...-
Unica hablaba con una convicción absoluta de todas esas políticas de
coexistencia pacifica, pero no ignoraba que su figura maternal le ayudaba no
poco a sobrevivir en medio del basurero del afecto, donde cada uno era de por
si, una pieza más sin lugar en el mundo.
Momboñombo aun prefería quedarse en casa en labores domesticas antes que
ir a bucear; se pasaba las horas tratando de idear un sistema de ventilación
del tugurio, de modo que entrara el viento que venia del lado contrario al
basurero, haciéndolo pasar por una suerte de embudo de cartones que instalo en
el techo en medio de una barrera protectora de cartones también, cuya función
consistía en repeler la ventisca caliente que mezclaba el hedor fétido de la
basura con el huno del combustible de los tractores que acomodaban los desechos
en montículos.
El Bacán se sentaba a verlo trabajar sin comprender muy bien para que
demonios el aprendiz de buzo se empeñaba en cambiarle el peinado al tugurio.
En el techo de la casita había una antena de televisor que no cumplía
ninguna función, pero que Unica había puesto ahí para darle un toque de
distinción. El viejo hizo ademán de
arrancarla pero El Bacán protesto enérgicamente alegando que a Unica no le iba
a gustar no ver ahí la antena a la vuelta del trabajo. La antena se quedo en su lugar.
“Aun no logro entender muy bien a esta
gente”, pensaba Momboñombo Moñagallo, “entre más marginal es su situación, más
se aferran a las costumbres urbanas. Y
es que no puede ser de otra manera, porque lo contrario seria renunciar del
todo a sentirse parte aunque sea remota de la sociedad. Yo lo intente, esa fue mi primera intención
al botarme a la basura, lo que menos me iba a imaginar era que existía este
mundo de las profundidades aquí... ¡Ay
míseros de nosotros, ay infelices...!, que seria de todos los miserables si
renunciaran al deseo de y parecerse a los dueños de un lugar en el mundo. Yo me quería morir, eso era todo, pero marión
que es uno, en vez de tirarmele a un carro o al tren, y claro, los buzos me
encontraron me convirtieron en esta suerte de ser humano reciclado y hasta me
están reciclando las ganas de vivir con su cariño. Pero ellos, y por increíble que pueda
parecerle a la gente que ni se imagina que esto existe y de pronto se entera,
para ellos la vida también puede tener sentido... “hallarle la comba al palo”, como dice
Unica. En realidad, lo que pasa es que
yo estoy muy tiernito en esto todavía.
Tampoco es culpa mía eso de echar de menos las comodidades de una casa
donde no huela a mierda extraña todo el tiempo, y a una cama suave aunque de
esas que traquean toda la noche, y a agua potable para bañarse todos los días o
lavarse las manos. A veces me cuesta
reconocerme en el espejito que Unica tiene colgado en la pared; me asomo y me
asombro, tengo el pelo amelcochado y la piel costrosa y como me cuesta comer,
se me están poniendo amarillentas las partes blancas de los ojos. A veces pienso que qué pasaría si me
enfermara y siento miedo, pero cuando siento miedo me doy cuenta de que me
estoy curando de la enfermedad de las ganas de morirme que
tenia.
Aquí uno piensa que falta de todo, pero Unica dice que aquí hay de todo;
lo que pasa es que a uno lo acostumbran, lo hacen de cierta manera y después
cuesta un mundo deshacerse de las mañas, a uno lo acostumbran a vivir
necesitando cosas innecesarias, después se las quitan y uno no halla que hacer.
Cuando
yo vivía allá arriba me daba mis lujitos de vez en cuando, me tomaba mis
traguitos, me compraba ropa nueva, compraba el periódico todos los días, hasta
iba al cine y todo porque ganaba un sueldillo de guarda de la biblioteca. Todo eso es bonito, no puede uno ser tan
hipócrita de decir que a uno no le gusta ganarse su platita. Yo tenia un canario de esos que no paran de
cantar en todo el día y nos queríamos tanto que se dejaba agarrar y se me
paraba en el dedo meñique... quien sabe qué se hizo el pobre desde aquel día
que le abrí la jaula porque ya no lo podía mantener...”
El
viejo tenia la mirada fija en la lejana cúpula de la iglesia de Desamparados,
la mano un poco en alto con el dedo meñique erguido, como sosteniendo un
canario y silbaba imitando su canto.
-Ya debes tener otro dueño, ¿verdad?, otro
que te estará alimentando, ¡ojala!, porque vos no sabias como procurarte el
alimento... vos solo eras un canario anaranjado como un sol en piyamas y te
ganabas la vida cantando y haciéndome compañía.
Pasabas el día entero conmigo hasta que te acostaba a eso de las seis y
media o siete de la tarde. Vos te
acostabas a dormir y yo salía para la Biblioteca General. Aunque yo dormía mucho de día, vos cantabas y
le ponías el fondo musical a mis sueños.
Ahora
debes estar en otro patio, si tuviste suerte... pero es que ¿qué iba a hacer
con vos? Yo mismo no sabia ya que hacer
conmigo, por eso me bote a la basura, pero a vos no, jamás te iba a traer aquí
conmigo, tu canción no es de este mundo, aquí solo te marchitarías como todo y
no puedo ni pensar que en algún descuido irías a parar a la panza de una
rata... prefiero pensar que alguien te asilo en su casa y te disfruta.
Pero no
te me vas a ir del todo, porque la memoria de alguna manera también es una
jaula, solo que sin barrotes, aunque a veces los recuerdos están más atrapados
ahí que si estuvieran en máxima seguridad.
Ve, por ejemplo, todavía si cierro los ojos y me concentro, todavía te
puedo oír... espero que siempre pueda, aunque sea de lejos, muy delejitos, como
las voces que uno sigue escuchando siempre porque son las voces de los que uno
quiso, es decir, quiere...-
II
A
La cuarta semana de vivir en el botadero de Río Azul, Momboñombo
Moñagallo se integro a la s filas de los buzos pero solo en brigadas de buceo
de superficie, sin perder de vista la costa porque lo atemorizaba el mito de
que el basurero de cuando en cuando, se tragaba a alguien, como se decía de la
Llorona, una loca, una pobre mujer que hacia varios años había llegado al
botadero con su bebe de meses alzado, y en un intento de buceo de profundidad,
directamente bajo los camiones recolectores, no logro hallar a su hijo en el
sitio donde lo había dejado. Fue
cuestión de segundos nada más lo puso en un claro entre la basura, fue por una
bolsa que prometía y al volver ya el niño no estaba. Nunca se supo
qué paso. La policía realizo un
operativo de búsqueda sin resultado alguno y luego de dos horas, dio por
perdido al niño. Estuvieron a punto de
acusar a la madre de homicidio culposo, pero no fue necesario, ya ella había
asumido sola toda la culpa y su desgarradora locura era algo así como el cuerpo
del delito. Desde entonces se quedo a
vivir en el precario, la razón perdida, siempre llorando y revolcando entre la
basura por si acaso aparecía el niño. A
veces buscaba por las noches y su desesperación era peor y su llanto era peor,
como para helarle la sangre a los buzos de la vecindad; entonces Unica
Oconotrillo era la única que se levantaba e iba por ella, la tranquilizaba y la
llevaba de vuelta a su casa en la margen del Río Azul.
La historia afecto mucho al
neófito.
-Unica, pero ella ya no llora tan frecuentemente y nunca por la noche...
-Si, desde el día en que yo me encontré ese muñeco grande entre la
basura. Ella andaba conmigo y cuando lo
vio se me vino encima dando alaridos, por poco se le salían los ojos, me tiro
al suelo y se llevo abrazado al muñeco a su casa. Viera lo que costo sacarla de ahí. Solo pudimos sacar tres días después y eso
porque estaba tan débil que no se pudo defender; entre don Conce, un buzo que
murió, y yo entramos a la casa y la sacamos.
Estaba sentada en el suelo cantando una cancioncilla y amamantando al
muñeco. Después, cuando se dio cuenta de
que nadie se lo iba a quitar, se atrevió a volver a basurero a trabajar, viera
lo que costo convencerla. Y desde
entonces ahí anda, como una india, con el muñeco amarrado a la espalda, con
un...?como es que se llaman...?, un portabebés que encontró El Bacán por esos
días.-
Pero Momboñombo Moñagallo se sorprendía de lo bien que la Llorona
interactuaba con los demás buzos. Ella
trabajaba duro como todos, recolectaba sin problema alguno y discernía
perfectamente entre lo aun utilizable y la autentica basura, esa que a pesar de
todo tampoco es un desperdicio, porque es lo que alimenta a los zopilotes y a
las ratas y a los gatos y a los perros del lugar.
Momboñombo se iba adaptando poco a poco, poco a poco. Lo primero que rescato fue un catre viejo que
llego en basura menos camiones descapotados de los que traen la basura menos
cotizada, la de los barrios bajos. Ahí
no trepido en peleárselo alegando el derecho entre los buzos de respeto, de que
alguien se gana algo si lo ve primero.
Pero ese maldito ruido interrumpido de los tractores y camiones era lo
que mas traba le ponía a su inserción en el mundo de los buzos, el ruido era
tan molesto como el vaho caliente y pestilente que no cesaba nunca, ambos eran
tan concretos como las ganas de cagar, aunque a Unica el ruido no le impidiera
tampoco recoger cuanta botellita de perfume encontraba entre la basura. Ella las guardaba aparte y después en casa,
al final de jornada, vaciaba los sobros de los perfumes en una sola botella
grande también de perfume, e igualmente hallada ahí. A la botella grande iban a dar los restos
mortales de cuanto perfume se podía encontrar en las tiendas de San José y el
extranjero, una vez que sus dueños los consideran obsoletos. Perfumes caros, perfumes baratos, perfumes
carísimos, perfumes infrabaratos, perfumes de hombre, de mujer de niño y hasta
uno de perro, que llego un día. Ella los
revolvía y lograba unas cosechas inmejorables; por la mañana se perfumaba
siempre antes de salir a trabajar; los demás buzos de la comunidad ya estaban
avisados de entregar inmediatamente cualquier aguaflorida que encontraran.
Momboñombo pensó mucho tiempo que aquel era un mundo de locura, que
nada ni nadie podía estar ya mas abajo
que la gente que estaba a ras de los desechos, pero un día que llego un
borracho a la casa y Unica le dio unas monedas, el comprendió que el alcohólico
que amanecía tirado en las aceras de San José, realmente estaba más abajo que
los buzos.
-Ellos ni siquiera tienen horario, simplemente amanecen donde cayeron y
la gente se aparta solo para no pasarles por encima, y eso por lo desagradable
de la sensación de pisarles un brazo o una pierna, por lo semejante que tienen
con los miembros de los cadáveres, pero nunca es por el borracho en si. Lo que es peor, la gente se indigna realmente
cada vez que ve un borracho durmiendo en una acera cualquier hora.
Yo antes me quejaba del horario de locura que tenemos aquí, pero no
están malo, después de todo es algo que pone orden, y ya ni siquiera me parece
de locos eso de que los camiones aparezcan en filas interminables a cada rato,
es más, ya ni siquiera la locura me parece locura, aquí donde todo se vuelve
al; revés, donde la gente come basura y se viste con lo roto. Aquí no es que los locos anden sueltos,
sencillamente es que no hay locos ni cuerdos para compararlos, para decir que
están locos. La Llorona funciona
perfectamente, ella cree que el muñeco es el hijo que perdió y con eso es feliz, el Unica Oconitrillo se
pelea lo desodorantes que llegan al botadero y hasta tiene una marca preferida;
yo no se de donde eso de que ese desodorante la protege las veinticuatro horas
del día y no mancha su ropa, o que tal crema embellece sus manos. Pero a fin de cuentas, que importa... ojala
todo fuera tan simple como arreglarse la vida con un muñeco... El Bacán cree que tiene seis años y yo creo
que me llamo Momboñombo Moñagallo.
Sumado ya a las filas de los buzos, el hombre aprendía con rapidez a
discernir entre bolsas que valían la pena y las que no; pero como no hay
aprendizaje sin dolor, en más de una ocasión, el ilustre Momboñombo Moñagallo
salía maldiciendo contra cielo y tierra por haber metido la mano en la panza de
una bolsa cuyo único contenido era papel higiénico. Unica le enseño que eso se solucionaba
restregándose las manos con polvo de la tierra medio arcillosa del lugar... la
mierda que quedaba entre las uñas, o se salía sola, o había que sacarla con un
palito.
El basureo siempre se llenaba desde buen temprano, a veces hasta con más
de doscientos buzos a la espera de los camiones que jalan la basura de los
barrios caros, porque ahí es donde se bota más indiscriminadamente. Los desperdicios de las grandes fiestas y los
días corrientes, que son los menos, a menudo traían sorpresas. De ahí Unica había completado su vajilla y El
Bacán su biblioteca, que a esas alturas contaba con cientos de volúmenes
inverosímil, desde los Cuentos Petersgurguueses de Gogol, firmado por un fulano
que nunca los leyó, hasta libros de quiromancia y las revistas dominicales de
los periódicos nacionales; había también un tomo con la segunda parte de El
Quijote, que el niño lo tenia haciéndole pareja a un libro gordo de cocina y a
un diccionario de términos botánicos del mismo espesor.
Sin embargo, muchos de los buzos eran gente que iba y venia sin
decidirse a radicar en el precario, eran gente que buceaba también en las
calles de la cuidad, fácil de reconocer por sus atuendos, su caminar quebradizo, su mirada vista cosas aun útiles
ahí donde la mayoría de la gente solo puede ver un montón de basura, y con
tacto de obstetra, especializado a fuerza de reconocer lo reciclable sin romper
las bolsas bastanteándoles cuidadosamente el vientre.
Esa gente estaba familiarizada de algún modo con lo del precario, pero
no era parte de la familia. A veces
pasaba temporadas por ahí algunos de los
tantos amigos del Oso Carmuco; uno de ellos le explico a Momboñombo que el
sobrenombre del Oso venia directamente de nombre, pues se llamaba Carmen y
caminaba como un oso. Ellos solían
llegar con periódicos para El Bacán y con pastas de dientes para Unica, que se
las agradecía y ni ojeaba los periódicos que comenzaron a llegar cargados de
noticias inquietantes por esos días.
Momboñombo comentaba con los de abordo que solo se hablaba del botadero
de Río Azul, que los vecinos de ahí y los de San Antonio de Desamparados le
estaban alzando el pelo al gobierno porque ya no soportaban más la hediondez y
que los terrenos de Río Azul iban a ser anexados a la Zona Protectora del Cero
de la Carpintera, como primer paso para el cierre. Ahora estaban hablando de hacer un bosque
frondoso donde estaba el basurero, un bosque , nada menos que un bosque, “con
tanto árbol que se seguro ni se podría ver”....
-¿Qué es eso de anexado?- pregunto alguien en la concurrencia, y antes
de que Momboñombo lo explicara, El Bacán tomo la palabra y explico que:
-Anexar es lo que Unica me enseño hace tiempo, eso significa hacer que
Guanacaste no sea más de Nicaragua y que sea de Costa Rica y es algo que se
hace todos los años en julio, lo que yo no sabia era que Río Azul no era de
Costa Rica, pero no importa, porque lo importante es que aquí es donde Costa
Ricas viene a botar la basura...-
-La verda es que yo no de que se quejan los vecinos de por aquí-, dijo
doña Lidiette López, -la gente clavea mucho por el basurero, pero de aquí
sacamos pa’comer y pa’vivir; casi todo lo que tienen mis hijos, Jefrey y
Julita, lo hemos sacado de aquí.-
Pero las noticias de los diarios de noviembre no hablaban únicamente
del descontento de los vecinos, sino de los bloques que hacían como protesta
por el descuido del gobierno. Uno de los
bloques de las vías de acceso al botadero provoco un acumulamiento de basura en
las calles de la capital que también fue noticia en los diarios. –Monta4as de basura-, decían los titulares,
acompañados de fotos a colores de la gente brincándose los montículos de
basura, gente tapándose la nariz con la palma de la mano, harta de la tanta
inmundicia. Momboñombo le mostró la foto
a Unica y a El Bacán; ambos comprendieron por que había bajado la afluencia de
camiones.
-¡Menos mal!, yo ya estaba asustada....-, mintió Unica.
-Ahora yo lo veo claramente.
Antes no porque antes yo era parte de los que se tapan la nariz, pero
ahora que lo veo desde aquí, de doy cuenta de que ya la gente no sabe que hacer
con la basura... Unica, esto es un
síntoma, no se de que, pero esto es un síntoma.
La gente produce basura, produce desperdicios e inmundicias, y hoy por
hoy, cuando ya le esta llegando al cuello, no sabe que hacer con ella. Siempre ha habido basura, la basura nace con
el hombre...-
Unica lo escucha más por cortesía que porque comprendiera gran cosa las
palabras de aquel hombre que ella misma había reciclado.
-Lo que pasa es que ahora a la gente le ha crecido la capacidad de
producir desperdicios. Yo me pongo a ver
la cantidad de cosas raras que llegan a este basurero, ¡Unica, por Dios! No es
posible que se boten las cantidades de basura que bota este país tan pobre... ¡ochocientas toneladas
diarias!
Una tonelada... ¿qué diablos es una tonelada? La gente nunca piensa en lo que eso
significa, tan lo mismo da decir una tonelada como decir cien millones de
pesos, o decir que miles de personas se mueren de hambre en Somalia... eso ya
no significa nada para la gente, no forma parte de la vida diaria. Yo mismo nunca pensaba en eso cuando me
pasaba las noches en blanco leyendo a Dostoievski, en la Biblioteca
General. Si no estad viendo la cosa no
la entendes, si nos vinieran a tirar aquí a todos los negros que se mueren de
hambre en esos pises, si nos lo pusieran
en filas las calles, como paso con la basura durante la huelga, entonces
dejarían de ser los negros anónimos con las panzas hinchadas, pasarían a ser seres humanos y Somalia pasaría a ser algo
así como el botadero de la humanidad, como pasa aquí en Río Azul, donde una
tonelada de basura comienza a ser algo muy concreto cuando llega con toda sui
pestilencia y su cortejo de moscas y zopilotes a caernos encima.
Yo me pongo a ver que es lo que bota la gente. ¡Unica, por Dios!, esas luces que parecen
prismas entre la basura, todo eso que brilla como limadura de sol, como si
fuera un gran tesoro lo que hay ahí, todo eso es puro aluminio, el de las latas
de cerveza, nacionales y extranjeras, los paquetes de sopa, los paquetes de
cigarros, todo viene en aluminio ahora, y en paquetes en ingles, y todo se bota
en bolsas plásticas que no se pueden deshacer, como explica el periódico,
porque no son de materiales homogéneos, yo no se que putas es eso exactamente,
lo que veo es que no se pueden deshacer y punto , porque eso significa que ahí
se van a quedar per secula seculorum amén.-
Momboñombo había hablado tanto que había atontado a Unica y al El
Bacán. Ella dormía desde hacia rato, el
niño luchaba por seguir el hilo del monologo de Moñagallo. De cuando en cuando se quedaba como
hipnotizado... repitiendo algunas palabras...
“secula seculorum amén... secula
seculorum amén...”, “prismas, prismas, prismas”. Las repetía para memorizarlas, pero no
preguntaba su significado.
Al día siguiente, Unica le pidió a Momboñombo que le explicara todo
aquello que había dicho anoche ‘pero en cristiano, de modo que yo entienda,’
-Nada, Unica, lo que pasa es que ya hay tanta basura en San José, que
ya no cabe más aquí y los vecinos de los alrededores ya están podridos de tanta
porquería.-
-Bueno, pero entre más basura llegue, mejor para nosotros.-
-De acuerdo, Unica, salvo un pequeño detalle, que ya no la van a botar
más aquí... Eso es lo que han estado
diciendo los periódicos todo el mes de noviembre. La gente ya esta hasta el cuello de basura;
entonces el gobierno decidió cerrar ya el botadero de aquí, de Río Azul...-
-¡Jesús, Maria y José! Momboñombo, ¿Y adonde lo van a poner?-
-Esa es la cosa, que en ninguna parte cabe, porque, ni tontos que
fueran los vecinos, nadie quiere tener un basurero de este tamaño a la vuelta
de su casa. Ahora, por ejemplo, dice el
periódico que lo iban a poner en La Uruca, ¿y que?, que la gente se paro de pestañas,
“que por ahí queda el Hospital Méjico, el Parque Nacional de Diversiones”...,
todo queda por ahí, entonces el gobierno todavía no sabe donde poner este
mierdero de modo que no le estorbe a nadie.
Por otro lado, todos los días sale gente hablando en el periódico: un baboso salió diciendo que lo que había que
hacer era evacuar la zona y dejar aquí el basurero, otro salió diciéndole
egoísta la gente delas comunidades que no quieren que les pongan el basurero
encima, pero lo que pasa es que les pongan el basurero encima, pero lo que pasa
es que eso lo dice cualquiera siempre y cuando no sea su barrio donde lo vayan
a poner. Otros dicen que la basura es un
problema de ‘externalidades negativas’ y una de palabrejas raras, Unica, que lo
único que quedaba en claro es que todo esta oscuro.
Unica, la gente tiene razón.
Pero bueno, por ahora el basurero se va a quedar aquí un tiempo más...-
-¡Gracias a Dios, Momboñombo!, si no, no se qué vamos a hacer
nosotros.-
-¿Qué vamos a hacer nosotros?
¿Qué vamos a hacer nosotros?...
-La pregunta iba tomando dimensiones cada vez más gigantescas en la
cabeza de Momboñombo Moñagallo y lo comentaba con los buzos, sin lograr con
ello ni el menor vestigio de preocupación en sus semblantes. El no era un buzo, era un suicida frustrado
que estaba aprendiendo a defender la ilusión de que la vida se le puede
inventar un nuevo sentido aun cuando lo único que parezca sensato sea morirse
de un retortijón ¡y ya!
Pero los buzos de oficio, los que ya llevan la basura incorporada, los
que llegaron con el alma hueca al basurero desde hacia varios años y a esas
alturas la tenía tan atiborrada como el botadero mismo, los auténticos buzos
estaban acostumbrados a vivir al día, a resolver lo inmediato. Los verdaderos buzos no eran ni siquiera como
Unica, para quien no había sido posible, en tantos años, desterrar los
atavismos urbanos y seguía procurando esquemas familiares en la comunidad. A los buzos no les molestaba en absoluto
llegar a comer con Unica, ni aporte elementos a la olla común, pero lo hacían
mezclando las reminiscencias de algún arcaico orden familiar (que les
funcionaba ya como a un perro casero le funciona la maña de rascar el suelo con
las patas traseras después de cagar, como si estuviera enterrando la mierda
Unica quien se tomara la molestia de recalentar o cocinar el pan nuestro de
cada día.
Esos buzos de hueso colorado no lograban comprender los develos de
Momboñombo.
-Son habladas de la gente...
Esto no lo van a cerrar nunca, abuelo, no ve que si lo cierran no van a
tener a donde botar toda esta basura.-
-Bueno, pero... ¿y si lo cierran?-
-Si lo cierran, nada... nos vamos donde lo pongan.-
-Y... ¿si no nos dejan entrar? - -Si nos dejan, si nos dejan... siempre
dicen lo mismo, que no nos van a dejar entrar, que yo qué sé, pero al final si
nos dejan. Y deje usted de joderse la
vida pensando en eso... –
Y así morían todos los intentos de Momboñombo, bien por crear
conciencia entre los buzos, bien por exigirles una respuesta a su pregunta
desesperada. Todos sus esfuerzos se
resumían también en la necesidad apremiante de depositar en sus salvadores la
responsabilidad de no estarlo salvando continuamente, porque “sin basurero no
habrá más buzos”, creía el, “y sin buzos no habrá más Momboñombo.”
-No le merman los aguaceros-, decía Unica cuando noviembre no daba
tregua.
-Lo malo es que hasta la lluvia llega ya sucia al basurero-, agregaba
Momboñombo.
Había comenzado a llover más o menos desde abril, y la lluvia solo
empeoraba con ondas tropicales y corrientes frías que minaban la salud de
desecho de los de abordo. El Bacán tosía
constantemente y moqueaba siempre en verdeciéndose los bigotes y entiesándose
las barbas, porque el agua solo resbalaba sobre el gabán negro aceitoso de los
zopilotes y en todas partes se empozaba formando cientos de pequeñas lagunillas,
sobre todo ahí donde las bolsas plásticas hacían una concavidad entre la
basura. Al darles el mezquino sol de
noviembre, las lagunillas, fecundas de larvas de moscas y otros bichos,
brillaban primando la luz y hedían más bien como si hubieran asesinado al arco
iris y su cadáver se pudiera lentamente entre la basura.
Con la lluvia se empapaban los buzos por mas que se forraran en bolsas
plásticas. Con la lluvia solían
inundarse los tugurios, por lo que el trabajo de los de abordo debía repartirse
entre el buceo y las interminables reparaciones de su ciudad flotante. La adversidad, de ingenio fecundado, había
llevado los buzos a confecciona los más curiosos impermeables, sobre todo con
las bolsas gigantes para basura de jardín, y vestidos todos de gris sintético,
con trajes de una sola pieza, más bien parecían monjes de algún culto al fin
del mundo; sus hábitos plásticos sobre sus lomos siempre encorvados completaban
una imagen borrosa de romería de penitentes bajo la tutela implacable de los
iconos motorizados de los tractores.
-En verano todo va ser más fácil-, se repetía Momboñombo a veces,
mientras debía de pie directo de las ubres de las nubes, desconociendo
minuciosamente los efectos del sol de febrero y marzo sobre la pudredumbre y la
tierra medio arcillosa del botadero, que era entonces un torrente de barro que
desangraba minuto a minuto las partes aun vivas de la colina; lo verde se
alejaba cada día, como el bosque que camina, como si hasta los árboles se
estuvieran yendo por sus propios pies de aquel osario de los derechos humanos.
El Bacán se entretenía haciendo barquitos de papel que ponía flotar
sobre la lagunilla más cercana al tugurio.
Los otros niños de los buzos buceaban al lado de sus padres, o ambos, en
los casos más extraños, y urgaban entre la basura con tanta fiere3za como los
adultos, pero con una expresión distinta, con un asombro en sus ojos como si en ultima instancia, lo que
estuvieran buscando entre los desechos fuera ni más ni menos que su propia
infancia encarroñado bajo las poderosas orugas de los tractores. Con la lluvia persistente, los rellenos del
gran relleno se aflojan; después de un rato de estar de pie un mismo sitio, los
buzos tenían que tirar con fuerza hacia otro lado porque ya tenían los pies
hasta los tobillos entre las arenas movedizas.
Más o menos veinte años de estar enterrando basura habían hecho de la
geografía de la colina un esperpento cuya representación cartográfica
resultaría algo así como el contorno del lomo de un monstruo de pesadilla,
montículos y montículos por todos lados y tierra removida de aquí para allá, y
los ríos Damas y Tiribi condenados a beberse los caldos que se filtraban
constantemente; pero solo una parte de ellos, porque el resto iba a dar a los
mantos acuíferos profundos, inyectándose de manera intravenosa en el cuerpo de
la tierra.
Los vecinos de Río Azul y San Antonio
de Desamparados efectivamente habían amenazado al gobierno con cerrar el
paso al vertedero a eso del treinta y uno de diciembre, luego de varios
intentos por impedir el acceso de los camiones, frustrados más de una vez por
las brigadas de choque de la policía, que nunca escatimo esfuerzos en eso de
abrir barricadas o espantar a los niños del barrio y vecinos en general de las
fauces del basurero, con sus elocuentes bombas lacrimógenas y argumentos
análogos; sin embargo, la organización de la comunidad consiguió por fin
dialogar con el gobierno. El señor
Presidente de la Republica los visito y se reunió con los dirigentes quienes,
después del café con promesas, se siguieron entendiendo con el Ministro de la
Presidencia.
Por un lado estaba el ultimátum del treinta y uno de diciembre; por
otro, la petición del Ministro, que consistía en una prorroga de varios meses
para resolver lo de la búsqueda de un nuevo sitio para tan nobles propósitos y
la promesa de que para el veinte de enero del noventa y tres, a más tardar, el
nuevo destino de los desechos del Valle Central estaría elegido. Para ese entonces, la comunidad de Atenas estaba
en alerta permanente por su rechazo categórico de la posibilidad de instalar en
sus entrañas el nuevo basurero, por más que el gobierno prometía en su lugar un
relleno sanitario a la altura de los rellenos modelo de Estrados Unidos, esos
donde hasta las ratas comen con tenedor y cuchillo.
-Que lo cierran lo cierran...-, se pasada repitiendo Momboñombo
Moñagallo a cuantas buzos le prestaba un minuto de atención, pero no más de un
minuto que era el tiempo que a lo sumo, lograban fijar la atención en algo que
no fuera de interés inmediato
Mientras añejaba en su pecho el fantasma del cierre del botadero, el
buceaba hombro a hombro con Unica y muy ocasionalmente, con El Bacán.
Unica “lucia como desmejorada”, pensaba el, cuando se distraía
mirándola largamente... El agua de la
lluvia le bajaba en goterones por las hilachas de su cabello entrecano, y
resbalaba por la piel de sus brazos hasta los guantes sin dedos que alguna vez
hallo idóneos para sumarlos a su equipo de buceo. Ella lo sorprendía mirándola y siempre le
recomendaba lo mismo:
-Ay, Momboñombo, deja de espiarme, que en mi cara no vas a encontrar
nada de valor.-
Lo decía un poco sonrojada, con una sonrisilla dulzona que al rato se
asemejaba un poco a la pauta que Momboñombo añoraba a gritos. Era como si en un segundo los tractores se detuvieran,
los humores fétidos se disiparan, como si escampara... era como una sonrisa
cómplice que en un segundo inyectaba una sobredosis de buen animo.
Los viejos seguían después en su trabajo, uno al lado del otro “jalando
y jalando pa’l mismo lado, como dos bueycitos”, como le recomendaba Unica que
debía hacerse aquel trabajo de estar vivos.
Pero después del segundo, otro camión recolector atravesaba el espejo y
los buzos se amuchaban a su alrededor como gaviotas al lado de un
pesquero. Las redes llegaban grávidas, y
los forzudos marineros de los mares asfaltados de la ciudad las vaciaban en
medio de los chillidos y el batir de
alas de las gaviotas venidas a menos.
Una gaviota tomo una presa en su pico y se alejo a toda velocidad, pero
fue rápidamente alcanzada por otra más grande; se disputaron el pececillo,
ambas cayeron al mar, se revolcaron y la triunfadora finalmente alzo el vuelo
con el capitán daba la orden de levar anclas, echaba marcha atrás y se alejaba
hacia nuevos puertos de embarque.
El Bacán estaba sentado entre la basura gritando a voz en cuello cuando
llegaron Unica y Momboñombo; un buzo poco amistoso le había arrebatado algo que
el no sabia explicar que era ni para que lo quería; Unica se armo de un palo de
escoba y fue directo al buzo agresor. Su
edad y el respeto que extrañamente gozaba entre los buzos le permitió
aleccionar palos a la gaviota grande y volver ilesa a casa con el teléfono
malherido que El Bacán había hallado entre la basura; El Bacán dejo de llorar.
-La próxima vez me lo dejas a mi.-, le dijo Momboñombo a Unica en la
noche, cuando ya había pasado el episodio del teléfono. Se lo dijo con una autentica convicción de
macho, que no por muy autentica resultaba verosímil y menos aun necesaria para
una mujer que llevaba veinte años aleccionando a palos al destino que hacia
tiempo se había ensañado con ella. Pero
ambos fingieron y ella le prometió dejarlo actuar si se daba otra situación de
esas, porque el huésped ya estaba ya estaba dando señas de que había llegado
para quedarse y un dejo de hombre de la casa se le empezaba a notar en el
semblante.
-¿Y si habláramos con los vecinos, Unica?-
-¿Hablar de que?-
-¡Como que de que!, pues de que va ser, muchacha, de lo del cierre del
basurero... Si nos aliáramos con los
vecinos de Río Azul...-
-¿Si nos que?-
-Si nos aliáramos, si hiciéramos una alianza, es decir, si les
ofreciéramos apoyo en la lucha por cerrar el basurero...
-¡Te volviste loco, Momboñombo!, si cierran el basurero ¿qué diablos
vamos a hacer?-
-Pues de eso se trata, mujer, no de quedarnos sin nada que hacer, sino
de pedirle ayuda al gobierno nosotros también.
Mira, nosotros vamos a la próxima reunión que ellos tengan con el
Ministro y decimos que estamos de acuerdo con que cierren el basurero, pero que
no nos podemos quedar sin oficio ni beneficio tampoco, que nosotros necesitamos
ayuda para encontrar otra cosa que hacer, que tenemos derechos como todo el
mundo, que no es que estemos aquí porque nos guste el mal olor o porque no
podamos hacer otra cosa que estar revolcando basura. Yo les puedo ofrecer mis servicios como
guarda de algún lado, vos como maestra, y los que no saben hacer nada, ahí algo
se les puede enseñar y...
Aunque Unica ya se había dormido, como de costumbre, el viejo siguió
elucubrando fantasías de progreso sin percatarse en absoluto de que se trataba
de dos problemas diferentes y que
unirlos solo complicaría la situación de los vecinos de Río Azul y por ahí.
El Bacán dormía desde hacia rato, con el teléfono abrazados a modo de
osito de peluche.
Los vecinos de Río Azul estaban también hartos de los buzos; incluso,
una de las cláusulas del acuerdo con el gobierno era que, cerrado el basurero
no se permitiría el precarismo, para poder declarar el área ‘Reserva forestal’
y recuperar los terrenos.
Aunque por decreto bíblico, “a los pobres siempre los tendréis a tu
lado”, ya nadie por ahí estaba en condiciones de tolerar más buzos rondando sus
casa, y la alianza que se le había ocurrido a Momboñombo Moñagallo era
definitivamente impensable; la alianza resultaría contraproducente para la
comunidad, que luchaba desesperadamente por quitarse de encima aquella vorágine
de desechos que la gente iba dejando como precioso legado a las moscas.
Una vez más Momboñombo Moñagallo se lavo bien los dientes y bajo la
colina en busca de los dirigentes de la comunidad. Y tal y como se lo había anticipado Unica, ni
siquiera se molestaron en prestarle atención.
El, que no era un buzo de profesión, tenia del averno de las cosas.
-Ni me alzaron a ver... ¿Culpa de quien?, pues culpa mía, porque me lo
advirtieron. Sin embargo, y pese a lo
feo que es que lo rechacen a uno así, no les guardo rencor; ellos tienen razón,
y yo seguro habría pensado igual si hubiera sido otra mi suerte. Yo mismo me he dado cuenta de que no todos
los buzos son personas decentes, hay algunos que son una plaga, que tienen
costumbres feas, que roban y les dicen cochinadas a las muchachas de la
vecindad y claro, después ellos piensan que todos somos iguales y ahora no nos
van a ayudar.- Era domingo pero el viejo
no se percato hasta cuando iba derrotado de regreso. Toda la gente estaba en sus casas y en la
mayoría sonaba alguna radiograbadora con la transmisión del imperdonables partido de futbol que vino
a atinar un gol en los cinco sentidos del viejo. Se detuvo; por un instante se dibujo en su
gesto la mirada cómplice con que instintivamente se identifican entre si los
fanáticos, aunque nunca antes se hayan visto... sonrió... era otro... estaba
transfigurado y un instante antes de dirigirse al hombre que escuchaba para
preguntarle por los contrincantes, la puerta le fue cerrada de mala gana... de nuevo había olvidado su
condición de desahuciado.
El desmerecimiento le dolió más que la frustrada intentona de alianza,
porque un NO más era un eslabón imperceptible en la cadena de negaciones de su
vida; pero el no ser digno ni siquiera de que le dijeran quienes se disputaban
un balón en el ámbito de una cancha
enzacatada, al margen de la realidad, para producir una manifestación más de
realidad, eso si era el colmo. Hasta el
fútbol, ese deporte que habían convertido en el amansalocos de los tiempos
modernos, le estaban negado; ese deporte dominical capaz de hacer olvidar a un
pueblo hasta el costo de la vida, le estaban negado. Pero el no lo vio así, no podía verlo así; el
solo se quedo petrificado un momento frente a un de las casas donde un radio se
desgalillaba en un gooooooool sempiterno, y como idénticos a si mismos, todos
los partidos de fútbol a los que había asistido religiosamente desde niño, le
pasaron en tropel por la memoria... miles de hombres pateando miles de pelotas,
miles de personas rugiendo en montañas de galerías, toneladas de papas fritas
crujiendo entre fajos kilométricos de molares, aguaceros de bolsas de orines
derramándose sobre las cabezas de los dueños de los asientos baratos, locutores
psicotizados narrando frenéticamente lo mismo que todos estaban presenciando,
tropas de árbitros malignos entonando una marcha infernal con sus pitos,
desfiles de gentes eufóricas por las calles celebrando un gol acertando en el
extranjero y el Presidente de la Republica bailoteando por las calles en un día
hábil declarado asueto a raíz de una patada, y bosques enteros reducidos a
papel periódico con la vieja historia de David y Goliat, pero con la variante
de que Goliat no perdía nada después del partido, mientras que a David se la
metían sin vaselina con un paquete de impuestos que no lograría evadir ni con
la honda ni con la piedra. Y Momboñombo
en medio, en el Parque Central llorando
de alegría y de hermandad; todos hablábamos
en plural , éramos uno solo en el ojo del mundo, ya casi ni se nos
notaba lo tercermundistas, los escoceses se querían bajar del mundo porque los
habíamos hecho morder el polvo. ‘¡Puta
Carajo, y de taquito pa’ que más les duela!”
Y Momboñombo en el meollo de los hechos, en el día histórico de la
apoteosis del conejo, y... ¡y le cerraron la puerta cuando iba a superar la
separatividad social preguntando ¿cómo van, jefe?, ¿quiénes juegan?!
Fue demasiado, se desplomo cuan largo era en medio de la calle y fue
llevado en hombros hasta su hogar por un par de buzos que lo hallaron ahí
tirado, casi casi como era su costumbre.
A Unica casi le dan un patatús cuando lo vio venir, pálido como el
resucitado, en brazos de dos de los de abordo.
Hubo que friccionarle la nuca con alcohol del de la botella grande de Unica, de ese que los
borrachos llamaban ‘guaro de fresa’ porque lo hacen rozado para prevenir su
ingestión. Le aflojaron el pantalón y
los botones de la camisa para que respirara mejor, le dieron agua de sal a El
Bacán para que le pasara el susto y entre todos volvieron en si al viejo a
gritos y bofetadas que lo dejaron como embobado. ¡Buen rato le costo ponerlo todo en orden otra
vez en el basurerito de oficina de su cabeza!
Una vez recordando el suceso de la negativa por parte de la comunidad,
tuvo una laguna con lo de la puerta en su nariz y olvido para siempre que
alguna vez le gusto el fútbol.
Para el almuerzo hubo olla de carne con verduras que Unica y El Bacán
habían traído de la feria del Agricultor de Desamparados. Domingo a domingo iban a juntar de la calle
las verduras que los mismos vendedores botaban por demasiado maduras, o por
demasiado verdes, o por mayugadas que llegaban de los sembradíos. La carne era una que Unica conseguía en una
carnicería que atendía un viejo que se había negado al progreso de las sierras
eléctricas y aun partía los huesos con un hacha sobre un tronco de madera. El hombre ni siquiera se planteo nunca lo de
la carne barata de Unica una vez por semana, por lo que hizo de ella uno de sus
‘clientes’ más fieles de los domingos.
El resto del día transcurrió sin novedad en medio del extraño silencio
en que algún feriado dejaba al basurero.
Los tractores reposaban exánimes al pie de la cuesta y los recolectores
en sus respectivas comunidades. Solo el aletear incansable de las moscas y los
zopilotes sostenía la rutina, dado que los buzos que no vivían en el precario,
esos días desaparecían del lugar, quien sabe adonde, a sus casas tal vez, o a
bucear por las calles de la ciudad, o detenidos en animación suspendida como
larvas descomunales en espera del lunes de madrugada.
Momboñombo hasta ese domingo no había caído en la cuenta aun de que a
veces descansaban tanto los recolectores como los tractores. Muchas ocasiones le llevo hacer la
observación, porque ya el ruido estaba incorporado y de no haber sido por el
desmayo jamás habría descubierto que para su desgracia, cada tanto, el basurero
guardaba silencio; para su desgracia porque entre los intervalos de silencio
seguiría percatándose de que a alturas del día anterior, del que tampoco era
consciente, ya había olvidado el compás de quietud semanal y entonces cada
nuevo día de silencio funcionaba como el primero del calendario de su nueva
vida de ser humano desechable.
Lo comento con Unica, pero en ella el tiempo marchaba de una manera
diferente. Tampoco estaba nunca al tanto
de la fecha, sin embargo, una suerte de reloj biológico la llevaba los domingos
a bucear a la Feria del Agricultor, de donde, invariablemente siempre regresaba
con un canasto lleno de verduras para la sopa.
Los meses del año le eran igualmente ajenos, pero por esa época los
pasos de animal grande de diciembre le desasosegaban el alma.
-Ya casi es diciembre, Momboñombo....-
-¿Y vos como sabes...?
-¡Ay, no se!, es que siento como hormigas en el culo.-, dijo en medio
de un suspiro.
III
A
l principio, al puro puro principio, yo tenia un jardín aquí. Lo había ido haciendo, poco a poco, con
siembros que me regalaba la gente de la vencidad cuando todavía no le tenían
tirria a los buzos, cuando todavía ni siquiera nos decían buzos. A mi me decían ‘la señora que vive en un
ranchito allá en el basurero’. Yo tenia
sembradas las pudreorejas en la parte de atrás del ranchito que también había
ido haciendo poco a poco con latas de cinc y pedazos de madera y cartón que me
encontraba por ahí, o que la gente me regalaba también. Vos sabes, Momboñombo, un jardincito aquí...
Pero después la tierra como que se fue secando, muriendo,
muriendo. Cuando yo hice el ranchito
aquí, el basurero todavía quedaba lejos, pero fue creciendo, los tractores iban
enterrando la basura y haciendo huecos cada vez más grandes hasta que esto
llego a ser como vos lo podes ver ahora, pero yo y los otros vecinos que nos
vinimos a vivir aquí, don Conce, un buzo que ya murió, Doña Hipólita y la
familia de los cara de león, y un montón de gente, teníamos como más espacio y
más aire puro. En las mañanas se podía
levantar uno y respirar hasta reventarse porque como esto es una colina,
entonces el viento pega más fuerte. Y yo
tenia un jardín con pudreorejas clavel de poeta y unas begonias y unas
gloxinias; rosas no porque aquí no hay manera de que peguen, pero tenia
culantrito de coyote que es tan bueno pa’ la sangre. Y ahí donde se ve todo pelado eso, ahí zacate
de limón y yo tenia unas violetas lindísimas sembradas en unos tarros de leche
en polvo, y hasta unas guarias moradas porque en mi casa siempre se acostumbro
tener guarias en un palo de guitite.
Pero como te digo, la tierra se fue poniendo como arcillosa; esta tierra
no era así, fue que se fue lavando , el polvo comenzó a ponerlo todo de este
color como amarillento y las rosas no pegaron nunca. Hasta se me murió una tortuguita que yo tenia
en el jardín, a la pobre la encontré tiesa un día y toda llena de polvo. Yo creo que se ahogo la pobre. Y empezaron a llegar las cucarachas; yo al
principio las mataba a escobazos, pero con el tiempo me fui acostumbrando a
verlas. Y las moscas que me dice, al
principio andaban nada más entre la basura y aquí venias unas cuantas, como
doscientas nada más , uno las podía espantar, pero después empezó a ser como
ahora que son miles y miles y no podes hacer nada más que acostumbrarse, porque
o te acostumbras o te jodes.
Por aquellos años fue que llego El Bacancito...
¡Ay, vieras vos que felicidad!, yo que siempre había querido un hijo,
Dios me lo mando porque El sabia lo que yo quería un hijo y ahí llego solito...
vos sabes que yo siempre he pensado que fue un milagro eso, que alo mejor El
Bacán ni siquiera es que fue abandonado aquí, sino que Tatica Dios me lo hizo
especialmente a mí, para que ya no estuviera tan sola.
Yo, como fui maestra, rapidito le fui enseñando a hablar bien, a contar
con los deditos, a rezar, a recitar una recitación muy muy linda que dice
así: ‘Cultivo una rosa blanca, en junio
como en enero, para el amigo sincero que me da su mano franca, y para el cruel
que me arranca el corazón con que vivo, cardos ni orugas cultivo, cultivo una
rosa blanca...’, linda, ¿verdad?, yo no se quien la escribió pero debió ser
alguien al que le gustaba mucho hacer jardines; yo se la enseñe a El Bacán
porque aquí yo tenia unas chinas blancas, porque las chinas, como son tan
agradecidas, esas pegan en todo lado y porque nunca he perdido la fe de hacer
otro jardín, por eso es que siempre la recito esa recitación, y seguro vos has
oído a El Bacán recitándola también, porque a veces vos la oís y es como si
todavía tuviéramos el jardín aquí. Yo la
vivo recitando porque yo se que a lo mejor el señor que la escribió también
querría hacer un jardín donde solo hay basura, porque yo le digo una cosa, si
señor, así como me oye, Momboñombo Moñagallo, para escribir una recitación así
de linda tiene uno que querer mucho a las rosas y a los amigos.
Las chinas se marchitaron, se fueron llenando de un color como ladrillo
y después no quedo ni una, porque ni las chinas soportan el maltrato. Después la vida fue pasando y pasando y se va
uno haciendo viejo. El Bacán cada día
más grande, verda, yo le digo que se corte los bigotes porque parece un viejo y
el se los corta a veces, pero en seguida no más ya los tiene otra vez largos, y
no es por falta de navajillas porque aquí si que no se puede uno quejar de eso,
más desde que las hacen plásticas, viera, Momboñombo, la cantidad de navajillas
que llegan aquí semana tras semana, de esas que ya vienen pegadas a maquinilla
de hacerse la barba; pero a el le da pereza hacerse la barba y no es solo
pereza, es que se corta y después le quedan cicatrices, pero El Bacán esta
hecho todo un viejo... ¡mi chiquito!
Al principio yo no lo dejaba bucear, más después de lo que paso a la
Llorona, ¡pobrecita1, verda, y era tan bonita la Llorona, vieras, era una
muchachita así menudita, que no hablaba por no ofender y el chiquito lo más
lindo, vieras, parecía un muñequito; pero como no hay pa’la desgracia,
perdérsele y volverse loca fue una sola, y con razón, porque como a mi se me
pierda El Bacán, machala, machala, y yo me vuelvo loca también. Pero por dicha el es muy casero, nunca se me
va solo. Ahí una o dos veces por semana,
vos has visto, hacemos un saco de chunches y los vamos a vender a San José,
pero el siempre viene con migo. El me
acompaña vender las latas de aluminio, las botellas, los periódicos que ya se
ha leído, porque eso si, Dios guarde le bote usted un periódico que no haiga
leído porque se resiente.
¡Ay, Momboñombo!, vos te me quedas viendo y me pones tanta atención que
le dan ganas a uno de seguir hablando y hablando como una chachalaca y es que
hacia tanto tiempo que no hablaba yo así con alguien, sobre todo en las noches
después de que todo el mundo se va a dormir...-
Momboñombo Moñagallo guardaba largos silencios escuchando a Unica que
parecía como transmutada con la vista fija en una pared o en alguna rendija de
la tabla donde se sentaban a hacer sobremesa.
La época de Navidad era prospera a su manera con el basurero. La gente la aprovecha para descuidarse más
que de costumbre con lo que tira a la basura, por lo que es frecuente hallar
envueltos en las hojas de los tamales todo tipo de cubiertos, caros y baratos
Luego vienen los papeles y las cajas de regalos, que no siempre llegan vacíos
al basurero; no falta quien ni se percate de que se le fue un regalo sin abrir
a la basura y una vez ahí, la cosa se pierde para siempre, hasta que resucita
toda llena de vida en manso de un buzo que la rescata del basurero de la
historia y la recicla en una compra-venta o donde le den algo por ella.
La gente se siente rara en diciembre, toda la gente, hasta la
‘desgente’, la que vive de los desechos, los desperdicios, los despojos, los
despilfarros, los descuidos, los destrozos, los desaciertos... esos
desafortunados a los que Momboñombo Moñagallo había unido sus esfuerzos por
aparentar que la vida, después de todo, vale la pena aun cuando se viva en
medio de las desigualdades.
Momboñombo no recordaba cuanto tiempo hacia de su incorporación a las
filas de los biorrecicladores, en parte porque el tiempo era algo que cada vez
le importaba menos, hasta le había regalado su reloj de pulsera a El Bacán ,
quien no se molestos en lo más mínimo por aprender a leerlo pero se fascinaba
viendo las agujas girar y girar sin propósito alguno. La Navidad comenzó a llegar temprano ese
año. Durante los primeros días de
diciembre Río Azul fue declarado Zona Protectora y las sesenta y cuatro
hectáreas de los terrenos del basurero fueron anexadas a la zona del Cerro de
la Carpintera, con lo que quedaron declaradas bajo el Régimen Forestal.
El ultimátum de los vecinos de Río Azul y San Antonio de Desamparados
estaba surtiendo efecto, sobre todo en la bolsa de San Nicolás que esta vez se
hinchaba nada menos que con la ubicación de un nuevo relleno en alguna parte
del país. El gobierno mantenía
silencio. Aun no se descartaba
oficialmente a La Uruca como la feliz ganadora de la caja de Pandora, pero si
se declaro a la Gran Área Metropolitana, la ‘GAM’, inadecuada para situar el
relleno. Se comenzó a elaborar un ‘Plan
Nacional de Manejo de Desechos’, dirigido por El Organismo de Ayuda Germano, y
en la Asamblea Legislativa, aun pese a la trillada y harto bien sabida
sentencia de que “un camello es un caballo hecho por una comisión”, un fulano
propuso integrar una que examinara el problema y un mengano se opuso.
El gobierno se devanaba el seso negociando con las comunidades,
ofreciéndoles el ‘mar y las conchas’, obras de infraestructura, beneficios de todo
tipo, ‘El milagro de La Uruca’, ‘El milagro de Atenas’, con tal que aceptaran
el basurero dentro de sus lindas, sin conseguir entusiasmar a nadie con
ello. Hasta el momento, lo único que se
tenia en claro era que la GAM, por ser una zona de gran expansión urbana con
importantes mantos acuíferos no era apta para la instalación del relleno.
Se hablaba de sectores neutros donde se podría eventualmente ubicar el
relleno, previo estudio de suelos, intensidad sísmica, e impacto ambiental, así
como la impermeabilización del fondo con plástico y arcilla y canales para los
líquidos de la basura y ductos para la evacuación del gas metano.
Se publico un mapita con las zonas elegibles y el país entero quedo en vilo porque el fantasma del relleno
atemorizaba con asentar su residencia prácticamente en cualquier parte fuera de
la GAM.
Ese año, el cumpleaños de el Bacán se celebro en los primeros días de
diciembre. Unica lo celebraba cada año
en un mes diferente para que coincidiera con la verdadera fecha algún día .
Los preparativos comenzaban días antes y
Unica sacaba tiempo para elaborar sombreritos picudos de papel periódico para
la fiesta. Para ese día tenia que haber
reservas de comida y guaro para los adultos y ella contaba sus ahorros para
comprar confites para los pequeños.
El cumpleaños de El Bacan era siempre una
sorpresa extraña para todos los niños del precario , pero Unica solo pero Unica
solo lo anunciaba el propio día minutos antes de comenzar la celebración. La sorpresa lograba siempre euforia en el
Bacán pero nunca le despertaba la
curiosidad por saber cuantos años cumplía; eso no era importante y quizás solo
las entrañas profundas del basurero lo sabrían .
Par el mes de diciembre llegaba al basurero
mas basura, y juguetes cada vez mas extraños; llegaban armas de juguetes de
plásticos de colores de formas inusuales que los niños botaban luego de un año
de estrenarse con ellas, llegaban autitos “transformes” que tirando de sus
piezas se convertían en robots cuyos brazos terminaban en terribles armas que
hacían la delicia de los niños del precario.
Momboñombo se preguntaban como podían aquellos niños comprender el
manejo de esos aparatos tan alejados de la realidad del vertedero y solo se lo
lograba explicar confiándoselo al instinto infantil de la seriedad ante la
diversión.
Los niños veían esos juguetes en los
escaparates de las grandes jugueterías josefinas, esas que de paso venden
libros, se maravillaban con ellos y deducían su funcionamiento de los
ejemplares que se exhibían a medio armar.
Momboñombo había sido avisado del cumpleaños
con varios días de anticipación, y
entre el y Unica tenían ya regalos
suficientes El Bacán y para los niños que ese día hiciera una pausa para regresar a su infancia un par de
oras durante el cumpleaños itinerante, que exigía que ese día los bigotes y las
barbas de El Bacán fueran rasurados, que su cabello recortado y su piel
despercudida con un paste mojado que Unica preparaba para esos efectos.
Ese día, temprano por la mañana, Unica se
levanta a calentar agua, mientras tanto, afilaba sus tijeras en un molejón que
ni ella sabia de donde había sacado. Cuando
El Bacán despertaba y veía los preparativos, estallaba de alegría porque
celebraría inesperadamente su cumpleaños.
El pañuelo que se ataba a la cabeza era desanudado y los mechones de
cabello caían a la frente, luego le quitaba el chaleco y la camisa y comenzaba
la primera parte del baño. En un
recipiente aparte, Unica disolvía los residuos de todas las de jabón que
hallaba; acto seguido, mojaba el paste y comenzaba pacienzudamente a restregar
la cabeza entera, a mojar bien el pelo y las barbas, a cortar a ojo de buen
cubero hasta descubrirle las orejas. Una
vez recortadas las barbas, procedía a rasurar con varias maquinillas que volvía
a guardar conforme se iban quedando definitivamente sin filo. El Bacán lloraba cuando sentía al ardor del
jabón en polvo en sus ojos, entonces comenzaba el eterno pleito:
-Deja de llorar, carajo, mira que te esta
viendo Momboñombo.-
Y Momboñombo se percato en ese momento de que
efectivamente estaba presenciando el ritual de acicalamiento de El Bacán; se
avergonzó y se disponía a marcharse, pero Unica le rogó que se quedara para que
el niño se portaba bien.
El agua jabonosa corría por el pecho velludo
del niño mientras la cara le iba quedando despeja. El Bacán jugaba de hundir el teléfono en el
cubo de agua y Unica batallaba por desennegrecer los brazos, el cuello, detrás
de las orejas, las nalgas, las piernas y cada milímetro del por donde ni la luz
podía.
-“...porque la limpieza, dice mi mama, es una
belleza y salud nos da...”, cantaba Unica a coro con su hijo cuando llegaban al
final de la jornada de la jornada y El Bacán quedaba como un recién nacido,
rozado por los raspones del paste. Un
par de horas mas tarde su piel volvería al color natural de los habitantes del
basurero y dos semanas mas tardarían sus barbas en sobrepoblar de nuevos sus
mejillas.
-“Cuuumpleaños feliz, te deseamos a ti,
cumpleaños Bacaaan, cumpleaños feliz...”- -Gracias a todos y a mamá Unica por
dejarme cumplir años, porque cuando uno cumpleaños se hace más grande y más
fuerte. Una vez a mí se me olvido
cumplir años y entonces tuvimos que hacer dos cumpleaños de un solo tiro, si
no, no me iba a hacer grande...-
Más de uno de los de abordo no se había
planteado nunca que pasaría si de pronto dejara de cumplir años, pero llegaron
rápidamente a la conclusión de que hasta los muertos cumplen años, como don
Conce, que ya tenia varios años de muerto y Unica siempre decía, ‘hoy cumple
don Conce’, y le pagaba al Oso Carmuco para que dijera una misma hacia la tarde
casi noche. Después, alguno propuso que
dejaran ya de hablar mierda y se echaran un trago y la moción fue ampliamente
respaldada. Por ahí, otro le dio a Unica
por donde más le dolía, “Unica, se te esta haciendo grande El Bacán, ahorita
vas a tener que regalarle una novia para el cumpleaños...”, y ella se enfurecía
y alegaba que el chuiquito no sabia nada de eso y que como oyera ella a alguien
hablándole de eso lo molía a palos... Y
el cumpleaños transcurría como siempre, sin contratiempos porque por un trago o
un confite, estaba más que justificada la pausa en la labor de escudriñar entre
lo que ya nadie había soportado más en sus casas o en sus conciencias.
En el basurero los amaneceres eran tardíos
pero la puertas de sol puntuales.
Diciembre se adentraba en las postrimerías del año y las señoras buzo
empezaban a recopilar materiales para la elaboración del portal del
precario. El Oso Carmuco les ayudaba
porque creía de su competencia cualquier labor relacionada con la fe y las
costumbres. Desde hacia al menos trece
años habían llegado al basurero dos maniquíes tamaño natural: un hombre y una mujer, y desde entonces eran
usados para la representación, pero el resto del año el Oso Carmuco los
guardaba en su casa. El hombre era
altísimo y negro silueta, la mujer rubia, alta también y con todos los
atributos femeninos que no gozan las imágenes de las iglesias, pero le faltaba
un ojo. A las señoras buzo no les hacia
ninguna gracia que el Oso Carmuco guardara a los ‘santos’ en su casa, porque siempre
llegaban desnudos a fin de año y había que volver a conseguirles, las túnicas y
los demás atuendos medievales para que parecían santos de verdad, -...y es que
una sabe como son los hombres, por más curas que sean, hombres son hombres, y a
una le da miedo que la virgencita pase todo el año en la casa de el, porque
nunca se sabe y eso es pecado...-, pero el Oso Carmuco era el cura y la
autoridad de su trapo púrpura era más o menos incuestionable.
Los maniquíes eran colocados en un ranchito
improvisado. Una cuna vacía se colocaba
en medio; a un lado de la cuna iba el buey, pero como no tenían buey, entonces
colocaban un tigre de plástico que era el emblema de una antigua gasolinera;
mula tampoco había, pero se las ingeniaban improvisarla con unos sacos de
gangoche y una cabeza de caballito de palo de El Bacán.
A Niño lo colocaban después del Veinticuatro;
ese si era un autentico niñodios que por ahí había aparecido alguna vez; era de
yeso y ya venia ataviado con túnica blanca del mismo material y rubor en las
mejillas.
Unos buzos llegaron ese año con un ciprés
bastante grande y apropiado para el árbol de navidad que diva ir plantado a la
derecha del portal, según el criterio del Oso Carmuco, y que el Bacán se
encargaría de ornamentar. El niño se
aboco al atarea inmediatamente; comenzó a recolectar cuanto adorno podía llevar
el árbol, latas de coctail de frutas que alegraban las ramas secas del ciprés
con sus etiquetas de colores, serpentinas de papel higiénico y tiras de tela,
nieve de esterofon del que viene en las cajas de los electrodomésticos,
muñequillos pequeños, soldaditos de plástico, naves espaciales y bombillos
quemados, y listo, la Navidad se dejaba botar al basurero.
La época era propicia para el Oso
Carmuco. El organizaba los rezos frente
al portal, cantaba con las señoras y aporreaban las panderetas que ellas habían
conseguido de los cultos de carpa de circo que se armaban a veces en las plazas
de los barrios de la GAM.
Unica no tocaba la pandereta ni estaba muy de
acuerdo con aquellas practicas...
-Porque a mí me inculcaron desde chiquita el
deber de asistir a misa y fui siempre que pude, pero esos aspavientos de cantar
con los brazos levantados y sonar panderetas, eso antes no lo veía uno, antes
era solo el cura que daba misa, carajo, y se respetaba. Ahora resulta que cualquiera va y separa
adelante y hace payasadas... !oh costumbres las de ahora!, de eso es que todo
esta tan mal... -.
-¡Ay, Unica Oconitrillo!, que voy yo a estar
yendo cuando hay cosas más serias en que pensar...
Mira, por ejemplo, los vecinos de Río Azul siguen
empeñados encerrar el basurero el treinta y uno de diciembre si no les arreglan
la situación de una vez por todas, y no están muy convencidos que digamos de lo
de la prorroga hasta el treinta de abril...-
Pero la Navidad se imponía y hasta se
lograron apaciguar los ánimos de la comunidad de Río Azul y las demás porque el
gobierno prometió que el quince de enero daría a conocer el sitio para el nuevo
relleno.
Días antes habían caído lluvias esporádicas
hasta el clima parecía estar harto también de tanta lluvia y hacia hasta lo
imposible por reivindicarse con atardeceres violeta y naranja y el verde
acentuado de después de tanta agua. Era
como imposible no dejarse arrastrar por una suerte de optimismo camuflado que
hacia parecer que todo tendría final feliz, aunque fuera por los efectos
embriagantes de un cielo sospechosamente azul y una brisa fresca que acallaba
la amenaza del gas metano acumulándose desde hacia veinte años en los arcanos
instentinos del basurero, que en la de menos reventaría en del pedo mas
aparatoso del que se tuviera memoria en la historia de la indigestiones.
Unica aprovechaba los viajes al centro de San
José para Llevar A El Bacán recorrer las
vitrinas ornamentadas luego de dejar las latas de aluminio en
recicladoras. Un peso por lata...
trecienos por semana, más o menos, le casaba cada buzo a la sede abrazadas de
los josefinos.
El Bacán se hipnotizaba viendo los trenes
eléctricos de los escaparates y los disparates de las muchachitas vestidas de
barbie para que las niñitas se retrataran con ella, y todo eso en una misma
ventana de las grande tiendas vendedoras de juguetes. El Bacán le pedía al; Niño varias pistas de
esa en donde los carritos se mueven solos y platillos voladores de esos que
solo le falta un marciano vivo adentro, y los cientos de armas letales en su
acepción infantil, de esas que familiarizan al dedo con gatillo. Unica lo tiraba. Del brazo para poder seguir adelante, y....
-¡Como se te ocurre pedirle eso al Niño...
chiquillo! ¿No ves que el es muy pobre?
Imagínate la congoja en la que lo vas a poner, porque de esos juguetes
hay muy poquitos y están ahí desde hace días que nosotros no venimos; a lo
mejor ya los pidieron... Además, el niño
se adelanto este año, ¡no ves que allá nos fue a dejar a Momboñombo para que
nos haga compañía!, y bien que te gusta hablar con el... verdad, y que te
cuente cuentos en la noche, y que te enseñe palabras nuevas, porque es muy
sabido el Momboñombo, ahí donde lo ves, el se sabe muchas cosas y a mí me gusta
que te las enseñe... total, ¿para que queres vos esos chunches raros?, allá
tenes tus libritos y tus revistas y el teléfono que el Niño seguro mando para
vos, y vos ni gracias le has dicho...-
El Bacán se iba no muy convencido de tanta
bondad, pero al menos lograba un abolsa de trocitos de amago con limón y sal de
los que vendían los vendedores ambulantes.
Al llegar a casa le contaba a Momboñombo lo que había visto y las
razones del Niñodios para no regalarle una calle de carritos de los que se
mueven solos.
-Un día de estos podes ir con nosotros a
verlos, ¿verdad?- Pero Momboñombo
Moñagallo estaba decidido a no salir nunca más del basurero. Le daba vértigo solo imaginarse caminando por las calles de
San José, máxime después de lo que le había pasado en Río Azul el día que se
desmayo. Estaba irreconocible con su
barba de casi tres meses, la mugre de su piel, el cabello encanecido y el
sombrero de lona que lo protegía del sol, pero aun así temía encontrarse cara
con algún antiguo conocido y verse en la embarazosa situación de
explicarse. Temía también pasar por los
lugares de toda una vida y hallarlos ajenos ya; sentir que entonces con nada se
identificaba, más aun con la rapidez con que cambia San José, derribando el
patrimonio histórico cada vez que hace falta un parqueo o una galería de
tiendas. Pensaba en lo absurdo de ir por
las calles tratando de reconocerse en los cines que solía visitar, o en los
supermercados donde compraba cigarros...
-¡Por cierto...! Cuanto tiempo tendré de no
fumarme un cigarro...pero ni una chinga.-
Aun no había aprendido a recibir los cigarros
que llegaban en cantidades industriales al basurero, como lo hacían sin ningún
reparo el Oso Carmuco y los demás muchachos de bordo. El Oso recogía las chingas de cigarros, las
estiraba lo más que asentarles el tabaco y finalmente, las ponía a secar al sol
sobre una lata de cinc del techo de su casa; después de un rato ya estaban
listos para fumarse, manchados hasta el amarillo y con un sabor agrio que se
sentía con solo oler el humo que expelían.
Momboñombo no fumaba mucho, pero le gustaba los cigarros enteros en
primer lugar, secos en segundo, nuevos de ser posible, y una serie de
calamidades que dieron al traste con la infinita paciencia del Oso Carmuco que
lo amando a fumarse a la chinga de tu mama, porque lo que soy no te vuelvo a
ofrecer.
-¡Hasta el vicio se le olvida a uno cuando se
le va entre la basura!
Y no fue San José por más que le rogó El
Bacán que los acompañara en los viajes que por la época se hacían más
necesarios debido a que la cantidad de basura de esas fechas era a veces el
triple de la de los días corrientes.
Llegaban cientos de botellas, miles de latas de cerveza y objetos
extraños que algo tenían de retribuciones inconscientes de algunas personas al
ciclo de las cosas... ¡un escuche de anteojos, bueno bueno!, ¡Una vasija llena
de ropa de hombre! ¡Un pasaporte!... cosas raras, cosas que no estaban
destinadas a la basura pero que habían resbalado en un descuido hasta el país
de los buzos, como decía Unica que se le había resbalado a Dios su angelito en
un descuido y por suerte había caído ahí.
Todo eso había que correr a venderlo a San
José antes de que se pusiera viejo o se lo comieran las cucarachas, y siempre
si iban en sacos pesados, que no por pesados hacían que Momboñombo se animara a
ayudar a llevarlos. Unica tampoco se lo
pedía; en parte pensaba que el hombre estaría más seguro en casa que expuesto a
la tentación de la urbanidad de la superficie a donde, de alguna manera, no
dejaba de pertenecer. Pero la naturaleza
doble del viejo se unificaba cada día más a fuerza de no ejercer su antigua
profesión de funámbulo sobre la cuerda
floja de la normalidad. Solo un golpe
muy fuerte lo haría salir de ahí, solo un revés más en su historia de arrevaso
lo pondría de nuevo en las calles de esa ciudad de donde había salido en la
pompa fúnebre de las cosas que se mandan a morir sin cortejo a las
profundidades viscerales del olvido.
La actividad era de hormiguero y los buzos
llevaban encima cargas sesenta veces superiores a su propio peso, en largas
hileras por la cuesta de la colina, todos segregando el almizcle que los guiaba
sin distracción en su trabajo sordomudo de desmoronar aquel gigantesco pastel
servido en el centro de la mesa... de la meseta central. Indistinguibles e inconfundibles,
ennegrecidos, con seis patas cuando entre tres bajan un estañon de basura de un
recolector, entrando y saliendo de los agujeros de sus tugurios, con antenas
cuando el viento les tira los cabellos alargados, revolcándolo todo porque
siempre puede haber algo utilizable, fieros con los extraños pero indiferentes
a la vez, inamovibles de sus tareas, hábiles para el asalto al lomo de los
recolectores que un no llegan a la cima y escudriñarles las cargas, con ventaja
sobre los que esperan arriba. Pero
pueriles a ratos, también en Navidad cuando el encanto de un juguete los
sustraía un instante de la cadena perpetua
dela miseria, cuando una gaseosa llegaba intacta a sus manos y se la
bebían de un sorbo orgulloso de su suerte.
El basurero se ponía peligroso por esos días
de transito desenfrando repartido entre los buzos en propiedad, los viejos en
el oficio, y los interinos, los que llegaban solo por un tiempo durante la temporada
alta y luego se perdían como por artificio.
No cabía ni un alma más porque hasta la metería volátil del alma tenia
que disputarse su espacio con los flatos del botadero.
Unica había desarrollado un método de
precaución desde la infancia del El Bacán:
se lo amarraba a la cintura con una cuerda de unos dos metros de largo
para poder distraerse ambos buceando sin el temor de perderse entre la
muchedumbre siempre atentos sin embargo, al más mínimo estimulo de su cordón
umbilical de nylon, un tirón, un enredo entre los pies, el frecuente desacierto
de avanzar en direcciones opuestas que siempre daba con Unica en el suelo
arrastrada un par de metros hasta que El Bacán se percataba de que traía a su
madre en tan lamentable posición y se revolcara de la risa de ver a la vieja
con los brazos cruzados arrastrando el culo por entre la bausa... era un juego
también.
Entre una caja de cartón llego a manos de
Momboñombo un queque de navidad de esos con frutas secas, semillas y un ligero
olor a licor; estaba casi intacto salvo por un mordisco que a juzgar por sus
dimensiones, debía ser de perro, “en alguna casa alguien habría dejado a un
inmenso pastor alemán adentro cuidando, sin tomar la precaución de guardar el
queque en el horno o en la despensa”, se imaginaba Momboñombo camino a casa a
guardar su delikatessen para después de la cena, para sorpresa de Unica y
desilusión del El Bacán, que creyó que se trataba de otro de sus
cumpleaños. La ocasión mereció que Unica
se tomara la molestia de bajar hasta la pulpería de Río Azul a rebuscarse un
litro de rompope para acompañar el queque, porque....
-Un lujillo de vez en cuando no se le niega a
nadie y por dicha este mes trabajo no ha faltado... mientras uno tenga fuerza
pa’l quehacer... Ah, a nadie le falta
Dios.-
Y hubo cena de navidad en la intimidad del
hogar. El Oso Carmuco dio misa como a
eso de las nueve de la noche frente al portal, que hubo de ser trasladado para
que no lo arroyaran los buzos en estampida que pasaban día y noche en llevando
y trayendo. El Oso venia repitiendo su
misa de veinticuatro en veinticuatro, hablando siempre del rey Herodes, de la
huida a Egipto, de Jesús en el templo con los sabios y Maria y José vueltos
locos buscándolo por toda parte...
-Porque así es como se pierden los chiquitos,
en un descuido y un sátiro se los lleva a un cafetal y después aparecen sin
riñones...- -¡Dios guarde, Oso Carmuco, ni diga eso!-, apunto Unica....
-Pero es que así pasa doña Unica, es que
usted no lee los periódicos porque le da miedo de solo imaginárselo, pero los
sátiros ahora hacen esas cosas... yo no se para que quieren los riñones de los
chiquitos, pero eso decía el periódico.-
Después, cada uno se fue por su lado porque
los de abordo no habrían podido cenar como de cuando en cuando con tantísima gente
rodando el lugar. El Oso Carmuco se fue
con sus amigos, quién sabe donde y bajo protesta de las señoras, porque...
-Esos le consiguen mujeres al padrecito y es
pecado eso y más en esta época...-
-Si, yo los he visto, se lo llevan con unas
sinvergüenzas de esas que andan todas peladas y para eso si se quita la sotana,
la deja bien guardada y se va en pantalones, como un hombre cualquiera. Y siempre lo emborrachan, porque donde lo ven
tan bueno se aprovechan, por eso a mí no
me gusta que el padrecito se vaya con esos, pero como el dice que no hay que
juzgar a la gente...-
-Y no sea que lo traen borracho, es que
después pasa hasta una semana y quince días que no se le baja la mica y hay que
ir a hacerle oración a la casa para espantarle a Satanás que donde lo ve tan
bueno lo quiere echar a perder...-
Unas pocas de las de abordo solían asistir a
una de esa tantas iglesias populares de garaje o de carpa de circo, donde no se
les daba acceso a la palabra pero las convencían de que lo tenían. Luego las enviaban a respectivas comunidades
a propagar la fe y a recoger limosnas para el ‘culto’, por eso pululaban las
sucursales de los aspirantes al lugar de la palabra... un día a la vez... cada
una hablaba un ratito y se iban pasando el churuco hasta que todos los
asistentes habían pasado al frente a dar testimonio de lo que fuera, pero con
toda seguridad, a ser escuchados así fuera tres minutos; tres minutos que
valían el esfuerzo de la cuota, la limosna, el donativo, el poquillo de plata
que de por si se gasta en cualquier cosa.
Y el pastor, cada día más prospero y más bueno, les encomendaba la
misión de ir en su nombre al basurero donde vivían a pregonar la obra del
Señor, claro, con centro de operaciones en la carpa de circo o en el garaje alquilado
por ahí.
Unica nunca se dejo convencer porque rara
ella “un padre era aquel que se vestía como padre y vivía como padre, no esos
que se confunden con cualquiera y lo único que quieren es palta...
Los tres se retiraron a su casa y solo se
llevaron a la Llorona con ellos porque la pobre ni sabia que era navidad y a
Unica le daba lastima que pasara nochebuena sola con su muñeco en su
ranchito. Hicieron cena, como cuando
Unica era joven y vivía con su madre, o
cuando Momboñombo era joven y vivía con su familia, bueno, casi como en aquel
entonces; pero para Momboñombo la cosa era más lejana aun que para Unica,
porque ella había seguido celebrando año a año, pero el había aprendido a
pasarla solo, vigilando en alguna construcción o en la biblioteca, o donde
fuera, pues en esas fechas siempre pagaban mejor los servicios de un
vigilante. Para el fue un poco extraño
eso de celebrar la navidad como en familia y ver a El Bacán desenvolver los
regalos reciclados y recibir el un regalo también “de parte de Unica
Oconitrillo para Momboñombo Moñagallo”, como se lo dijo ella a falta de
tarjeta, y caer en la cuenta de que el no le había buscado nada ella, solo le
había miserable sin sentimientos, y disculparse de lo imperdonable, porque pero
que el reclamo que no llego era que Unica auténticamente no esperaba nada a
cambio de su regalo... “El año próximo, el año próximo sin falta...” se juro
Momboñombo.
El treinta y uno, igual que la Navidad, fue a
dar con sus trecientos sesenta y cinco días encima a la basura.
Los años también se botan cuando se ponen
viejos, no hay de otra, o se botan o nos aplastan. Solo se deja uno unas cuantas cosas que lejos
de pesarle le aligeren la carga, por eso hay que ir botando el lastre para no
zozobrar al final, sino encallar suavemente en alguna playa serena de la
muerte.
El treinta y uno trajo la esperanza de que el
basurero se cerraría ese año del Señor de mil novecientos noventa y tres al
llegar al final de su vida útil, y como ya no era posible tirarlo a la basura
como habría sido lo más oportuno, se hablaba de su clausura como única
alternativa posible. Se hallara otro
sitio y ahí, poco a poco el botadero de Río Azul se iría desintoxicando con el
tiempo, aseguraban ello, se le daría tratamiento y se iría reforestando el
forúnculo rioazuleño aunque no se supiera aun que tipo de árbol estaría
dispuesto a crecer sobre aquel terreno movedizo y putrefacto.
-¡ Feliiiiiiiiz año nueeeeevooo!!!!-, se
dijeron los buzos sin haber estrenado jamás un año, sino haber vivido siempre
de los harapos del tiempo con los que cosían la camisa de fuerza de sus
cotidianidades.
Hasta el año nuevo llegaba viejo al basurero,
desposeído de cualquier connotación de novedad que pudiera encender en los
buzos siquiera un agónica perspectiva de cambio; nada se había modificado en
veinte años, ni el flujo de los camiones ni el reflujo de la gente. Buzos venían y buzos se iban, y unos cuantos,
movidos por quien sabe que necesidades extravagantes como eso de vivir en
familia, o tener algo a lo cual llamarle ‘mi casa’, y cosas así, se habían
establecido para simular un vecindario, para tener un punto referencial en la
vida e identificarse con los valores que nos vendieron viejos con precio nuevo.
La gente de Río Azul, San Antonio de
Desamparados y los alrededores del botadero, amaneció el primero de enero con
la firme convicción de que el basurero se iría por fin ese año... veinte años
de estar soportándolo, viéndolo crecer y viéndolo morir en una agonía infinita
de cadáver palpitante y enfiebrado que les llenaba las casas con sus estertores
nauseabundos obligándolos a vivir con la perenne contaminación de toda índole,
com las ventanas cerradas y su autoimagen venida a menos por la irremediable
asociación del nombre de su comunidad con el apellido del basurero planificado
para ese primero de enero hasta tanto no se diera con un lugar idóneo para el
nuevo relleno, se les hablo del amor al prójimo, del amor a la Patria... ‘no
pregunten ¿qué puede hacer la Patria por Río Azul?, sino Río Azul ¿qué puede
hacer por la Patria?’
Se ratifico el acuerdo hasta el treinta de
abril y el gobierno siguió adelante en busca de un hogar para el relleno, pese
a que cada nuevo objetivo pronunciaba un No categórico.
Cualquier cosa podía andar huérfana por ahí,
pero un relleno sanitario no. Era
impensable que siquiera una semana se pasan sin tener un olvidadero de lo
inservible, y menos aun cuando se trataba de los fantasmas putrescibles de las
cosas.
IV
S
Eria por la brisa fresca de esa noche,
aquella ventisca que le refresco al aliento de indigestión milenaria al
basurero, o tal vez por la lata de calamares probablemente encomendada al
descuido, que Unica encontró en una de las bolsas más cotizadas por los buzos,
lo que sobrecogió a la pareja casi anciana.
Momboñombo Moñagallo, que siempre le había andado al amor por los
ruedos, y Unica Oconitrillo, que lo había circunscrito a su manifestación
materna desde que se hallo con El Bacán, esa noche no perfumada sino menos
apestosa, se miraron a los ojos largo rato, callados, bajo la luz de la lámpara
de canfín, que cuando había canfín les alumbraba sus soledades
compartidas. Se miraron hasta que
Momboñombo le paso el brazo por los hombros y la arrimo a su pecho y ella se
quedo quietecita, como sintiendo un afecto que ya había descartado desde años
atrás, como para sentirlo solo unos segundos mientras se le terminaba. Momboñombo Moñagallo le dijo algo que ella le
pareció muy bonito:
-Unica, si yo hubiera sabido que habían
botado una familia tan linda al basurero para que yo me la encontrara, hace
tiempo me habría venido para acá, en vez de estar allá solo esperando morirme
de un patatús.-
Para ella fue la confirmación de una
esperanza que no había perdido del todo.
Si el basurero había sido prodigo con ella al darle un hijo, ¿por qué no
habría ahora de completarle familia?
Los casi ancianos se miraron otra vez, y se
les hizo el milagro del amor reciclado cuando encontraron en sus labios los
besos que en toda una vida nadie ni estreno nunca ni boto para ellos. El Bacán se aproximaba en esos momentos, pero
como aconsejado por su zopilote guardián, se alejo sin hacer ruido y se fue a
dormir a casa del Oso Carmuco.
-Oso, hoy duermo aquí. Yo creo que mama Unica y Momboñombo están
haciendo cosas de gente grande.-
El Oso Carmuco entendió. Le esponjó una buena caja de cartón y le
presto una cobija; lo dejo acostado, busco su Biblia y se fue a leer a la luz
de una candela.
Unica y Momboñombo entraron abrazados
directamente al catre donde azuzaron a sus cuerpos a embestir el amor o a morir
en el intento... y ambos salieron airosos del esfuerzo.
-¡Ay, Momboñombo!, yo nunca tuve a nadie
hasta que Dios me deparo a El Bacán, y estas alturas de mi vida le juro que ya
no esperaba esto.-
Unica había visto aproximarse a El Bacán y
vio también cuando se devolvió a casa del Oso Carmuco, solo por eso estuvo
tranquila en una pausa de madre que no se había dado desde el día que el
apareció: “Bacán, Bacán”.
Momboñombo reconoció que el tampoco le pedía
tanto a la vida y que seguro por eso se le había hecho. Pero como estar del todo al margen de las
morales heredadas es imposible, el viejo no tardo en proponerle a Unica
matrimonio... “pa’ que nadie tenga nada que decir...”
-A los viejos no nos luce perder el tiempo-,
dijo Unica, completamente decidida a llevar aquello hasta las ultimas
consecuencias, -yo le hablo mañana mismo al Oso Carmuco para que nos case aquí
en la vencidad.-
Momboñombo Moñagallo jamás pensó que un buzo
llegaría a unirlo en sagrado matrimonio, pero la sola idea se le hizo simpática
en el acto. Eso era lo mas consecuente
que podía hacer alguien que se había precipitado al basurero por su propia
voluntad. Nada debían ellos a nadie y si
a nadie le parecía indecente que tantas personas vivieran sus vidas entre los desperdicios
de los demás, menos debía importarle a ellos lo que los de la superficie
pudieran decir. En eso estaba cuando
también recordó que su remota consideración era absurda de cabo a rabo, ya que
aquello que le estaba dando nuevo sentido a su vida pasaría irremediablemente
desapercibió más allá de los lindes del mar de los olvidados.
Amaneció sin novedad, pero la pareja se quedo
un rato más de los acostumbrados en la cama; después de todo esa seria –con
mucho- toda la luna de miel a la que podía
aspirar el futuro matrimonio Moñagallo.
El Bacán llego a tiempo para el desayuno, entro en el Oso Carmuco y
ambos miraron con malicia a l apareja.
Unica Oconitrillo solo soltó una carcajada
que dejo ver en detalle el mecanismo alambrado de su dentadura postiza y le
dijo al Oso que llegaba como caído del cielo...
-Así es doña Unica, como ya no servia en el
cielo, me botaron aquí.-
El Oso Carmuco escucho atentamente la
solicitud de matrimonio de los ancianos un tanto rejuvenecido esa mañana.
Entre todos le explicaron a El Bacán lo que
aquello significaba y el se fue a sentar directamente a los regazos de
Momboñombo, lo abrazo y lo beso con todo y sus barbas mojadas en el café de
procedencias múltiples de Unica. Ella se
unió al abrazo.
El Oso Carmuco prometió un hermoso sermón sin
disimular la emoción que sentía por la primera boda que iba realizar en su
vida; apuro su café y salió a prepararse.
Hacia la tarde todo el basurero estaba
enterado de la boda, desde los buzos pioneros, hasta los más recientes, más
recientes algunos que el mismo Momboñombo Moñagallo, como los llamados “los
novios”, una parejita joven, muy joven que frecuentaba el basurero desde hacia
un par de semanas. Entre todos los
llamaron los novios porque eso parecían.
Se vestían ambos con unas camisetas rosadas sin mangas, que quien sabe
donde las habían sacado de puro idénticas que eran, con el mismo defecto de
fabrica sobre las costuras derechas y el mismo corazoncitos rojo del lado del
autentico corazón rojo; idéntico blue jeans desteñido y agujereado a la moda, e
idénticos zapatos blancos de goma.
También fueron invitados los conductores y los recolectores mismo, así
mismo, fueron invitados los vigilantes de la entrada del basurero y los
cobradores de las diferentes cuotas por pagar de acuerdo con la calidad y
cantidad de la basura.
La boda se fijo para el lunes de la semana
siguiente para tener tiempo de organizar la celebración, y el resto de los días
solo se hablo de eso en el botadero de Río Azul. Todos los vecinos del precario participaron
del evento Unica saco su único vestido más o menos entero. Momboñombo sintió de pronto el impulso de ir
a la superficie a recoger de lo que
había sido su casa su traje entero y sus zapatos negros de cuero, pero fue solo
un impulso...
-¡Volver!... ¿y para que diablos voy y yo a
volver?, como si necesitara algo de allá, como si no fuera suficiente con lo
que he encontrado aquí, mujer e hijo, techo, amigos y cariño de sobra. De todos modos, aunque volviera, ya nada allá
arriba tendría sentido, con toda seguridad ya mi casa fue abierta y mis cosas
tiradas a la basura; en la de menos hasta me vienen a buscar aquí mis cuatro
chunches, porque a don Álvaro como que le urgía que yo me largara de ahí, como
si el cerdo ese no tuviera suficiente plata como para no poder dar unos días
por el alquiler de una pocilga. Y aun si
todo estuviera allá tal y como yo lo deje ¿qué?, ¿cómo podría volver yo? De solo pensarlo me dan nauseas...
Volver, buscar con que abrir la puerta, mirar
todo lo que ya me extraño, revisar de nuevo todo para ver que nos sirve aquí, y
lo que no nos sirve tirarlo a la basura, es decir, traérmelo también... ¡que
absurdo!
¿Y si me diera nostalgia por todo
aquello? Pero eso es imposible, yo ya no
soy de allá. ¿Cómo podría yo reintegrarme a todo lo que deje, vivir tranquilo
ahora que he conocido a esta gente maravillosa? ¿Cómo podría yo volver a tirar
algo a la basura?, creo que trabajaría solo para mandarles cosas por el correo
de los camiones, esto para El Bacán:
todos mis libros, esto para Unica:
todos los perfumes y desodorantes que pudiera comprar con un mísero
sueldo, esto para el Oso Carmuco: todo
lo necesario para su ministerio, esto para la Llorona: un muñeco de eso nuevos que cualquiera
confundiría con un bebe de verdad, plata para los novios, para que ahorren y se
casen algún día... ¿Y como podría yo volver a tirar un desecho a la basura?,
tirar por ejemplo los papeles del excusado con su raya de mierda, si son de lo
que más apesta aquí en el basurero, porque nada es más hediondo que lo que el
mismo cuerpo bota porque ya ni el se lo aguanta. No puedo ni pensar tampoco en lo que haría
con los desperdicios de comida porque, como dice siempre Unica, lo que aquí
llega no es que no sirva, no, no es eso, es que la gente ya se ha acostumbrando
a tirarlo todo por la mitad y por eso es que ella siempre tiene desodorantes,
pasta, cepillos de dientes, perfumes, toallas femeninas, café, polvillo para
hacer fresco... y como ella todo lo recoge y lo guarda en un solo frasco, los
frescos son siempre de varios colores y sabores.
La gente, y yo lo se porque yo fui gente
alguna vez, no sabe lo que bota cuando bota algo; es como un acto mecánico,
nada más ve que algo ya esta por acabarse, lo agarra y lo tira al basurero,
todo revuelto, y tantas tantas veces se van cosas valiosas y se pierden, como
aquel reloj que se encontró don Serlindo la semana pasada y vendió en veinte
mil pesos. Y eso es por la costumbre esa
de tirarlo todo al basurero; es como digo yo, la frente tira algo a la basura y
en ese mismísimo instante lo olvida para siempre, por eso es que, a veces,
hasta es medicinal tirar algo a la basura, sobre todo si es algo que ha hecho
daño, pero igualmente, todo viene a dar aquí, todos los ríos dan al mar, y
tantas veces hasta las penas se reciclan solo para que la gente las vuelva
usar... Si yo volviera solo me traería
mis libros para regalárselos a El Bacán.-
Entre unos buzos y unos guardas socarrones
del lugar armaron a martillazos una suerte de altar desde don de el Oso Carmuco
diría su sermón. Las esposas de los
recolectores recolectaron cuotas para regalarle a la feliz pareja lo que más
necesitara que fue, por supuesto, un saco de arroz. Entre las mismas mujeres del basurero
convencieron a El Bacán de que se dejara rasurar sus barbas y bigotes y
cortarse el cabello, por lo que recobro como por magia el aspecto de niño de su
ultimo cumpleaños. Un vecino de Río Azul
que se entero de la cosa, le envió a Momboñombo un traje viejo con corbata y
todo; le quedaba un tanto estrecho, pero fue importante para darle ese toque de
solemnidad que la ocasión requería.
Todos aportaron comida y alistaron los restos de licor que venia en las
botellas condenadas.
-Guaro si que no va a faltar-, les dijo Unica
a los buzos, -porque si hay gente que traga guaro, esos son los ticos.-
A El Bacán le pusieron un traje entero que
lograron reunir entre varios, con zapatos blancos y pantalones cortos que
dejaban ver el peluzal de las piernas del niño.
La boda estaba listas para el lunes por la
mañanita, pero hubo que postergarla para el martes a la misma hora porque al
Oso Carmuco le vino una fiebre de la emoción, lo que lo tumbo contra su
voluntad todo el día en su cartón.
Pero el martes, aun contra la sentencia
popular de que ni te caes ni te embarques, ni de tu casa te apartes, en la
colina del botadero de basura de Río Azul, entre la comitiva de zopilotes y el
desfile de las moscas, la recolección de basura de la capital se vio
interrumpida por el cierre de los portones y el cese del vaivén de los
tractores. Como por artes de magia, la
boda coincidió con la gran huelga de los recolectores de basura que durante una
semana tendría a San José a punto de asfixiarse en su propia porquería.
Los trabajadores del servicio de recolección
de basura de la Municipalidad de San José suspendieron sus labores el cuatro de
enero y demandaron la compra inmediata de diez unidades recolectoras más que al
parecer, les habían ofrecido desde febrero del noventa y uno.
En el botadero, con vista hacia San José por
el noroeste, a Desamparados por el sur, hacia el verde sobreviviente de la
colina por el este, la congregación de buzos suspendió su trabajo para
presenciar el acto solemne de la unión en matrimonio de Unica Oconitrillo y
Momboñombo Moñagallo.
El Oso Carmuco estuvo en pie a eso de las
cuatro y media de la madrugada; temblaba de frío y de emoción Desde feliz día
en que había hallado aquel largo vestido púrpura, la Biblia, y había decidido
colgarse los hábitos encima, había esperado algo así ansiosamente. Había realizado confesiones y absoluciones
entre los mismos buzos y había oficiado la misa de gallo, pero nunca había
casado a nadie. Tampoco había asistido a
misa desde su lejana niñez, por lo que recordaba muy vagamente el ritual.
A Unica, la flamante novia, la entrego Don
Retana, un hombre muy muy anciano que vivía cerca del precario, a quien Unica
visitaba de vez en cuando porque vivía solo.
Momboñombo ya esperaba de pie en el altar.
Don Retana, pese a que había sido marinero y
lo había visto todo en este mundo, tuvo que disimular el asombro y una risilla
desdentada ver al Oso Carmuco tan caracterizado en su uniforme.
-Hermanos, estamos aquí reunidos para unir a
este hombre y a esta mujer en sagrado matrimonio. Ellos han decidido continuar sus vidas en
buceando a cuatro manos...-
-¿Qué es bucear a cuatro manos?-, interrumpió
El Bacán.
-Bucear a cuatro manos es remendar a dos
agujas.-
-¿Y remendar a dos agujas?-
-Pujar como uno solo.-
¡Ah...!
-Poneos de pie.-
El Bacán llevaba un platito con los anillos
que don Retana había donado a la causa; habían sido de su propia boda y los
guardaba entre sus cosas desde el día de su viudez.
Los buzos aplaudían y silbaban cada vez que
el Oso decía algo pero ello, lejos de molestar al cura, lo hacia sentirse
orgulloso.
-Hermanos, estamos aquí reunidos porque
vivimos aquí y somos vecinos de Unica y Momboñombo.-
El Oso Carmuco tenia un leve recuerdo de que
en las ceremonias se leían pasajes de la Biblia y luego se comentaban, por lo
que comenzó a leer el Antiguo Testamento.
Después de diez minutos de lectura no muy fluida, El Bacán interrumpió
para pedir permiso para sentarse.
-Podéis sentaros en paz...-
Cerro la Biblia y prosiguió: -Como habéis visto, hermanos, Dios echo a
Adán y a Eva del paraíso porque algo sucio habían tirado por ahí; se comieron
las manzanas prohibidas y dejaron el paraíso lleno de cáscaras y de semillas;
pero Dios envió a un ángel con una escoba y los obligo a limpiar todo y a
largarse, pero se tuvieron que llevar la basura con ellos. Después, Dios les dijo que se tenían que
ganar la comida con el sudor de la frente, por eso siempre buscando entre la
basura, por si les había quedado algo que comer. Así paso que cuando murieron dejaron la
basura a sus descendientes y la basura fue pasando de esa forma de mano en
mano, hasta que llego a este basurero y esa fue la primera basura que hubo
aquí, por eso es que nosotros buscamos la comida aquí.
Estaba en medio de su comentario, cuando un
par de buzos adolescentes se pasaron detrás de el y le levantaron la sotana
hasta la cintura dejando sus vergüenzas al viento, lo que provoco una carcajada
general. Todos estaban contentos, y
celebraron la broma gritándole al Oso “...mucha ropa, mucha ropa..” El continuo
su comentario, pero le volvieron a alzar la sotana, entonces aprovecho lo que
estaba aguantando desde hacia rato y les soltó un sonoro pedo en la cara a los
bromistas. La congregación se revolcó de
la risa un buen rato, a Unica hasta las lagrimas se le salieron de las
carcajadas pero luego ella misma apelo a la calma y ordeno a todos que se portaran bien,
“porque aquello ya parecía una fiesta de asnos”; lo decía sin poder dejar de
reír.
El Oso Carmuco deliro un buen rato más sin
que nadie se percatara excepto don Retana y Momboñombo que pasaron viéndose con
mirada cómplice toda la ceremonia.
Finalmente llego a lo que todo el mundo sabe, y dijo:
-Señor Momboñombo Moñagallo, ¿tomas a esta
mujer como tu esposa, para protegerla, honrarla y quererla para siempre hasta
que la muerte los recoja en su camión
recolector?...-
-Si-, -¿En serio te quieres casar con esa
vieja tan fea?...
-Si-, y Unica le arrebato la pandereta que el
había tenido en la mano toda ceremonia y le dio con ella en la cabeza.
Todos volvieron a reír y ella alzo los brazos
en señal de triunfo, a la manera de los boxeadores.
-Y tu, doña Unica Oconitrillo, ¿tomas a este hombre igual de feo para lo mismo?-
-Si.-
Momboñombo le dio otro golpe con la
pandereta.
-Bueeeeeno, tal parece que este par de viejos
se quieren casar... ¡ja, ja, ja, ahora es que no los caso, ahora es que no los
caso!-, se puso a cantar el Oso Carmuco, acompañándose con la pandereta y
brincando, pero todos empezaron a silbarle y tirarle cochinadas del suelo.
Por fin volvió a su lugar y dijo seriamente:
Si así lo hicieres, El os ayude, si no, El y
la Patria os lo demande..., ya podes coger a la novia.- Y todos aplaudieron, gritaron, tiraron
porquerías para arriba y corrieron a abrazar a los novios y a echarles basura
encima.
Una vez terminada la ceremonia, el Oso
Carmuco saco devencijada guitarra que guardaba desde antaño y se puso a cantar
una ranchera en honor de los novios:
-“Dos cooooorazooones se dierooooon, se dan,
se darán la manó...”-
Momboñombo estuvo a punto de dejar viuda a
Unica del ataque de risa que tuvo luego, en la embriaguez de la fiesta. Los buzos comieron y bebieron y cantaron y
folgaron, porque, porque mañana, de seguro ayunarían. El Oso canto todo el día entre el zumbido de
las moscas y el lindo sermón de la boda.
El Bacán jugo con otros niños, corrió entre
los invitados, espanto a los zopilotes a pedradas y lloro cuando fue reprendido
por su madre por maltratar a los animales.
Unica estuvo emocionada, igual que su esposo, durante la ceremonia; de
cuando en cuando le bajaba un par de lagrimas por entre los zurcos de la
edad. Entre suspiros y agarrada de la
mano de Momboñombo, repaso su vida en los intervalos de seriedad de la ceremonia
y pensó en su madre, Doña Tena, la del diente prominente que sobresalía por su
labio inferior, a la que cuido con su risible sueldo de maestra agregada todo
el tiempo que le duro. Trato de recordar
a su padre pero no pudo. Recordó sus
días de niña en zona rural y recordó cuando abandono el campo hacia más de
cruenta años, cuando la trasladaron a Desamparados a terminar ahí su servicio
docente. Su madre ya había muerto y no
volvió a ver a nadie de su familia nunca más.
Definitivamente ese fue el segundo día más
feliz de su vida porque a pesar de todo, nada se podría comparar al día en que
se hallo con El Bacán y empezó a ser madre...
Ahora tenia completa a la familia.
La ceremonia estuvo a punto de ser
interrumpida por un grupo de policías que llego a averiguar por que estaba
cerrado el botadero a esas horas de la mañana; creían los policías que se
trataba de un nuevo bloqueo por parte de los recolectores o los vecinos, por la
presencia ya insostenible del basurero en esa zona, o por el enredo de lo de la
compra de las diez unidades, pero, al menos esta vez no hubo necesidad de
romper barricadas ni de dispersar por la fuerza a los niños de la escuela del
barrio ni a las amas de casa que solían amenazar con agredirlos a
escobazos. Los portones se dejaron abrir
sin ninguna resistencia porque nada tenían que ver con la huelga de los
recolectores; si no llegaban los camiones atiborrados de basura, tan lo mismo
daba que hubiera o no acceso al botadero.
Durante la semana de la huelga, muchos buzos
decidieron lanzarse a las calles de la ciudad dado que los camiones y la
basura, como si de repente un mar abandonara sus playas, se habían ido, y el
sustento había que ir a buscarlo donde estuviera. Pero un buzo en las calles de San José es un
marinero en tierra: andaban todos
mareados.
Las lineales aceras y las calles
irremediablemente rectas les daban a los buzos una sensación de infinitud que
los descompensaba. Una acera o la del
frente no le decía lo mismo a los buzos que a los ciudadanos; para ellos la red
de calles no implicaba ningún principio de orden, a veces se pasaban hasta una
hora girando en torno a la misma cuadra sin percatarse, a pesar de que conocían
bien la ciudad, Cruzaban cientos de
veces la misma calle, de una acera a otra, de una acera a otra, sin mayor
preocupación por los vehículos que los lapidaban a bocinazos; se metían a los
establecimientos para nada, daban una vuelta dentro y, o salían por sus propios
pies, o los echaban a empujones, porque sus esquemas de circulación estaban
programados sin calles ni aceras, ni semáforos, ni gentes de la
superficie. Al caminar en un espacio
abierto, los buzos reproducían los limites del basurero y los pasos que allá
debían dar para revolcar varias veces en el mismo sitio. Cruzaban las calles, caminaban en círculos
con la manía como de gallina, de remover el suelo con los pies; varias veces
caminaban veinticinco metros y se devolvían, chocaban con la gente... Eran un desastre y ni siquiera se percataban
de que estaban borrachos o drogados, o
locos en el mejor de los casos; pero no había nada de otras coordenadas, su
vista estaba especializada y su oído atrofiado. Su mareo de tierra lo provoca el pavimento
inamovible, su mirada extraviada de animal salvaje puesto de pronto en la
ciudad la provoca la búsqueda de objetivos que, como pintados con los
transeúntes que se los brincan, los esquivan, los detestan... pero no los ven,
y los buzos llegan a formar una unidad indisoluble con el bote de basura para
el que los ve comiendo directamente de la boca de un estañón de basura; los buzos
son eso con lo que nadie desea tropezar.
Al cuarto día de la huelga de los
recolectores, la Municipalidad de San José inicio gestiones ante otros concejos
y el Ministerio de Obras Publicas y Transportes para echar a andar un plan de
emergencia para recoger la basura de las calles de la ciudad. Se calculaban en dos mil las toneladas
métricas de basura que ya estaban evocando al fantasma de la peste, y los
vecinos de la GAM seguían sacando la basura de sus casas a las aceras donde los
buzos, los perros y otras plagas la atacaban.
Muchos dueños de establecimientos comerciales optaron por alquilar
servicios privados de recolección para deshacerse de su basura. El operativo tuvo éxito... salvo el pequeño
detalle de que nunca se supo que hicieron con la basura recolectada. La municipalidad adquirió vehículos y
trabajadores prestados quienes, bajo la custodia de la Fuerza Publica,
recogieron esa noche unas cuantas toneladas y el viernes ocho de enero llego a
feliz termino la huelga de recolectores, cuyo pliego de peticiones fue
aprobado.
Un segundo después de recogido el ultimo
montículo d basura ya nadie recordaba ni la huelga ni las calles atiborradas ni
los humores de los desperdicios, todo eso había sido enviado a Río Azul, al
gran botadero, para el solaz y la salud de los ciudadanos.
El regreso de los camiones fue recibido con
alegría en el basurero. Todo había
vuelto a la normalidad justo cuando se comenzaban a agotar las reservas de los
de abordo.
En los periódicos atrasados llego también la
noticia de que el gobierno estaba estudiando catorce sitios “ofrecidos por
particulares y otras entidades” para la ubicación del nuevo relleno.
De las catorce finalistas, la comunidad de
Orotina fue la primera en ser llamada y desfilo en traje de gases lacrimógenos
cuando la policía antimotines enfrento a unos mil quinientos vecinos que
bloquearon, en señal de protesta, algunos puntos de la carretera costanera que
conduce a Quepos. Desde el sábado por la
madrugada, los vecinos colocaron camiones en Cuatro Esquinas y en Pozon de
Coyolar. Nadie se hacia a la idea de un
relleno a la vuelta de su casa, ni a eso de que la basura viajaría kilómetros
en tren hasta el nuevo lugar de su descanso eterno. Los gases lacrimógenos obligaron a los
vecinos a refugiarse en un salón a orillas de la carretera; luego se llego a un
acuerdo pacifico entre llorones y policías.
El sacerdote, presidente del comité cívico contra la instalación del
Relleno se quejo ante la prensa de haber recibido gases a cambio de los
refrescos que los vecinos le habían ofrecido a los policías y aseguro que se
estaban tomando medidas por si el gobierno insistía en colocar hay el
basurero. A pesar de las imágenes de
niños, mujeres y ancianos, además de los hombres, afectados todos por los gases
y alguno que otro empujón por parte de la fuerza antimotines,! Orotina estaba
en pie de guerra!
El gobierno dijo no entender la actitud de
los vecinos de Orotina, pues solo se había el nombre como posible ganador, nada
oficial aun... y suya en el misterio el
mutismo que tenia en vilo al país. Nada
se decía, nada de humo blanco... Des ves
en cuando alguna pronunciación a favor de transporta la basura por vía férrea. El ministro de salud aseguro que el basurero
seria instalado en una comunidad de la que nunca se había hablado, por eso
“nadie se podía quejar porque la propiedad no tenia caseríos cercanos, acepto
la casa de un peón”, (claro que quedo en
el misterio lo que habría dicho, si se hubiera tratado de la casa de un millonario).
Las finalistas pasaron una semana entera con
el alma en un hilo. La Uruca, Orotina,
la preferida del jurado Turrucares, Turrubares, Atenas, pero no fue sino hasta
el quince que Esparza fue la que quedo con la boca abierta cuando por decreto
fue electa Miss Nuevo Relleno Sanitario.
Los vecinos de Orotina gritaron y lloraron
–llanto natural, esta vez-, y se congregaron en el templo para presenciar por
televisión el discurso del ministro en el cual, se les confirmo la exoneración
de sus terrenos como depositarios de lo que nadie quiere en sus casas. El padre puso orden y dirigió un acto
religioso de acción de gracias por intervención divina en los asuntos del
gobierno.
A eso de la siete de la noche unos mil
quinientos vecinos de Esparza estaban en la carretera interamericana protagonizando
un bloqueo, pero la fuerza la publica ya estaba ochocientos policías
antimotines y esperaban igual numero de efectivos. El gobierno no estaba dispuesto a permitir la
interrupción del paso de esta carretera.
Por su parte, los noticiarios no dejaban instar a los pobladores de
Esparza a colaborar, a “se poner su actitud egoísta” pero el lugar había sido
elegido criterio más aya de lo lejano, un par de Kilómetros, de las oblaciones
cercanas. El estudio de impacto
ambiental no se había hecho. El presidente
dijo, como quien no quiere la cosa, el estudio un no se había realizado pero
que sus resultados serian positivos...
-¡Vez!-, le dijo Unica Oconitrillo a
Momboñombo Moñagallo cuando el leía las noticias, -...si hay estudio, pero esta
sin hacer....-
Los diarios del diecisiete de enero
amanecieron con grandes titulares, pues la violencia había estañado en
Esparza. La fuerza de seguridad lanzaron
contra los vecinos granadas de gas lacrimógeno, e hizo su aparición un tanque-bomba de agua, que seis meses atrás
aun dormía el seño de los justos en un rincón del aeropuerto
internacional. Veinticinco metros de
altura desde su punto más elevado llenaron de paniquico a los vecinos que
bloqueaban las calles. El tanque había
venido de Estados Unidos (¡quien lo diría!) hacia cosa de veinte años, presto
servicios de urgencia diez años en el departamento de bomberos del aeropuerto
Juan Santamaría y fue dado de baja. Pero
fue descubierto por oficiales de policía inspirados en los programas de
televisión, y el gobierno le dijo:
“!tanque, levántate y anda!”, además de una inversión de dieciséis
millones de pesos en su reparación, en la reconstrucción de su motor diesel de
ocho cilindros, la caja automática y reparaciones en la cabina para disparar
agua desde ahí, a través de una manguera muy gruesa, a cuatrocientas libras de
presión. Cuando el tanque entra en
acción lo acompaña un vehículo cisterna que lo abastece con dos mil litros de
agua. Los gases y el duodinamico de los
carros de agua despejaron el área en cuestión en ocho minutos los vecinos
huyeron heridos, mojados, humillados y ofendidos, e intoxicados por los gases
al punto que fueron necesarias cuatro unidades de las cruz roja para
atenderlos. Entre los perjudicados se
contaba tres recién nacidos aseguraron los diarios. Un reportero que había venido cubriendo los
acontecimientos desde días atrás, aderezando la sin informaciones con criterios
personales no muy autorizados, fue alcanzado durante el enfrentamiento por un
proyectil contra su cabeza, y le removieron la sangre junto con sus
apreciaciones personales.
Todo se lo leía en vos alta Momboñombo a
Unica y ella hacia un esfuerzo sobre humano sobre humano para compartir la
preocupación con su maridos sin lograrlo del todo, en parte porque ya se le
había pegado el ‘carpe diem’ buzos desde hacia muchos años...
-El señor preverá, Momboñombo, no te pongas
así. Vos sabes que así es todo en este
país, un pleito, un agarronazo y después todo sigue como si nada hubiera
pasado.-
-Deacuerdo.
Unica, pero la diferencia es que hasta ahora nunca habíamos visto que la
policía utilizara esos métodos para dispersar a la gente, ¿no oíste?, no eran
criminales los que estaban protestando, eran los propios vecinos del lugar y
habían mujeres, niños y ancianos como voz y como yo, y los fumigaron a todos
porque de un día para otro les avisan que el nuevo basurero lo van a tener en
su comunidad, en Cabezas de Esparza, como quien dice, Unica, en sus
cabezas. Yo te lo estado diciendo, nos
van a echar de aquí y no va ver para donde irse. Pero aquí nadie me hace caso, todo el mundo
esta ahí esperando que pase los nublados del día y nadie se preocupa...
-Eso de los nublados del día se debe al nuevo
frente frío que amenaza al país...-, apunto El Bacán quien leía sin entender
mayor cosa de un diario de esos días.
-Lo peor de todo es que en este enredo de lo
de la basura, todo el mundo tiene razón y todos están equivocados. Mira, Unica, los vecinos de por aquí de Río
Azul San Antonio, Tirases y todos esos, tienen razón llevan veinte años
soportando esta barbaridad si tregua...-
-¡Ay!, no sea ingrato Momboñombo no le digas
barbaridad ¿no vez que aquí vivimos? -,
protesto Unica.
-Tregua... tregua...tregua...-, se repetía
fascinado El Bacán.
-Si que lo digo barbaridad, porque si no,
decime ¿cómo se le puede llamar a eso de vivir entre la basura?, y no me digas
que es yo no soy un buzo profesional y que todo eso es porque todavía no me he
acostumbrado... Pero bueno... Después, por otro lado,, cada día hay más
basura y no hay donde botarla y la gente le exige al gobierno una solución
inmediata y el gobierno dice que no hay plata como reciclar la basura que seria
lo más lógico...-
-Lógico..lógico...lógico...-
-... Pero si hay plata para hacer un
tanque-bomba del tamaño de un dinosaurio...
Si si, Bacán, ya se, “Dinosaurio...Dinosaurio...Dinosaurio”.-
Y ahí siguió el viejo con su cháchara,
hablándole a El Bacán porque Unica ya se había hastiado de escucharlo y se
había ido a sus quehaceres. Tenían que
reorganizarse después de lo de la huelga de los recolectores, que además de
lograr su objetivo, había dejado que toda la basura de una semana se pudiera en
las calles de San José y, aunque parecía un chiste de mal gusto, su hedor era
desagradable aun en el basurero.
Momboñombo Moñagallo se estaba obsesionando
con el tema del basurero; andaba malhumor esos días y comía menos ante los ojos
preocupados de Unica, que opto por esconderle los diarios, pero llegaban tantos
ejemplares cada día, que era casi imposible
que no los leyera.
-¡Es que así son todos los hombres.. entre
más viejos más necios!...-
-¡Te oí, Unica, te estoy oyendo!, pero el día
que nos vengan a sacar de aquí y nos pongan en media calle sin techo y sin
sustento, vas a ver, y vas a tener que decir... ‘Momboñombo tenia razón’; pero
como uno aquí es como un muñeco pintado color de hormiga; por un lado, el
gobierno no da el brazo a torcer: que
reciclar costaría un ojo de la cara, por otro, el Ministro de Seguridad promete
mano firme, por otro, los vecinos de Esparza dicen que van a seguir metiendo
cabeza hasta lograr algo, por otro, el resto de los ticos se pasa el problema
por el culo, por otro, todos dicen que el Presidente metió la pata, por otro,
todos el mundo esta hasta el cuello con la basura, por otro, todas las
comunidades zafan el lomo cuando les hablan del relleno, finalmente, todos
dicen que tendrán que pasar sobre sus cadáveres para ponerles el basurero en su
vencidario, y nosotros estamos hasta la
nariz de porquería... Como ves, Unica,
no se ha quedado quien no tenga involucrada alguna parte del cuerpo en el
problema.-
-¡Momboñombooooo, callaaaaate, ya no te
agauntooooo!- Y el viejo se levanto y
salió del tugurio refunfuñando y pensando que tal vez era cierto que aun no se
había convertido en un buzo autentico, que todavía le quedaba un gramo de
conciencia para detenerse a pensar que lo del relleno en Esparza era una
locura, que le saldría carísimo al país, que aquello iba aparar en un montón de
pequeños rioazules por todo San José en los llamados ‘centros de transferencia’
como explica el periódico, es desde donde cada comunidad va a empaquetar la
basura para enviarla ala Estación del Pacifico donde nuestro desvencijado
ferrocarril la llevara a pasear por todo lado hasta llegar a Esparza, donde...
¡Como no se venga otro terremoto y reviente el relleno y quede todo el mar
lleno de porquería... ,o no se vuelque el tren...!, y...El viejo alzo la vista
en ese momento. Era ya tarde noche y había luna. Una luz pálida simulada las
fosforescencias de las olas del mar conforme la luna cruzaba el basurero en una
lenta consumida de brazadas impasibles, que clarifican la turbulencia y daba la impresión de que se le podía ver el
fondo al estanque de las ilusiones vanas, al paso de Selene desnuda. Momboñombo se quedo como hipnotizado viendo
el paisaje nocturno en la quietud de una de esas noches sin camiones
recolectores ni la ubiquidad de los buzos.
Silencioso y sin luz artificial, hasta el basurero adquiría cierto
encanto apocalíptico donde miles de luciérnagas sin intermitencia, igual una
lata de gaseosa o la envoltura de los cigarrillos, o una moneda, o el tesoro
sumergido de un galeón, recolector fantasma de las basuras de los tiempos,
navegando solo para que la historia tu tuviera donde botar lo que le estorbaba.
Todo brillaba diafanamente atravesando con su
luz el hedor, como con un filo sin daga.
El viejo contemplaba de cuclillas, luego
avanzo un poco hasta uno de esos troncos de playa desde donde se mira al mar,
un estañón hundido a lo largo a lo largo hasta la mitad. Se sentó y se le apaciguo el espíritu. En eso sintió el abrazo de Unica, que había
salido a buscarlo envuelta en su cobija.
Antes de abrazarlo lo había observado un
rato. Se envolvieron ambos en la cobija
y se quedaron mirando lo que parecía ser un pesquero en línea del
horizonte. Ella se agacho a alcanzar una
lata de coctail de frutas que flotaba por ahí y se llevo al oído, después se la
puso a Momboñombo en su oreja para que escuchara dentro el eco de las olas...
-Dicen...,- le dijo Unica, -que si uno se
pone un tarro en la oreja puede oír el ruido de los tractores.-
El tiro lejos el tarro y se besaron
salobremente, como saben las bocas de los que se besan en el mar.
Los Moñagallo regresaron reconciliados con el
mundo a su catre matrimonial a tratar de dormir el resto de la madrugada para
reponer fuerzas que serian necesarias en la india del día siguiente.
Los días se pasaban hasta de tres en tres sin
que hubiera forma alguna de enfilarlos en el mecanismo rígido de la semana,
sobre los rieles de los meses, en la ruta de los años. Momboñombo siguió leyendo los diarios, pero
trato de hablar menos de la cosa,, sobre todo con Unica porque no quería
hacerla sufrir, no con el problema, pues nadie sufre lo que no vive y, definitivamente,
Unica estaba tan al margen de la información que lo que el le leía le parecía
como si se tratara de otro basurero, en otro país y en otro planeta. Pero enero no se fue invicto... los vecinos
de Esparza anunciaron que el documento legal recurso de amparo en la Sala
IV; también amenazaron con tomar fuertes
medidas si el gobierno no deponía el decreto.
Por su parte, el gobierno había adjudicado la
construcción del relleno a una compañía extranjera, y a esas alturas ya se
estaban iniciando los tramites para empezar lo estudios de viabilidad del
proyecto, con una inversión inicial de entre cuatro y cinco millones de
dólares, para una virtual vida útil de treinta años del relleno, y para
beneficio de los trece cantones de San José y cuatro de Cartago; pero a costo
de la imagen y los problemas ambientales, por añadidura, de la comunidad de
Esparza.
Para un bando la cuestión se reducía a que
algo había que hacer con la basura; para el otro, que fuera lo que fuera no
podía ser en nuestra comunidad, porque además... ¿A cuenta de que tenemos los
esparzanos que tragarnos la basura de
San José y Cartago?, si ya tenemos suficiente con el mar, que lo tienen hecho
un basurero al pobre...”
V
L
E daba miedo... A veces le daba mucho miedo. Sobre todo cuando se le ocurrían esas cosas
mientras estaba buceando. También le
daba mucho miedo cuando se descubría a si mismo después de un par de horas de
buceo y se encontraba con un extraño que había buceado automáticamente,
mecánicamente, como se debe bucear, porque como buceaban todo ahí, o casi
todos, o algunos, porque como dicen que ‘cada cabeza es un mundo’ tampoco podía
el asegurar que nadie pensara en algo por simple que fuera mientras
buceaba. Pero el los veía a todos y en
todo veía esa misma expansión en la mirada, todos, todos, desde su Unica
Oconitrillo, hasta el buzo que le resultaba más desconocido.
Ahora podía distinguir entre un mendigo y un
buzo sentados uno al lado del otro en sus harapos: el mendigo alza automáticamente la mano con
la palma hacia arriba. El buzo la baja
con la palma hacia abajo y los dedos como independientes, listos para
agarrar. La mirada del buzo esta
conectada a su mano; la del mendigo esta dirigida hacia aquel a quien apunta su
suplica. Pero en apariencia, los dos son
idénticos, y como ambos son flora intestinal en el digestivo de la sociedad que
poco ha ido perfilado como su cometido el fagocitarlo todo para después hacerlo
mierda, el mendigo es una parásita que espera paciente la savia, mientras que
el buzo es una planta carnívora despidiendo el aroma que atrae a las moscas,
tomando sin pedir lo que la gente desecha...
Pero a Momboñombo Moñagallo le daba mucho
miedo porque lograba intuir que estaba elucubrando sus ultimas ocurrencias, que
poco a poco se le iría incorporando más y más comportamientos delos buzos, y el
más alarmante era ese... el de bucear horas de horas con la mente en blanco,
con los cinco sentidos, uno en cada dedo, aguzados pensar con la mano que
revolcaba entre la basura. La mano había
aprendido a ver con ojos de rata, a oler con percepción de zopilote, a degustar
con lengua de mosca, mientras allá arriba en su cabeza, el oído se cerraba con
la ignición del motor de los tractores, el olfato había muerto hacia varios
meses, los ojos dormían abiertos una suerte de vigilia de zombie de la que cada
vez resultaba más difícil salirse. Se
estaba volviendo cómodamente autista durante las jornadas laborales y solo de
tarde, casi noche, le empezaba a interactuar con su familia. Le llegaban destellos de conciencia y se
estremecía del mido de haber muerto ya hacia cinco meses y llevar ese tiempo de
huésped del infierno; pero algo lo hacia desechar su teoría: en el infierno no podía haber tanta ternura
hirsuta, ni cariño en bruto de parte de su esposa y su hijo ni la amistad que
le prodigan los pocos de abordo, ni la indiferencia de los muchos de los de
paso.
-Unica, me esta empezando a picar el
culo... Vamonos de aquí antes de que nos
echen, porque que nos echan nos echan.-
Pero ella siempre lo consolaba diciéndole que
no empezara otra vez con eso, que no los iban a echar, que ¿adonde irían?, que
eso era el único hogar que El Bacán había conocido en toda su vida, que ahí se
quedaría la Llorona y nadie la iba a cuidar...
-El Oso Carmuco la va a cuidar... ¿O no te
has dado cuenta como la cuida a veces en su casa...?
-¡Ay, que Momboñombo este más mal pensado!,
el lo que cuenta es que la confiesa y a ella le gusta...-
-¡Por favor, doña Unica Oconiitrillo!, no me
decepciones... ¿Acaso no te has dado
cuenta de que la confiesa do o tres veces por semana?-
-¿Y eso que tiene de malo?-
-De malo no tiene nada, lo que a ella le
gusta es la penitencia.-
-Cállese, Momboñombo, que lo va a castigar
Dios por hablar así.. Además, ella esta
loca y favor que le hace si hace eso que estas diciendo.-
Y Momboñombo se mordió la lengua.
La clausura del botadero estaba volviendo a
ser noticia pero esta vez para comenzar la marcha de su demora.
El Presidente se había comprometido a que el
nuevo relleno comenzaría a funcionar el primero de junio y los vecinos de Río
Azul a cerrar el viejo basurero el treinta de abril; pero las reparaciones en
la vía férrea, en el tren, en el terreno de la finca en Cabezas de Esparza, y
un sin numero de detalles y millones de pesos, hacían previsible la
imposibilidad de su cierre para esa fecha.
Por eso entonces de su segundo frente frío al
país a menos de quince días de concluido el anterior que registro temperaturas
de hasta trece grados centígrados en el Valle Central y, de nuevo, El Bacán se quería
volver al revés de los ataques de tos.
El frío le afectaba y le debilitaba sus ya de por si débiles
pulmones. Unica se pasaba la noche en
vigilia friccionándolo con los ungüentos rancios y los bálsamos añejos que
recogía, pero El Bacán solo lograba dormir si le calentaban el pecho con agua
casi hirviendo en una bolsa de hule para ese efecto, que llego sin su tapa al
basurero.
Unica se las ingeniaba para taparla con un
tapón de corcho envuelto en un pedazo de plástico asegurando con ligas, pero
una vez el tapón había cedido y a eso debía la cicatriz de quemada sobre el
hombro derecho del niño, desde entonces había que esperar a que estuviera muy
cansado ya para ponérsela sin que se negara.
A Unica también le afectaba el frío, pero en
sus piernas, y a veces hasta pasaba renca durante todo un frente frío sin dejar
por ello de bucear a diario.
-Hasta el frío nos jode en este
lugar...!Quien lo diría, que en el mero infierno íbamos a tener que calentar
agua para un resfrió...!
Pero la responsabilidad de cuidar a la
familia inyectaba nuevas fuerzas en el aprendiz de buzo. Era como si eso lo sacara del letargo en el
que caía los más de los días, idénticos a si mismos como latas comprimidas.
E año había empezado frío, como con ganas de
seguir en las mismas del anterior; pero durante febrero, el tema del basurero
iba dejando de ser febril. Se hablaba
más de las posibilidades de reciclaje, pero solo a un nivel meramente teórico,
con esas cifras que nadie puede entender, como eso de que en Costa Rica se
desperdicien tres millones de botellas plásticas por mes... ¡Treinta y seis
millones de botellas plásticas al año... coño! Eso quien lo entiende, porque
nadie las puede ver todas juntas.
También se hablaba de la cloaca a cielo abierto en lo que se habría
convertido las redes hidrográficas de la GAM, y de los ríos Maria Aguilar,
Virilla, Torres, Tiribi, Segundo, Grande, Ocloro y Tarcoles, así como las
quebradas Lantisco, Negritos, Bermúdez y Rivera, que cruzan Alajuela, Heredia y
San José, que sencillamente estaban agonizando.
Todo tipo de desechos iban a parar a ellos sin reparo alguno: llantas de autos, la mierda de todos, las
mieles del café de las industrias cafetaleras que significan el sesenta por
ciento de la contaminación fluvial, los desechos químicos, los casi mil galones
de bunker, que en un accidente fueron a parar a la quebrada Rivera y provocaron
un incendio.... ¡se nos quemo un río!...
Todo ello hacia pensar a Momboñombo que cualquier parte del país a donde
huyera con su familia seria igual que estar en casa, porque al fin y al cabo,
todo el país se estaba convirtiendo en un basurero y no había ya ni un solo
habitante que pudiera jactarse de no tener algo de buzo aun en lo más intimo de
su corazoncito, porque todos, absolutamente todos, nos vemos obligados a bucear
en las profundidades del humo de los escapes en busca de un poco de aire para
respirar; todos, absolutamente todos, nos vemos a bucear en las profundidades
de las aguas contaminadas en busca de algo beber; todos, absolutamente todos,
nos vemos obligados a bucear entre la basura que hablaban los políticos en
busca de una actitud sincera que reflexione auténticamente. Pero ya estaba llegando el momento en que
Momboñombo Moñagallo olvidaba casi
inmediatamente las ideas que le venían a la cabeza; a menudo le sucedía
que en instante mismo en que se le enmarañaba en la lengua y terminaba por no
decir nada más que un enredo de murmullos que se callaban cuando Unica se
desesperaba y le gruñían un “deja de hablar con el diablo, carajo.”, y surtía el
efecto de un exorcismo porque el viejo como que reaccionaba y se le ordenaban
un poco las ideas.
-¡Cada día me vuelvo más bruto...!-
-Mejor, así se sufre menos...-
Pero mal consuelo era atisbar que ya no
llegaría a encontrar entre el basurero de las palabras, la poesía reciclable de
decir simplemente que no estaba de acuerdo en reducir todo, naturaleza y todo,
a la mínima expresión del desecho irretornable.
Momboñombo Moñagallo se propuso hacer algo
antes de que el gran botadero se tragara también su conciencia; se propuso
salir de ahí, sacar a su familia, dar la lucha, erradicar el buceo... en fin,
se estaba poniendo senil.
No escatimo esfuerzos por explicar la
situación a los buzos de la manera más clara posible. Sin embargo, y por más que todos insistieran
en que si comprendían la cosa, algo en sus caras, o más bien en sus ojos no
dejaba de preocuparlo. Ellos no estaban
entendiendo lo grave de los acontecimientos; para ellos la cosa se limitaba a
una rabieta más de la comunidad de Río Azul y como siempre, la policía llegaría
a poner todo en orden y ya, todo en el basurero volvería a su inmundo cauce.
Momboñombo decidió dejar de hablar y comenzar
a escribir. El nunca le había escrito
una carta a nadie ni la había recibido de nadie. Había leído, eso si, la correspondencia
escogida de Hesse, alguna que otra carta que escribiera o recibiera Neruda y
una carta por ahí y otra por allá de las que circularon entre los literatos,
por lo que tenia en alta estima el arte de la correspondencia, pero el nunca
había escrito ni siquiera un telegrama, lo cual no fue óbice para que tomara
algo del dinero reunido en esos días y se dirigiera a la pulpería. Volvió con un cuadernillo escolar de veinte
hojas de caligrafía, porque no había otro, y un lapicero azul; se acomodo en
casa del Oso Carmuco porque ahí no llegaría El Bacán a interrumpir ni a
demandar atención y porque el Oso Carmuco había rescatado hacia tiempo un
escritorio de madera de esos que usaban antes en las escuelas y que ahora son
cotizadas o por los coleccionistas de antigüedades, o por los recolectores de
basura. Se sentó cómodamente en una
silla improvisada y escribió algo así después de la fecha:
“Estimado Señor Presidente de la
Republica: Muy respetuosamente le mando
esta carta para ponerlo al tanto de un gravísimo problema que usted ya conoce.
Mi nombre es Momboñombo Moñagallo, o
mejor dicho, mi nuevo nombre, pues lo uso desde el día en que me vine a vivir
aquí al precario de Río Azul entre la
comunidad de los buzos.
Nunca antes había escrito una carta, ni
una carta ni gran cosa. La ortografía va
de memoria, eso si todavía no me falla, y las oraciones ahí van, como Dios
quiera.
Por lo que he estado leyendo los
últimos meses de la clausura del
basurero, me veo en la necesidad de hablar en nombre de los que conformamos la
comunidad de los buzos. Como usted ya
sabe, habemos cientos de personas que vivimos de lo que la gente bota a la
basura y aunque como dice doña Unica, mi mujer, que más de la mitad de lo que l
agente bota no es basura, sea como sea, la verdad es que nosotros vivimos de
eso.
No es que nos opongamos al cierre del
basurero, no estamos ni a favor ni en contra, sino todo lo contrario.
Nosotros estamos de acuerdo con los
vecinos de Río Azul y San Antonio de Desamparados, ya aquí no se puede vivir de
la hediondez y el mosquero. Pasamos
enfermos todo el tiempo, El Bacán, mi hijo adoptivo, padece de un asma que ni
para que le cuento, a veces no nos deja dormir de los ataques que le dan, y eso
es por vivir aquí en el precario porque nunca hay aire puro para que corra y
juegue. Mire, Señor Presidente, yo nunca
había padecido de nada, solo una vez tuve una gravedad pero eso fue hace muchos
años y ya ni me acuerdo de que fue, pero apenas me vine a vivir aquí padezco de
los bronquios que es un gusto y me salen salpullidos por todas partes y eso es
porque aquí el aire es malsano.
Entonces, para que usted vea, soy de la
opinión de que el basurero hay que cerrarlo, pero es que no es ese el problema,
el problema es que, y no se si usted ya se ha puesto a pensar en eso, el
problema es que ¿qué vamos a hacer nosotros? ¿de que vamos a vivir cundo el
basurero la cierren?, porque seria muy fácil decir que es que nos vamos a
cambiar de casa, que ahora vamos a vivir en Esparza o en Puntarenas, o donde pongan
el basurero, pero como usted sabe, porque lo dicen los periódicos todos los días, el basurero va a ser privado, o sea
que lo más publico del mundo que es la basura, ahora resulta que va a ser
privada y dicen que no nos van a dejar ni vivir ahí, que seria mucho mejor que
aquí porque el mar esta cerca y el aire del mar es bueno para los bronquios, ni
nos van a dejar ir a bucear allá, y es que no es ese el problema, el problema
es que si existiera otra cosa que nosotros pudiéramos hacer para ganarnos el
pan, pero mucha gente aquí no sabe ni leer ni escribir ni hacer otra cosa que
rebuscarse una platilla con lo que se encuentran en el basurero. Yo le escribió esta cartas porque aunque
usted dice que el basurero de Río Azul esta tan solo a cinco Kilómetros de Casa
Presidencial y que ahí no ha pasado nada, tal vez usted no sepa lo difícil que
es para nosotros ganarnos el pan. Los
que vivimos aquí tenemos que aguantarnos el mal olor y las cochinadas de los
zopilotes, las moscas y las cucarachas que son peores, porque por lo menos las
moscas duermen, pero las cucarachas trabajan jornada continua y hay de noche y
de día. Y los que bucean por las calles de San José, no
solo se tienen que aguantar que de todo
lado los corran porque riegan la basura, sino que también viven respirando el
humo de los carros y esa es otra porquería que enferma al agente.
Mire, Señor Presidente de la Republica,
el caso es que no esta bien que hayamos personas que tengamos que vivir entre
la basura, pero tampoco es el caso de que a todos va a estar en manos de la
empresa privada. Yo he oído eso de que
la empresa privada produce libertad y no estaría nada mal que nos liberaran de
vivir aquí como presos, porque nuestra única falta es hacer nacido pobres, pero
tampoco se puede decir que uno es libre si se esta muriendo de hambre. Yo he leído muchas veces eso que dijo San
Guineti de que donde hay un costarricense, este donde este, hay libertad, y
será que yo no soy muy religioso que digamos pero yo a ese santo no lo conozco
y por eso me atrevo a contradecirlo, porque aquí habemos muchos costarricenses
y ninguno es libre, todos pasamos más penurias que los que están en la peni y
todos somos más esclavos de lo que usted se imagina, es como si estuviéramos
amarrados de pies y manos a este basurero y ahora que los periódicos dicen que
lo van a cerrar, imagínese usted, es como si de pronto Dios mandara a decir que
va a cerrar el mundo y que lo va a pasar para Marte, imagínese usted, que
haríamos nosotros. Usted me podría decir
que ya hay cohetes para ir a Marte, pero y si el mundo que va a abrir allá
fuera privado, ¿qué? Porque nosotros también tenemos pies como para ir caminando hasta el nuevo basurero, la cosa
es que si no n os van a dejar entrar ¿para que nos sirven?
Yo soy un caso aparte, yo me vine a vivir
aquí en parte porque me dio la gana, yo me bote a la basura, pero aquí hay
tanta gente, como El Bacán, por ejemplo, que nació aquí y este es el único
mundo que conoce. ¿Qué va hacer El
Bacán?, lo único que el sabe hacer es leer, ¿de que va a vivir cuando le
faltemos Unica y yo? Y así hay tanta
gente que sólo vive de los que los demás botan no se si me entienden, yo les
digo que tal vez hablando con usted algo se pueda hacer, yo les digo que yo hasta
conocí a su papa, que tal vez usted me quiera escuchar porque aunque estemos
tan cerca de la casa presidencial yo se que hay cosas que no ven si uno no
afina el ojo y cosas que no se huelen si uno no afina la nariz.
Tal vez lo que nosotros necesitamos
también sea una de esas famosas movilidades laborales de las que tanto hablan
los diarios, para que nos pongan a trabajar en otra cosa y nos den garantías
sociales, porque por aquí no se arrima nunca un medico ni un trabajador social,
aquí no se arriman ni siquiera esos panderetas que andan en los buses
hablándole ala gente de la perdición de sus almas, mientras hay aquí cientos de
almas que se están muriendo pero de hambre y de asma. Tal vez si usted nos consiguiera trabajo en
otra parte donde nos enseñen a hacer algo útil, claro, y mientras nuestros
niños pueden ir a la escuela, y que nos den una casita humilde pero por lo
menos mejor que los cartones y las latas de cinc en las que vivimos, y entonces
si quieren privatizar la porquería que la privaticen, pero sin dejarnos sin
sustento a todas las personas que vivimos aquí.
Usted podría pensar que qué nos va a
poner a hacer, si no sabemos hacer nada y que como nos van a dar casitas a
nosotros que todo lo destrozamos para venderlo; pero piense primero que nada de
eso lo hemos hecho los pobres por malos que somos o por mal agradecidos, no
cuando un pobre hace eso con la casa que le regalaron, es sencillamente porque
no sabe hacer otra cosa, eso lo hace como por un instinto pero no natural sino
aprendió, yo se que no hay instintos aprendidos, pero le pongo el ejemplo
porque yo creo que así es como funciona la cosa, como un instinto
aprendido. Pero si usted nos consiguiera
buenas condiciones para que no tuviéramos que hacer esas cosas, yo le garantizó
que algo bueno podría salir de todo esto, sobre todo porque esta gente de aquí
es gente que si se adaptaron a vivir entre la basura, ya no hay a que no se
puedan adaptar y es solo un poquito de educación lo que necesitan. Yo que ya llevo varios meses viviendo entre
ellos le podría ayudar, con mucho gusto, a ver por donde comenzamos a educar a
esta gente, porque son buenas persona, lo malo es que se visten muy feo y no se
bañan y huelen muy mal, aunque ya a mi no me huelen a nada, pero eso no es
culpa de nosotros porque aquí ni agua hay, pero si usted los conociera vería
que yo tengo razón y que no es justo que hayan gentes que tengan que vivir
así. Lo demás me gustaría decírselo
personalmente, por lo que espero que uste nos conteste pronto esta carta y nos
escuche.
En espera de su amable atención se
despide.
Momboñombo Moñagallo.”
El viejo salió tan contento de lo
del Oso Carmuco que apenas se aguantaba las ganas de decirle a toda la
comunidad que ya estaba resuelto el problema.
Se envalento, tomo un poco más de menudo y salió sin decir nada a
nadie,; eso si, se lavo los dientes antes de partir.
Bajo la cuesta, paso el puesto de vigilancia de la entrada, saludo a
los guardias, camino pasando la mano por la malla del patio de la escuela y
llego por fin a la parada del bus de San Francisco-Río Azul; espero cuarenta y
cinco minutos y lleno de emoción tomo el autobús sin percatarse de las miradas
de repudio de la gente.
El viejo iba sentado en el primer asiento y sentía de pronto como
pequeños mareos de puro desacostumbrado que estaba a eso de andar en bus. Escucho atentamente un barullo que se le coló
por el embudo de los oídos... ¡era música!
No escuchaba música desde el día de su llegada al precario; se emociono
más aun: -¡Un bolerazo de mis
tiempos!...-
El viejo hasta el centro de San Francisco de Dos Ríos se le hizo eterno
de la premura. Se bajo, cruzo la calle y
espero otra media hora el autobús de la periférica que lo llevo a trompada de
loco hasta Zapote, donde se bajo y comenzó a caminar hacia Casa Presidencial.
Una vez enfrente de los grandes portones negros, Momboñombo pidió a los
guardias que lo dejaran entrar porque tenia una carta muy importante para el
Presidente. Pero los guardias solo
vieron a un viejo en harapos, maloliente y desaliñado, con un mugriento
cuadernillo en la mano. Les hizo gracia,
pero solo le dijeron que no era posible porque el Señor Presidente estaba muy
ocupado, que volviera otro día. Sin
embargo, ante la insistencia de Momboñombo, los guardias aceptaron entregarle
personalmente la carta al Presidente y el viejo lo agradeció en el alma.
Regreso a pie; el precio de los pasajes era exorbitante para un
buzo. A la vuelta encontró a Unica
desconsolada llorando porque Momboñombo se había ido para siempre, pero apenas
lo vio comenzó...
-¡Vos lo que queres es volverme loca!, a ver, ¿adonde diablos andabas?,
todo el día quien sabe donde y uno aquí preocupada pensando lo peor....-
Pero el viejo venia de tan increíble buen humor que ni se impaciento
con la regañada de que estaba siendo objeto; se sentó y comenzó a contarle a la
concurrencia su ocurrencia, y como esperaba respuesta a su carta muy pronto,
apenas la leyera el Señor Presidente.
Para todos, aquello sonaba poco menos que estrambótico, más aun, sin
pies ni cabeza; hasta ellos que se mantenían a una distancia prudente de lo
socialmente aceptable, consideraron una demasía del viejo lo de la carta, pero
no dejaban de sentir orgullosos de que Momboñombo quisiera defenderlos en caso
de un eventual ataque contra el basurero, como lo entendieron ellos, sin llegar
a percatarse siquiera de que Momboñombo estaba totalmente de acuerdo con el
cierre y la desaparición de este. Eso no
había quedado claro. La parte de la
propuesta de un cambio de vida para los buzos ni siquiera la escucharon; pero
las actitudes de apoyo le levantaron el animo al viejo hasta el punto de
sentirse redentor de aquella estirpe paralela a la humana.
Unica le propuso un trato, o una prueba de fuego más bien...
-Ahora que mandaste la carta, Momboñombo, prométeme que te vas a
sosegar, que vas a dejar de andar por ahí con cara de bobo pensando solo en desgracias
y que vas a trabajar con gusto porque el trabajo es sagrado...-
Y el acepto: se aguanto los
colores de marzo sin decir nada y extraño las lluvias de octubre y noviembre,
mientras veía con nueva preocupación que no habría de ser necesaria la clausura
del basurero de contaminar el clima así, simplemente este se evaporaría un
mediodía cualquiera en un flato amarillento que oscurecía la luz del sol un
instante mientras terminara de atomizarse.
Extraño las olas frías de enero y febrero mientras buceaba a pleno sol
de la mañana porque de no ser por su sombrero de lona, ya se le habría
derretido el seso, le decía a Unica, recordando a alguien que fingió haber
creído lo mismo un día que se le derritieron unos requesones que en broma
habían puesto en su yelmo.
El calor secaba y reventaba la tierra del basurero dejándola hecha una
red de grietas por donde se escapaban a veces pocos de gas atrapado en el
subsuelo. Lo derretían todo, alborotaba
los humores fétidos de las cosas en proceso de descomposición, multiplicaba al
infinito el numero de moscas que revoloteaban desde siempre por ahí, rechinaba
la piel de los buzos y secaba la argamasa de polvo, sudor y mugre que los
curtía; alborotaba la sed también y hacia tan evidente la ausencia de sombras
en el basurero, que los buzos habían llegado a elaborar una suerte de tiendas
de campaña con sus sabanas y los trapos que hallaban, de modo que cada cierto
tiempo se iban a meter ahí para evitar la insolación. Hasta el Oso Carmuco se desembarazada de su
trapo púrpura por esos días para sobrevivir al calor y volvía a sus harapos de
civil, con la certeza de que todo el mundo comprendería.
Para su tranquilidad, Momboñombo, durante el mes de marzo no encontraba
mayor información en los diarios; el tema del basurero se había calmado bajo el
entendido de que el treinta de abril estaría cerrado para siempre, por lo que
las esperanzas del viejo lo llevaban a ocupar su mente volátil en las
ocupaciones futuras de los buzos una vez que se hubiera operado el milagro de
la multiplicación de la justicia y su reisercion social.
El pensaba que El Bacán aprendería rápidamente en la escuela... bueno,
ya estaba un poquito crecido para la escuela, pero en una de esas que funcionan
de noche... eso, claro, si Unica lo permitía, que era lo que estaba
difícil. También se llegó a imaginar que
el Seminario haría maravillas en la formación del Oso Carmuco.
-¡Te imaginas, Unica!, vos y yo en una casita propia, con jardín y de
todo... porque todavía podemos trabajar mucho tiempo. Todo es cuestión de que el gobierno nos de un
empujón y...
-¿De que estas hablando, Momboñombo?-
-¡Pues de la carta!, ¿de que otra cosa iba a ser...?-
Pero marzo, perecedero y biodegradable, cumplió el promedio de vida
normal de un mes cualquiera y murió heredándolo a abril sus tareas
inconclusas...
La respuesta no llego, como era absolutamente previsible, y Momboñombo
no dejaba de atribuírselo a la negligencia de los guardas.
-Tuvieron que ser ellos, porque si el Presidente la hubiera leído, nos
habría contestado hace tiempo. Pero
ellos no se la dieron, Unica, fue culpa de ellos...-
-¿Y no seria que no te lavaste los dientes ese día, antes de ir a
hablar con ellos?
-¡Pero claro que me los lave, y dos veces!, Lo que pasa es que me lo
ven a uno pobre, entonces no le dan importancia...-
-¿Y no seria que pusiste alguna grosería en la carta y el Presidente se
resintió con vos?-
-No, no nada de eso. Si vieras
lo que me costo acordarme de las palabras de domingo para que me quedara bien
bonita. Lo que pasa es eso, que antes uno
podía ir a buscar al Presidente y hablar con el porque te lo encontrabas en
pleno San José discutiendo con los ciudadanos las cosas del país...-
-¡Ay, Momboñombo!, pero vos estas hablando del año del pedo, ¿Cuánto
hace de eso?, ¿de cual presidente estas hablando?-
-De cualquiera, Unica, la cosa es que antes si se podía pero ahora, si
uno no tiene plata no es nada...-
-Eso si que no, no es hora, eso ha sido así siempre desde que el mundo
es mundo y lasa cosas no van a cambiar solo porque a vos se te ocurre.-
-¿Pero, que le cuesta?, Unica, ¿qué le cuesta venir un día a hablar con
los pobres, no con los vecinos de Río Azul nada más, sino también con
nosotros? Tal vez si viniera se daría
cuenta no solo del problema de que nosotros tengamos que vivir aquí, sino
también de que son cientos de familias las que viven mal. Debe ser que el nunca las ha visto, porque yo
estoy seguro de que si las viera se le oprimiría el corazón y algo trataría de
hacer...-
-Bueno, pero, y ¿si si leyó tu carta y sencillamente no te quiso
contestar?, porque vos no te has puesto a pensar en eso, solo le echas la culpa
a los guardias y tal vez los pobres hasta se la fueron a dejar
inmediatamente. O tal vez que no ha
tenido tiempo de leerla, pero ya la tiene entre las cosas que va a leer... ¿Por
qué no le das más tiempo, otro mes?-
-Ya se acabo el tiempo, Unica, y no para el tiene todo el tiempo del
mundo. El tiempo se acabo para
nosotros... Todo esta consumado, el relleno se cerrara el treinta de abril así
vos lo creas o no, porque ya no se trata de un acto de fe. Los vecinos ya no pueden aguantar más, se les
enferman los chiquillos, todo se les ensucia y se les contamina, y eso que
ellos no viven aquí directamente, ahora imagínate como debemos andar nosotros
por dentro... ¡te imaginas si nos sacaran una radiografía...!, seguro saldrían
puros zopilotes todo encandilados con los rayos x.
E tiempo se nos acabo, la mierda ya le llego a la nariz a todo el
mundo. Los vecinos de Río Azul tienen
razón, los de San Antonio de Desamparados también y los de Esparza ni se diga,
porque allá la cosa apenas va a comenzar y nadie sabe como va a ser. Ahora lo que sigue es el ‘dime que te diré’
entre el gobierno y los vecinos de Esparza, porque, como ellos dicen, “si el
relleno sanitario va a ser tan moderno y no le va a causar molestias a nadie,
entonces ¿por qué no lo ponen en San José y con eso no tienen ni que gastar en
transporte?”, ah, pero no, ahí hay gato encerrado, Unica, por Dios, por algo no
lo ponen aquí en ‘Chepe’, porque si no, cual seria el inconveniente, si da lo
mismo que este en Esparza que en la sabana, si total, no va a molestar a
nadie... Eso es lo que la gente no
termina de entender. Además de eso,
claro, esta la cosa de que ¿a cuenta de que tienen ellos que aguantarse la
basura ajena?, porque es como cuando, no se si vos te acordas, los gringos
querían venir a botar su basura aquí a Costa Rica, y eso si era cosa seria,
Unica, era un barco del tamaño de San José que iba a venir hasta la mierda de
basura... y ¿qué?, que la gente se paro de pestañas y nadie acepto... bueno,
hasta donde se sabe, porque aquí llega tantísima basura en ingles que a lo
mejor si aceptamos sin darnos cuenta.-
-Ah, Momboñombo, a veces te oigo hablar y me parece que estoy oyendo
aun comunista...-
-¡Que comunista ni que mi agüela!, no sabes vos que hasta los rusos se
tiraron a la basura y ahora lo que tienen es un viejo gordo que lo único rojo
que tiene son los cachetes, que cambiaron a la mama por un burro... pero ¿qué
vas a saber de esas cosas....?
Yo lo único que vengo diciendo desde hace tiempos es que en este
problema no hay quien no tenga algo de razón, ni quien no este equivocado, y si
me volves a decir que lo que pasa es que yo todavía no soy un aunque ya parezco
el papa de todos los buzos. Lo que pasa
es que ahora que asumí la responsabilidad de una familia, no la quiero criar
aquí entre la basura.-
-Lo que más me gusta de vos es que hablas como si tuviéramos veinte
años y estuviéramos empezando... cuando decís esas cosas ¡te quiero tanto...!
-Bueno, de alguna manera estamos empezando... si nos vamos de aquí a
vivir una vida más decente seria como si estuviéramos empezando y seria muy
bonito. Yo no se como has hecho vos para
quedarte veinte años aquí, si, si, yo se que la necesidad tiene cara de cabello,
pero ya no es justo y no se trata de que uno sea un malagradecido con la vida,
lo que pasa es que hay que preocuparse una vida mejor.-
-Eso esta muy bien, lo que yo no se es como lo vamos a hacer si de
veras nos cierran el chinamo, como vos decís.
-Lo van a cerrar, tarde o temprano lo van a cerrar y algún día se van a
dar cuenta de que lo único que se puede hacer con la basura es reciclarla, como
dice la gente que escribe en lo periódicos.
Yo sinceramente, no se muy bien que es eso del reciclaje, pero parece
que se trata de volver a hacer que la basura sirva para algo, no solo para
alimentar buzos, ratas y zopilotes, ni para que gente como notros viva igual
que esos bichos indeseables...
VI
M
arzo fue tirado a la basura con todos los honores;
a su sepelio acudió la multitud de buzos de siempre y un cortejo de más de cien
carrozas recolectoras, y su heredero hizo una entrada triunfal con un titular
de espanto: “RIO AZUL CERRARA EL RELLENO
EL TREINTA DE ABRIL.”
-¿Te lo dije, Unica, o no te lo dije?-
Los vecinos de Río Azul y San Antonio
aseguraron que cerrarían el acceso a los camiones recolectores ese día para
siempre y que no era de su responsabilidad lo que sucediera, aunque aun no
hubiera donde ir a deponer las ochocientas toneladas diarias que regurgita la
GAM.
Los dirigentes comunales dijeron que el
cierre se daría conforme a lo acordado con el gobierno, en el convenio firmado
el veintidós de diciembre del año pasado.
El documento había sido firmado por el
Presidente, los Ministros de la Presidencia, de Recursos Naturales, Energía y
Minas, y Seguridad, y establecía que “el incumplimiento de cualquiera de los
puntos aquí estipulados será motivo para la anulación de este convenio,
quedando la parte afectada exonerada de responsabilidad”... Pero, como decía Merulo, no todo lo que peda
es culo: un Ministro de la Presidencia
salió diciendo por el periódico que las autoridades del gobierno estudiarían el
convenio que el y tres ministros más habían firmado el veintidós de diciembre
junto al Presidente, tres meses atrás.
Conforme se acercaban la fecha del
vencimiento del plazo comprometido por el gobierno, en la comunidad de Río Azul
se vivía una tensión insoportable, sobre todo porque era harto bien sabido que
el gobierno el relleno de Esparza antes de esa fecha.
“El gobierno solo se burla de nosotros”,
explicaban los vecinos de Río Azul, “Nosotros no somos responsables de que la
basura no se siga depositando aquí, ni de los problemas que se deriven. Independientemente de las mediadas que tome
el gobierno, y en cumplimiento de un convenio firmado entre el y nosotros,
hemos determinado poner un candado al basurero el treinta de abril.”
El Ministro de Seguridad dijo que”...a menos
que la comunidad lesione los derechos públicos, como la libertad de transito,
no intervendrá la Fuerza Publica”, pero a los vecinos no les quedo claro de
cual libertad estaba hablando el Ministro, si se refería tal vez, a la libertad
de transito de los camiones recolectares por la avenida del basurero. Por su parte, el gobierno lo único que podía
asegurar era que antes de la fecha convenida, el contrato con la compañía
metalurgia que construiría el nuevo relleno, estaría firmado, pero la compañía
esperaba la rehabilitación de cien Kilómetros de vía férrea y la construcción
de un ramal de esta hacia el lugar donde seria instalado el basurero.
El seis de abril se anuncio que la compañía
metalúrgica había concluido ya los estudios imparciales de impacto ambiental
con un resultado favorable: nada que
temer, el lugar era tan propio para un basurero que no se explicaban como no
había surgido ahí uno natural desde el principio de los siglos. Mientras, los científicos de la universidad,
que también realizaron estudios, desaconsejaban la zona como se de del relleno.
-¡Ahí fue donde la mula boto a Jenaro!-
La elección arbitraria del sitio para el
relleno había sido salida política, no científica. Costaría una millonada de pesos al país. El relleno estaría ubicado tan lejos de la ciudad
como no lo intereses turísticos de la comunidad, aumentaría sensiblemente el
costo de recolección pagado por los ciudadanos.
Pero el gobierno insistía encarecidamente en que no había ya
alternativas, sencillamente no había donde ir a botar la basura, y punto.
Momboñombo Moñagallo no lo pudo resistir
más. Hablo con casi todos los
cuatrocientos y pico de buzos del precario y comenzó a organizar una marcha
pacifica hacia Casa Presidencial.
-Solamente le vamos a ir a plantear al señor
Presidente nuestra situación, nadie va a tirar piedras ni a portarse mal...-
Los buzos nunca en sus vidas habían asistido
a una manifestación de ninguna índole, por lo que asumieron la cosa como un
paseo al que iban a ir a acompañar a Momboñmobo. Unica estuvo de acuerdo, pero con la
condición de que todos se lavaran los dientes porque si no, no iban a escuchar
a nadie.
El Oso Carmuco volvió a vestir su harapo
púrpura porque según el, con un trapo de ese color era más fácil hablar con el
Presidente.
Momboñombo andaba esos días como decía Unica,
con hormigas en el culo, de un lado para otro, hablando con la gente, tratando
hasta el hastió de motivar a los buzos, tratando de convencerlos de que valía
la pena caminar un par de Kilómetros hasta Casa Presidencial con tal de que les
ofrecieran una oportunidad. Andaba con
un montón de recortes de periódicos para convencer a todo el mundo de que la
recolección de basura iba a ser privada, de que el basurero iba a ser privado,
de que todo iba a ser privado, excepto el hombre, porque esa siempre había sido
publica.
Los buzos lo veían ya como a un ser
extraño... ¡Se le metió el agua a Momboñombo, vieron!”, y más bien les servia
de diversión, lo tiraban de los brazos y le preguntaban que cuando era que los
iban a echar de ahí, y cuando el comenzaba a explicar, todos soltaban la
risa. El seguía adelante porque ya se
había acostumbrado a las bromas de los de abordo.
Una tarde pasaba por entre los montículos de
basura y descubrió a El Bacán recostado a uno de ellos: se hacia la paja fruidamente. El fingió haberlo visto, pero El Bacán lo
saludo de lejos. Al rato lo alcanzo.
-¡Ya!-, le dijo aliviado.
-¿Ya que?, Bacán.-
-Ya termine.-
-¡Bueno!-, dijo Momboñombo, -algo has
madurado, después de todo,- pero ya El Bacán iba bailoteando al lado cantando
–“Cuando esta la luna sobre el horizonte, muchos enanitos juegan en el
monte...” ¿Verda que a mí también me vas a llevar a la casa del Presidente...-
-Claro que si, Bacán, si no con quien te
íbamos a dejar.-
Y más en broma que en serio, llego el día d e
la marcha.
Los buzos que decidieron acompañar a los
Moñagallo sumaban unos cincuenta y estaban listos con sus mejores galas. La procesión parecía la del día del juicio,
pero todos iban alegres brincando por las calles. El Bacán iba de la mano de Unica, saludando a
l agente a su paso. No llevaban
pancartas, ni altavoces, ni mantas, ni iban gritando consignas,; solo
interrumpiendo el transito, y revolcando cuanto basurero se les aparecía de
camino. El Oso Carmuco se puso a bailar
como la giganta de los payasos, dando vueltas con los brazos sueltos y la
cabeza hacia un lado. La Llorona iba con
ellos con su bebe en brazos, y todos juntos parecían una mancha caminando por
las calles detrás de Momboñombo. Todos
comenzaron a cantar la conocidísima canción “La mar estaba serena, serena
estaba la mar, la mar estaba serena, serena estaba la mar... con a, la mar
astaba sarana, sarana, astaba la mar, la mar astaba saraana, sarana astaba la
mar, con e, le mer estebe serene, serene estebe le mer, le mer estebe sereene,
serene estebe le mer, con i, li mir istibi sirini, sirini istibi li mir. Li
miristibi sirini, sirini istibi li mir, como, lo morostobo sorono sorono ostobo
lo mor, lo mor ostobo soroono, sorono ostobo lo mor, con u, lu mur ustubu
surunu, surunu ustubu lu mur, lu mur ustubu suruunu, surunu ustubu lu mur, con
a...”
La gente lo veía pasar con la única canción
que entonaron durante toda la caminata.
No habia quien que detuviera a verlos pasar sin entender un carajo de lo
que estaba pasando. Algunos dueños de
establecimientos comerciales comenzaron a cerrar a su paso, porque los buzos se
metían por todo lado y volvían a salir sin ningún propósito, o eran echados a
empujones.
La marcha de la mancha llego a San Antonio de
Desamparados. Los niños se metían a los
jardines a robar de agua de los grifos desprevenidos y entraban a las
casetillas de los teléfonos públicos a jugar; pero El Bacán iba absolutamente
al margen tomado de la mano con su madre, adelante, al lado de Momboñombo
Moñagallo, cantando ‘La mar...’.
Mientras, algunos buzos que venían de camino, luego de fijarse con mucha
atención, los reconocían y se les unían.
A alturas de San Antonio de Dos Ríos, una
patrulla de la policía se intereso por el fenómeno y se adelanto hasta la
cabeza de la marcha; preguntaron los policías de que se trataba aquello y
obtuvieron una detallada explicación por parte de Momboñombo; tan clara y
cuantiosa que su instinto los llevo a avisar de inmediato a Casa Presidencial
lo que estaba pasando y en un abril y cerrar de portones la Fuerza Publica
estaba acordando el objetivo.
Los buzos iban cantando por la carretera
entre San Francisco y Zapote, con un embotellamiento de autos a sus espaldas,
con sus conductores enfurecidos vociferando por el retraso y por la hediondez
que se desprendía de aquella marcha de zorrillos apestosos. Pero eran más de cincuenta ya, y dispersarlos
en media calle se hacia difícil.
La Fuerza Publica no tardo en idear la mejor
estrategia para devolver a los buzos sanos y salvos al averno de su origen, y
luego de mantenerlos a una distancia prudente explicándoles además que no
podían hablar con el Presidente, el dinosaurio hizo su aparición. Veinticinco metros desde su punto más
elevado, el tanque-bomba apareció acompañado de su inseparable camión cisterna;
ambos con sus panzas llenas de agua, hicieron que todos los buzos quedaran
boquiabiertos, petrificados, mirando como a una distancia de ochenta metros
aquel animal antediluviano comenzaba a lanzar agua desde la eyaculacion de su
manguera y los de abordo quedaban empapados aun antes de que pudieran siquiera
imaginarse por que. El Bacán se asusto y
comenzó a pegar gritos, pero se calmo cuando vio a todos los buzos tomar la
cosa a la ligera y bailotear debajo del aguacero de artificio que se les estaba
viniendo encima.
Los buzos solo gritaban y brincaban empapados
de pies a cabeza; tan tan mojados ya que hasta se les estaba destiñendo el
color grisáceo mugre de sus caras y sus brazos.
La ropa se les estaba cayendo en tiras y cuando la manguera apuntaba más
directamente, más de uno caía sentado en el pavimento, muerto de la risa y con
algún pedazo menos de su indumentaria.
Unica fue alcanzada por una ráfaga de agua y
se levanto directamente hacia el cordón de policías no menos mojados, se puso
de espaldas y les ‘tomo una foto’: se
levanto la falda y les pelo el culo, lo cual fue infinitivamente celebrado por
los buzos en medio de unas carcajadas contagiantes; hasta los policías tuvieron
que reír. Otra ráfaga alcanzo a El Bacán
y lo revolcó por la calle; de nuevo volvió a pegar gritos y a llorar hasta que
Momboñombo lo levanto y lo puso a salvo, pero estaba tan empapado y gratando
tanto que se le enronquecía la voz y se le irritaban los ojos.
Y en eso estuvieron hasta terminar con toda
el agua del tanque y del camión, que no fue reabastecido por considerarlo
absolutamente innecesario. Ya todos los
alrededores de Casa Presidencial, incluyendo sus jardines y el puesto de
vigilancia, estaban empapados, así como las casas vecinas, las aceras y cuanto
auto atino un buen rato en dispersar al carnaval de la miseria. Una vez agotada la ultima gota de agua, los
buzos comenzaron a protestar y a pedir más, pero la policía les explico que ya
no habia, que era un desperdicio y que ya se habia terminado la fiesta, que se
tenían que marchar; cosa que hicieron no muy convencidos.
Emprendieron la marcha mojados hasta el
tuétano y ya entrada la tarde. La
visita habia sido todo un fracaso, pero solo Momboñombo Moñagallo estaba
consciente de ello. No pudo hablar con
el Presidente, no le pudo decir que habia conocido a su padre, ni presentarle a
su familia ni explicarle el problema.
Iba derrotado directo a la basura, igual que seis meses atrás; pero los
demás iban contentos con un ataque de asma preocupante. Llevaba sus ropas destilando el caldo café de
sus mugres acumuladas, sus cabellos, largos de nuevo, pegados a la nuca y sus
barbas habían tragado agua como esponjas; iba tosiendo y tiritando de fiebre
cuando llegaron a casa ya de noche. Se
habían secado de camino y estaban tan agotados todos que llegaron directamente
a dormir.
A la mañana siguiente el Oso Carmuco llego a
ver como seguía El Bacán, y encontró a Unica y a Momboñombo con orejas por las
rodillas. Toda la noche en vela
friccionando al niño, tratando de calentarlo, ayudándole a incorporarse para
que pudiera respirar mejor. Solo lograba
dormir conforme calentaba la mañana.
Dejaron a El Bacán dormido y fueron a
preparar el desayuno. Tortillas
calientes y café negro desayunaron los Moñagallo y el Oso.
-Fue la mojada lo que lo puso
enfermo...pobrecito mi chiquito, con esa asma que padece...-
Unica se lamentaba de no haber sido más
precavida y Momboñombo se sentía culpable porque...
-Nadie me tenia pensando que nos iban a
escuchar, Unica, por Dios, todo fue culpa mía...-
Deja de decir tonteras, como ibas vos a saber
que nos iban a bañar con esa cosa, solo por ir a hablar con ese señor ni
siquiera nos conoce...-
-Era de suponerse, Unica, solo a mi se me
ocurre. ¡Ay, Unica, si algo le pasa a El Bacán...!-
-¡Callate, hombre!1, que estas diciendo... El
solo esta resfriado, vas a ver que ahorita esta bueno...-
Pero paso un día y paso otro y El Bacán no
dejaba de toser hasta el vomito y la fiebre no le bajaba. Momboñombo estaba decidido a llevarlo al
hospital, pero Unica no permitía por miedo a que se lo quitaron al darse cuenta
de que no tenia documentos que demostraran que era suyo.
El Oso Carmuco recogió una cuota entre la
gente y compro una gallina para friccionar al niño con enjundia y para prepararle
un buen caldo que debió a sordos, a cucharaditas porque se estaba quedando sin
fuerza.
Todo el precario estaba tanto de la
enfermedad de El Bacán y todos compadecían.
Momboñombo salía de cuando en cuando a despejarse y a hablar con la
gente de su culpa en el asunto, y no lograba entender lo que le decían, “que
nadie se imagino lo del agua”, “que quien iba a pensar que de puro gusto los
iban a bañar de esa forma”, “que habia más de un niño enfermo, claro, ninguno
como El Bacán, pero que hasta los grandes andaban moqueando desde ese día”.
Unica ya estaba en el hueso de velar en el
lecho de El Bacán y no habia manera de que comiera lo que Momboñombo
preparaba. El tampoco comía gran cosa y
los días se pasaban sin mejoría, sin que nadie saliera a bucear, agotando las
arcas, y viviendo de lo que el Oso Carmuco, la Llorona y algunas vecinas les
llevaban.
Unica no se despegaba del niño, le contaba
los cuentos de siempre, le cantaba las canciones de siempre y le recitaba
‘cultivo una rosa blanca’, pero El Bacán no daba señas de estarse recuperando,
ni se recuperaría.
A mediados del mes de abril, la situación se
agravo pese a los mejores esfuerzos de Unica y Momboñombo, se agravo hasta tal
punto que el salió en busca de un medico que, obviamente, no encontró. El viejo volvió dos horas más tarde en medio
de la desesperación de no haberle parecido lo suficientemente serio a ningún
medico de los que llamo por el teléfono publico de Río Azul, ni a ninguno de
los que fue a buscar personalmente a San Francisco de Dos Ríos... No habia una
sola barca entre tanto río y el naufragio parecía inevitable. Cuando los médicos preguntaban la direcciones
y el viejo les decía que el niño se encontraba en el precario del basurero,
ellos ni siquiera se reían; realmente lo tomaban como un chiste de mal gusto.
El Bacán estaba delirando de fiebre cuando
Momboñombo llego a casa; cantando canciones antiguas y recitaba la recitación
del jardín. De pronto llamaba a Unica, a
Momboñombo, o al Oso, pero era claro que no se estaba dando cuenta de lo que
pasaba.
Unica estaba hincada al pie de la cama con un
rosario en la mano ofreciendo novenas a las Animas Benditas y limosna para los
pobres; las señoras vecinas la acompañaban en su plegaria, en su ultimo
esfuerzo. El Oso rezaba también y la Llorona
no decía nada pero lloraba en silencio.
Momboñombo lloraba mordiendo una vieja almohada, con todas las
esperanzas perdidas, mientras el rostro de Unica iba adquiriendo un tono
amarillento como de escultura hecha en raíz de café... Estaba delgada, enjuta, con la ropa pegaba al
cuerpo, mojada en su sudor y el de su hijo, con una mirada incrédula que se
perdía segundo a segundo en una nebulosa de resignación demencial; no
parpadeaba ni lagrimaba, porque ya sus ojos estaban secos y se les veía el fondo
plano y opaco, carente de cualquier misterio.
Y en medio del naufragio del genero humano,
El Bacán murió entre su tos y la mirada petrificada de sus padres. Tosio fuerte, respiro profundo, grito ‘ush’,
y se fue.
Momboñombo lloraba como una hiena y se rasguñaba
la cara, pero Unica estaba inmóvil, ajena a los llantos de los amigos... –No
hay justicia, Unica, por Dios, no hay justicia...-, gritaba Momboñombo.
-Si hay...-, fue lo ultimo que murmuro Unica,
-...pero esta sin hacer...-
Y luego de una noche en vela, hacia el
amanecer, muy temprano aun, llevaron el cuerpo de El Bacán al centro del
basurero y lo tendieron ahí, siguiendo las indicaciones que Unica daba sin
hablar. Todos juntos alrededor rezaron
por el alma del niño dirigidos por el Oso Carmuco quien, a duras penas, alcanzo
a confortarlo con los Santos Sacramentos.
Rezaron y rezaron y lloraron y callaron con la vista fija en el cuerpo,
cuya cara habia sido rasurada y sonrosada con colorete. Con la vista fija en el cuerpo del niño,
todos vieron sin asombro como el basurero se lo habia empezado a tragar. El cadáver se hundía suavemente entre la
tierra y la basura como en arena movediza.
Poco a poco se iba cubriendo solo, hasta que quedo fuera únicamente un
mechón de cabello... unos instantes, y desapareció luego entre las fauces de la
tierra.
Los zopilotes volaban alrededor en rígida
formación.
Para cuando llegaron los operarios de los
tractores y los camiones recolectores, ya todo habia pasado y Unica volvía a
casa guiada por Momboñombo. En menos de
quince días habían envejecido años y caminaban con dificultad.
Momboñombo lloraba desconsoladamente pero en
silencio, solo las copiosas lagrimas lo delataban. Pero a Unica se le habia petrificado el
corazón y el rostro... toda ella, y callaba.
Sin lagrimas ni llanto, se le escurrían los días por el caño de su
dolor; solo bebió agua de azúcar que su esposo le preparaba temeroso de que
muriera también, y entonces, esta vez el no tendría más basurero donde
precipitarse, no habia basurero para el basurero, y esta vez no seria maricon y
acabaría con todo de una sola vez...
-Sin hacerle daño a nadie...-
No volvió a leer los diarios y no se entero
de que la comunidad de Río Azul extendió el plazo ocho meses más para dar
tiempo a la construcción del relleno de Esparza. No se volvió a enterar de nada, solo pasaban
los días cuidando a Unica, dándole cucharaditas de caldo cuando ella daba
señales de aceptarlo. No se entero de un
folletito cuyo borrador llego al basurero en el elegante camión celeste en el
que la Universidad aportar su cuota. No
supo que trataba del informe de Impacto Ambiental elaborado por los científicos
de la U., donde se demostraba cuan errónea habia sido la elección de la finca
Medina como sede del nuevo relleno, cuan política y no científica habia sido la
coronación de Cabezas de Esparza como nueva Reina de la Basura. Momboñombo Moñagallo no leyó el informe y,
muy probablemente no lo habría entendido tampoco, dado su alto nivel técnico y científico; pero como no hay
que ser científico para comprender ciertas cosas, seguramente el viejo habría
entendido perfectamente que se trataba de un lugar que distaba mucho de ser
‘olla’ que el gobierno aseguraba que era; porque eso de llamar ‘olla’ al punto
donde entran en contacto las aguas de marinas superficiales que penetran por el
estero Mero, con las aguas subterráneas, y las aguas recolectadas por el
sistema de drenaje de la quebrada Barbudal... ¡coño!, eso como confundir el
perol del arroz con la bacinilla.
Pero nada de eso decía el informe científico
de la compañía metalúrgica que se ganaría unos cuantos pesos por construir el
nuevo relleno en esa finca; así como tampoco decía nada de la virtual
contaminación del estero Mero y la consecuente perdida de UN MILLON DE METROS
CUADRADOS DE BOSQUE DE MANGLAR, pese a que la ley indica claramente que “los
manglares o bosques salados que existen en los litorales continentales o
insulares y esteros de4l territorio nacional, y que forman parte de la zona
publica en las zonas marítimoterrestre, constituyen Reserva Forestal, y están
afectados a la Ley Forestal y a todas las disposiciones de ese decreto”. Ni mencionaban tampoco de la naturaleza
permeable del suelo, ni del pequeño detalle de que cavando un metro, comenzara
ya sentirse la presencia de las aguas subterráneas, ni que el suelo mismo era
agrietado, como preludiando ya la ulcera que significa un relleno en el.
Pero, lo malo del informe de la Universidad
era su difícil compresión ; pues muy difícil había de ser su lectura para que
no se le considerara, aun advirtiendo que remplazar el relleno en la finca
Medina, “los distintos afluentes líquidos que salieran de el, arrastrados por
las aguas dulces de la quebrada Barbudal situada en la parte trasera de este,
seguirían por el estero Mero y el río Barranca para seguir luego, los
compuestos contaminantes, distribuyéndose por la corriente de deriva litoral
hacia el Golfo de Nicoya”... cagandose en todo a su paso, en las playas de
Puntarenas, en la vida marina interior del golfo... en todo, en todo. Y, por si fuera poco, se hacia caso omiso
también de las repercusiones del traslado de la basura por la fía férrea, por
atravesar esta ríos y quebradas, algunos con cauces de dimensiones
considerables como el del Río Virilla y el Grande de Tarcoles, y por carecerse
del todo de mecanismo emergentes en casos de crecidas de agua que socavaran las
bases de los puentes, o en caso de sismos fuertes...
Se menospreciaba también el hecho de que la
Estación del Pacifico se fuera a convertir en un basurero, por ser el futuro
puerto de embarque y la bodega de desechos, a apenas setecientos metros del
centro de la capital y a ciento cincuenta metros de la Maternidad Carit, donde
nacen los josefinos. Y todo ello a la
par de un sin fin de inconvenientes...
El viejo no se enteraría tampoco de los logros de la resistencia
espartana, ni de las amenazas, de parte del gobierno, de dejar el problema en
manos de las municipalidades.
Pasado un tiempo, Momboñombo Moñagallo
comenzó a salir a bucear de nuevo porque alguien debía procurar el alimento al
hogar; pero siempre volvía a encontrar a Unica inamovible en su duelo. El le hablaba siempre, aunque fuera como
hablar con la pared porque ella no contestaba, no le dirigía la mirada, no se
movía, no se rascaba la piel, que era el movimiento mínimo de un buzo...
-¡No haces nada, Unica no haces nada por
salir de ahí!, y ahora me doy cuenta de que todo, todo era falso, tus mentiras
eran lo único que te sostenían en pie.
Te mentiste durante veinte años de tu vida para no morir de tristeza, te
trajiste todo para acá, la tradición familiar, las buenas costumbres, la
maternidad, el horario de las comidas, todo, todo, solo para no volverte
loca. Pero ¿qué locura era esa?, ¡Unica,
por Dios!, ¿qué locura era esa de cocinar en tu fogón para ese montón de buzos
que la mayoría de las veces ni traían nada mas que una puta hambre de Dios
Padre y Señor Nuestro...? ¿Qué locura era esa?, ¡Unica, por Dios!, que te hacia
celebrar las navidades, los quinces de
septiembre, los doces de octubre... Todo
era de mentirillas, Unica, era como jugar de casita mientras la realidad era
que te estaba llevando puta de la tristeza de verte reducida a buzo después de
haber sido maestra tantos años y haber vivido con las maestras la ilusión de
enseñar a los niños a leer, y de creer firmemente que somos independientes y
que Colon nos trajo la salvación y todo el cuento de hadas que es nuestra
historia, mientras te desechaban por no
tener un titulo y te daban una pensión de mierda que te llevo a la miseria...-
Momboñombo hablaba y hablaba entre un llanto
seco que le alborotaba el asma. Hablaba
con toda su propia biografía atravesada en la garganta, como si mas bien,
estuviera contando la historia de la resignación universal de los pobres. Mientras, Unica, como una muñequita de trapo
del folclor urbano, de cuando en cuando suspiraba por inercia y seguía sumida
en el autismo del absurdo.
Alguien empujo la puerta y la luz del medio
día lo cegó un instante. Poco a poco,
Momboñombo fue reconociendo en la silueta de la entrada a Don Retana, que con
sus ochenta y cinco años a cuestas había hecho un esfuerzo sobrehumano por
subir la cuesta de la colina. El supo
tardíamente lo de El Bacán, porque si no era Unica quien lo visitaba, el no
tenia otro contacto con los buzos. Entro
arrastrando los pies y se aproximo a Unica.
Le acaricio la cara y el cabello, la observo largo rato sin decir nada,
suspiro y se sentó al lado de Moboñombo.
En silencio, un viejo al lado del otro.
-Lo siento en el alma, Momboñombo. Lo supe ayer y supe que ya hace casi un mes
de la tragedia, pero uno que es un viejo no puede subir tan rápido esa
cuesta... Ya nada es como antes, como
cuando yo era marinero... estos brazos que usted ve ahora todos caídos, eran
así de gruesos y el pecho hasta que daba gusto... pero véame ahora...-
-Ni me diga, Don Retana..., yo se que usted
hubiera venido.-
Momboñombo comenzó de nuevo a hablar de los
sofisticados mecanismos de Unica, de los hilos de marioneta con los que lograba
sostener la aparición de una vida basaba en modelos aburguesados en medio del
mierdero más ingrato del país: la olla
de carne de los domingos, cuya carne se regalaba con algún otro desperdicio y
que ella llegaba jurando que los había comprado, que había hecho fila hasta el
buenazo del carnicero le daba l abolsa de desechos de carne por la puerta
trasera del negocio, y que las verduras que ahogaba en el caldo de los huesos,
las juntaba de los caños de la calle de la Feria del Agricultor... y casi con
todo, con la maldita costumbre de perfumarse con aquélla agua podrida que
revolvía en su botella, que expelía un olor tan fuerte que hasta ahí en el
basurero se sentía.
-Pero ella creía que se estaba perfumando,
Momboñombo...-, interrumpió don Retana, -...y, francamente eso era lo único que
importaba.
Cuando yo me retire de la mar, vine con
platilla, hice mi casa, crié a mi familia, después enviude; pero mientras tuve
los brazos firmes anduve con camisetas
de tirantes para que todo el mundo me viera los tatuajes y supieran que yo era
marinero, aunque hacia años ya que no era más que un marino retirado que tenia
que ganarse la vida haciendo trabajitos en las casas de la gente, allá en San
Francisco de Dos Ríos. Donde las señoras que me tenían lastima me ponían a
limpiarles el jardín, a destaquearles las canoas, a pintar el cinc... a lo que
fuera, y yo, como siempre fui medio sordo ni me enteraba de nada, solo
trabajaba y trabajaba. Después, se me
murió Mary, y... ¡yo no se para que le cuento este cuento, Momboñombo! La cosa es que yo conocí a doña Unica desde
que empezó a venir aquí. Ella era una
señora muy hablantina que entraba por la puerta de atrás y se sentaba conmigo
en el bus y así fue como nos hicimos amigos.
Después, cuando se vino a vivir aquí definitivamente, yo mismo le ayude
a levantar este ranchito, siempre le ayudábamos mi esposa y yo y comentábamos
en la casa que la señora esta era admirable, que no daba el brazo a torcer,
siempre lo más arregladita posible, siempre como aparentando que no pasaba
nada, que aquello era por un tiempo.
Pero ya ves, aquí se quedo.
Y más cuando se encontró al El Bacán...-
Don Retana hablaba sin saber que le estaba
despedazando el corazón a Momboñombo. El
viejito contó la historia de los últimos veinte años y Momboñombo se dio cuenta
de que no difería en nada de la de los últimos seis meses. Unica había logrado encerrar al tiempo en una
de sus botellas y no lo dejaba pasar. En
el basurero tal vez sucedían muchas cosas, tal vez no, pero en la vida de Unica
no pasaba nunca nada... El Bacán
celebraba cumpleaños pero no cumplía amos.
Don Conce se había muerto, pero Unica seguía hablando de el como si
estuviera vivo, aunque le rezaba cada vez que calculaba que ya había pasado un
año más de su muerte. Unica había
congelado el tiempo para poder vivir... se había inventado la vida misma. Había arriesgado el pellejo encaramándose en
el techo del ranchito solo colocar una inútil antena de televisión de las que
veía en las casas de los barrios. Había
organizado las ollas comunes para imaginarse una familia grande... Y así
funcionaba y funciono bien. Pero ahora
había muerto El Bacán, y ella que logro sobrevivir al desmoronamiento de su
mundo y tuvo fuerzas para inventárselo de nuevo, ahora, ante el absurdo
doloroso de la desaparición de su hijo, había quedado inerme como para levantar
el mundo una vez más. Y justo ahora que
el gran basurero hasta le había prodigado al príncipe azul y ya se estaba
haciendo a la idea de comer perdices; justo en ese momento le explotaba en pedazos
la esfera herrumbrada y abollada de su mundo; ahí cuando la mosca rompió la
telaraña de una araña añeja que ya no podía remendarla de nuevo.
Momboñombo decidió que los días de basurero
habían terminado; junto todos los ahorros de Unica con los suyos y aviso que se
iban.
El Oso Carmuco les dio sus ahorros y de nuevo
recogió una suma entre los vecinos para la causa de los viejos.
Dejaron la casa abierta. El solo empaco algunas cosas, convencido de
que más que servirles estorbarían, pero no tuvo corazón para deshacerse de los
libros preferidos de El Bacán, ni de algunos de sus juguetes, más unas cuantas
cosas para sobrevivir, unas cobijas raidas, un comal, un perol, la gran botella
de perfumes de Unica para perfumarla todos los días como había venido haciendo,
todos los cepillos de dientes y las tripas de dentrificos, el tapiz de los
perros jugando billar y algunos corotos más, la mayoría de ellos inservibles.
El Oso Carmuco los acompaño hasta la estación
del autobús de Puntarenas, pago los pasajes con lo recaudado, los dejo sentados
en sus asientos y los abrazo largo rato; beso a Unica y le dijo que ella
también había sido una madre para el... y para todos, y se alejo como llorando.
Cuando el encargado recogía los boletos,
reparo en la extraña pareja pero como habían pagado sus pasajes no dijo nada.
Unica iba sentada en el asiento de la ventana
pero no iba viendo nada; tampoco pregunto a donde se dirigían, solo se dejo
llevar, enjuta y temblorosa como un pajarito, con la vista fija y el alma
raida.
Ni el verdor del camino, ni el calor, ni el
azul arrepentido del mar de Puntarenas penetraron el muro que envolvían a
Unica. Ella se bajo del bus igual que
cuando lo abordo, sin expresar ni siquiera un síntoma de que se daba cuenta de
lo que sucedía.
Momboñombo la abrazo, alzo el envoltorio con
las cosas, y comenzó a guiarla hacia el mar.
Caminado bajo un sol que Unica no distinguía de su penumbra interior,
hasta llegar al Paseo de los Turistas donde hallaron un poyo donde sentarse a
mirar al mar. Era medio día y no
almorzaron, solo miraban al mar; a la noche, el saco las cobijas, o mas bien,
saco las cosas de las cobijas con las que había improvisado una valija y se
cubrió junto con ella, pero siguieron viendo al mar.
Temprano por la mañana, Momboñombo despertó y
sintió un ligero alivio sin saber por que; pero Unica no daba muestra de haber
dormido, así como tampoco de haber trasnochado, simplemente seguía ahí, con la
breve variante de que había dirigido su mirada al mar.
El viejo recogió las cobijas, acomodo el
motete al lado de Unica y fue por algo para desayunar, con lo que volvió más
tarde para encontrar a su esposa exactamente igual que como la había
dejado. Pero el no había dejado de
hablarle en ningún momento...
-Ve que rico lo que traje para el desayuno,
Unica, unos bollitos de pan del que te gusta a vos, con jalea de guayaba...-
Y le unte el pan con jalea y se lo llevo a su
boca, en pedacitos pequeños que ella aceptaba maquinalmente.
Los ahorros alcanzarían a lo sumo para una
semana.
Ellos, sentados de cara al mar pasaron el día
y hacia la tarde comieron de nuevo pan con mantequilla derretida del calor, que
el también había comprado para la sorpresa de la cena.
A la mañana siguiente se retiro lo mismo,
esta vez con carácter de ritual, pero de vuelta, Momboñombo acertó a robarse
una rosa de un jardín y después del desayuno se la puso a Única en las manos,
la llevo a la orilla del mar y le enseña a deshojar para tirar los pétalos al
agua... despacito, poco a poco, de uno en uno, sin tirar el otro antes de que
el anterior no hubiera desaparecido entre las olas, hasta que solo quedara el
botón desnudo con el tallo que también había que arrojar. Luego, de vuelta al poyo a sentar a Única a
mirar al mar.
Agotadas las arcas, Momboñombo, que para ese
entonces ya era un buzo tan autentico como cualquier buzo, dejaba a Única
mirando al mar y se iba a recoger cuanta cosa reciclable hallara por la playa,
en especial latas, porque había tantas que bien se ganaba con ellas lo
suficiente como para no dejar de comer a deshojar la rosa robada a las olas de
la orilla y juntas veían como el mar se tragaba cada pétalo, cada pétalo...
cada pétalo.
La experiencia acumulada llevo a Momboñombo a
bucear también por las calles y por el mercado, de donde conseguía no pocas
cosas que comer o reciclar que las vendría luego en un puestito que improvisaba
con una de sus cobijas, sobre la cual se sentaba con su trajecito gris y su
sombrero de lona blanco mugre, a exhibir su mercancía: recipientes plásticos que el lavaba y pulía
con arena y agua de mar, sandalias izquierdas que no coincidían con las
derechas, vasos plásticos de las ofertas de las compañías de gaseosas, trapos
viejos, ropa vieja, infinidad de chunches de los que botan los turistas...
La playa estaba atiborrada de basura, pero
solo el ojo clínico de una buzo sabia sacarle provecho al desperdicio, y día a
día Momboñombo trabajaba duro para que nada les faltara, especialmente a Única
y, abajo ninguna circunstancia su rosa robada, que ella deshojaba como en un
tributo al mar que quizás le devolviera a su alma su naturaleza de celofán y a
sus ojos un atisbo de mirada.
Pero cuanto tiempo tendrá que pasar antes de que,
a golpe de pétalos sobre las olas, Unica comenzara a intentar una sonrisa, o
algo que se le apareciera y no fuera más que el alegrón de burro que se llevaba
Momboñombo cuando la veía y el juraba haber visto una chispa de vida en el
gesto que al cabo de un rato, se le comenzaba a desdibujar, a írsele, como una
ola de la playa de sus dientes postizos.
FIN
San José, 10 de junio de 1993.
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